Cuando Dios llega a nuestras vidas hay que saber recibirlo como se merece. Sólo quien sabe esperar sentándose a la sombra de la puerta de su casa es capaz de reconocer en los visitantes al mismo Dios para tributarle la mejor de las acogidas. Dios es siempre un visitante inesperado; por ello es necesaria una actitud contemplativa, es decir, una espera no exenta de tensión, porque esperar no es un acto pasivo, sino un tiempo de predisposición activa.
Dios visita al hombre en diferentes momentos de la vida. Cuando llega y no hay que perder la oportunidad de estar con Él y escucharle; no hay que dejar que Dios pase de largo; hay que invitarle a que se quede, rogarle que comparta nuestra mesa, aunque sea pobre, porque de esa manera tendremos la oportunidad de escuchar su Palabra liberadora.
María refleja la actitud correcta de acogida a Dios cuando, saltándose las reglas sociales de su época, renuncia al papel de la mujer en casa (servir como criada) y asume de forma descarada el papel reservado únicamente a los hombres: sentarse a los pies del maestro y escuchar. María sabe que ha de sacrificar lo necesario en función de lo fundamental. Esta diferencia no está clara en muchos creyentes; de ahí que en ocasiones nuestra actitud sea más la de Marta que la de María.
Diferenciemos entre “necesario” e “fundamental”. Necesario es comer, pero más importante que comer es respirar. Necesario es trabajar, pero más importante que trabajar es descansar. Nadie se muere ni de respirar ni de descansar, pero podemos enfermar e incluso morir por comer mal o por trabajar demasiado. Cuando Dios llega a nuestras vidas hay que sacrificar lo necesario en función de lo fundamental. Esta actitud espiritual puede cambiar nuestras vidas y desde luego cambiaría el mundo, obsesionado por el “hacer” o por el “producir”, pero que ha olvidado su alma generando personas que no saben “estar”, “ser” o simplemente “vivir”. Sin lo fundamental, las cosas necesarias secan el corazón, aparece el resentimiento, el odio y el juicio al hermano; el ser humano se torna un ser disperso, ansioso e intranquilo que, no es que haga cosas malas, pero yerra al deja de aprender cuales son las buenas.
Nuestra actitud ha de ser asumir el papel de María y con él la crítica de tantas “martas” cargadas de razones que nos acusarán de perezosos, insensatos o revolucionarios al quebrantar viejas convenciones sociales que discriminan a las personas por razón de su sexo. El cristiano a veces tiene que ir contra corriente, romper reglas sociales, ser capaz de anteponer la llegada de Cristo a cualquier otra cosa, aunque esto le produzca crítica e incluso persecución. Con Pablo hemos de estar alegres de completar con nuestros sufrimientos la cruz de Cristo. Sufrir por Cristo es la señal que nos indica que con María estamos en el buen camino, sentados a los pies del maestro, escuchando sus palabras de vida
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