La moderación y la paciencia son dos virtudes muy importantes para llevar a cabo con éxito cualquier proyecto. Gobernar con autoridad no supone ejercer el poder de forma autoritaria o coactiva con el fin de imponer los propios criterios. Esa forma de actuar sólo logra los objetivos de forma aparente, pero en realidad tales logros son como una casa construida sobre arena; no hay cimientos, sólo apariencia y fachada. Para gobernar con autoridad hay que amar aquello que se gobierna, como hace Dios. Él ama a todos los hombres y así nos lo enseña con su ejemplo. Amar incluye perdonar y confiar por encima de todo error o pecado. Amar es creer que toda persona amada es susceptible de recapacitar y cambiar, de superarse, de hacerlo mejor. Dios no se apresura ante el fracaso, sino que lo acepta y lo asume, no sólo como derrota, sino también como oportunidad para demostrar su confianza y su esperanza en la victoria final. Descubrir a Dios como Aquel que confía en mí es una de las experiencias más maravillosas de la vida.
Dichoso aquel que la experimenta.
Pablo es una de esas personas que ha sabido acoger la gracia de Dios tal y como es derramada en nosotros. La gracia de Dios no es una licencia para pecar amparados en un amor blando que lo consienta todo. La gracia de Dios es una fuerza creativa, dinámica y renovadora que nos hace superarnos a nosotros mismos y nos enseña a convivir con nuestra debilidad sin abandonarnos a ella. Al igual que una persona puede decir muchas tonterías y no ser tonto o cometer muchos errores sin ser un completo incompetente, el creyente puede cometer muchos pecados arrastrado por la cizaña del mal que hay en este mundo, pero jamás debe caer en error de creerse un ser malo, sencillamente porque nada que venga de Dios puede serlo. Dios no puede crear nada malo; nos crea libres, incluso puede contemplar con tristeza cómo esa libertad se corrompe en nuestras manos, pero jamás nos deshecha. Es más, jamás permitiría que con el ímpetu de querer destruir el mal se dañe también el bien, aunque a ello se le llame eufemísticamente “daño colateral”.
Dios no corta nuestra cizaña sino al final de la vida para evitar cortar también nuestro trigo, porque en la vida, el trigo y la cizaña siempre crecen juntos; el bien y el mal están tan sumamente entrelazados que a veces resulta imposible distinguirlos. El ser humano es capaz de lo mejor y lo peor en una fracción de segundo. Frente a esta pequeña tragedia, que aparentemente supone el triunfo del “enemigo”, Dios no se impacienta ni rompe la baraja cuando no tiene cartas ganadoras.Dios espera y aprovecha sus bazas. Creo que era san Juan Crisóstomo quien decía que hay que poner las fuerzas no tanto en evitar el mal cuanto en hacer el bien, pues esto segundo implica necesariamente lo primero; atacar directamente al mal de cara puede ocasionar el efecto contrario; conviene discernir si ese impulso incontrolado de querer tener nuestra vida limpia de cizaña no proviene tanto de Dios como de nuestro orgullo, impaciencia o perfeccionismo. Porque una de las cosas más opuestas a la humildad de saberse criatura es el orgullo de creerse perfecto, rompiéndose en mil pedazos cuando la realidad nos demuestra que no lo somos.
El mundo es como un inmenso campo en donde crecen al mismo tiempo el trigo y la cizaña. Si el trigo genera solidaridad, justicia, paz y amor, la cizaña germina en egoísmo, injusticia, violencia y odio. Si miramos bien nuestro corazón, es como un campo donde todo ello crece junto sin que lo podamos evitar. La reacción primera es querer desembarazarnos del mal, sin caer en la cuenta de que, movidos por el arrebato y la prisa, podemos hacernos mucho daño. ¡Cuántas personas que hacen dieta para adelgazar pierden también el humor y la sonrisa junto a esos kilos de más! ¡Cuántas veces la severidad y rigidez contra los hijos es una siembra de desconfianza que tarde o temprano cosecha malos modos o falta de confianza ¿Merece la pena lograr un objetivo a base de añadir más tristeza y estrés a la vida?
En la vida resulta muy difícil aprender a convivir con nuestros errores, pecados o fracasos; por eso tratamos de eliminarlos. Pero en el evangelio Jesús nos enseña que no se trata de eliminar, sino de esperar, de potenciar lo bueno sin dejar que lo malo nos robe toda la atención; en una palabra, se trata de ser positivos. Un grano de mostaza es pequeño, pero esconde una energía de vida que lo hará grande si sabe enterrarse y morir a sí mismo. La levadura por sí misma no vale para nada, pero mezclada con la harina y el agua y bien horneada hace que el pan fermente. Se trata de dejar que el Reino de Dios se haga grande en nuestra pequeñez. No es obra nuestra; es un misterio que nos supera, pero que se hace vida a poco que aprendamos a agradecer los granos de trigo que Dios siembra más que a lamentar la cizaña que el mal esparce.
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