Ningún mandamiento se puede cumplir de forma sana si no hay cercanía a Dios. Cumplir porque está mandado supone forzar el corazón para realizar acciones que no nacen naturalmente de él; obligaciones que le son ajenas o mandatos que sólo llegan a nuestra consciencia, pero que no se adentran donde realmente se generan las actitudes y las inclinaciones de toda persona: en lo más interior de nuestro corazón. Dios está cerca de nosotros, nos habita desde lo más íntimo; por ello, toda palabra de Dios que es recibida como una ley externa se torna opresiva e injusta. Este tipo de ética convierte la religión en un instrumento al servicio de la hipocresía, como bien refleja la parábola del buen samaritano o, en el mejor de los casos, genera una tensión y estrés espiritual innecesarios.
Cuando un creyente cumple los mandamientos de Dios no está cumpliendo leyes o normas “caídas el cielo” que superan sus fuerzas. En realidad, los mandamientos de Dios son la cosa más natural, evidente y normal del mundo; En la palabra de Dios no hay nada de “extraordinario” ni “raro”, sino el más puro sentido común.
Este sentido común es revelado por Cristo en sus parábolas mediante expresiones como “¿Qué te parece?, ¿Qué crees tú que…?”
Jesús no ordena, simplemente expone la realidad y deja que seamos nosotros los que tomemos posición frente a lo evidente.
Los mandatos de Dios los llevamos en los labios y en el corazón; no son órdenes, sino más bien caminos y procesos que conducen a la felicidad y que nos recuerdan que nuestra condición original es el amor; porque por amor fuimos creados y por amor somos redimidos. Sólo el amor nos sitúa en la realidad, sólo el amor es natural; lo antinatural, lo extraño, lo artificial es el pecado. Por tanto, convertirse no es volverse una persona rara, sino volver a la casa del Padre, redescubrir que Dios está con nosotros, cerca de nosotros, caminando con nosotros, aunque los caminos que elijamos sean errados.
Dios nos manifiesta su cercanía en la persona de Cristo, como nos dice san Pablo en su carta a los Colosenses. En Cristo, Dios se descubre ante el hombre no como un Dios encerrado en un templo, ni al margen de nuestras fatigas y sufrimientos; no como un Dios siempre invisible que habla un lenguaje desconocido, sino como un “Dios con nosotros”, que carga con nuestras cruces, que conoce nuestras angustias y que desde ellas nos habla por medio de parábolas que rebosan amor.
Dios revela su amor a través de la cercanía de Cristo. No hay amor si no hay cercanía. Dios no puede amar y salvar al hombre si el hombre construye religiones en las que Dios está siempre lejos, escondido e inaccesible. Por ello Cristo se esmera en recordarnos que para amar de verdad hay que estar cerca, muy cerca; tan cerca como para poder compartir los sentimientos del otro, para poder escuchar sus gemidos, oler su angustia, morder su miedo. Sólo así es posible encender en nosotros las entrañas de misericordia necesarias para salir de nuestras religiones asépticas y sumergirnos en la gracia de Dios.
La parábola del buen samaritano combate las excusas de los hombres y revela hasta qué punto es repugnante la hipocresía. El sacerdote y el levita, por miedo a quedar impuros y no poder celebrar sus sacrificios en el altar del templo (al mancharse con la sangre de un hombre herido) pasan de largo. Para ellos, el rito, el culto o el cumplimiento de la ley está por encima del ser humano.
La consecuencia es la muerte segura del débil por falta de ayuda.
No son malas personas; si no se aproximan es para no pecar contra las normas que prohibían la impureza cuando se realiza el culto.
Por ello no tienen más remedio que cerrar los ojos y pasar de largo.
El error está en esta falta de aproximación, pues desde la distancia es imposible amar. Acercarse supone asomarse a la ventana del sufrimiento ajeno, contemplar directamente su dolor, escuchar directamente su llanto, mascar directamente su agonía… Nadie que haga esto puede pasar de largo sin traicionar su humanidad.
Incluso el maestro de la ley reconoce que el “prójimo” fue el samaritano (un hombre impuro ante la ley) y no el sacerdote ni el levita. Incluso los profesionales de la religión son seres humanos antes que expertos y no tienen más remedio que rendirse a la evidencia.
Pero acercarse tiene un “peligro”: comprometerse. Nadie que se asome al belén o al calvario (no a las imágenes “pastelosas” en que hemos convertido estas escenas) es capaz de volver a ser el mismo. Una lectura primera de la parábola nos puede llevar a una ética del compromiso y del esfuerzo estoico pensando que el “prójimo” es el pobre que sufre y que espera mi ayuda tumbado al borde del camino; pero si nos fijamos bien, Jesús hace otra pregunta y este matiz es realmente interesante: La pregunta de Jesús es: “¿Quien se hace prójimo del hombre apaleado?”.
Es decir, no se trata tanto de descubrir a nuestros prójimos para ayudarles (eso puede esconder una interpretación pretenciosa y prepotente) sino de descubrir que nosotros también podemos ser prójimos; es decir, que para ayudar o salvar al otro, no hay más remedio que detenerse y acercarse haciéndose prójimo del que sufre. Aquí es donde fallamos.
A los cristianos nos falta muchas veces esta cercanía; sin darnos cuenta hemos convertido nuestra fe en una religión fría, repleta de normas y leyes que situamos por encima de las personas.
Para entrar en la Iglesia se requieren unos requisitos que sólo unos pocos privilegiados pueden cumplir porque el resto de mortales son demasiado impuros como para poder sentirse cómodos dentro de ella. Es necesario detenerse, pararse para contemplar el sufrimiento de la gente por culpa de nuestras normas. Si fuéramos capaces de hacer esto, la Iglesia cambiaría de forma natural; pero nos da miedo y por ello pasamos de largo, prefiriendo cargar las tintas sobre el culto o el dogma antes que sobre la justicia y la paz. La Iglesia camina por unos caminos de asepsia y tibieza que son realmente lamentables. Aunque prediquemos verdades, nuestras vidas rebosan de mentiras; lo grave es que podamos terminar convirtiendo esas mentiras en excusas sin el más mínimo atisbo de humildad, misericordia o compasión; o, en todo caso, en una piedad inútil o en una caridad creada para lavar nuestras conciencias, pero no para convertirnos de verdad.
Los cristianos somos un atajo de apaleados por este pecado de indiferencia y tibieza; hasta que no nos descubramos apaleados y robados por nuestro propio orgullo no descubriremos que el verdadero prójimo no somos nosotros, sino Jesucristo, Dios a nuestro lado que no pasa de largo, sino que se detiene, nos mira, nos carga sobres sí, sana nuestras heridas y se preocupa de que nuestra recuperación sea plena. Descubrirse como apaleado y descubrir a Jesús como mi “prójimo” es el primer paso para convertir la religión en lo que tendría que ser: un puente por el que la humanidad es salvada y liberada de sus males y redimida de sus pecados. Sólo podemos hacernos prójimos de la humanidad sufriente si una vez curados, nos hacemos discípulos y seguimos a nuestro “prójimo”, Jesucristo.
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