Homilías

Domingo XV del tiempo ordinario (Ciclo A)

Homilía del Domingo XV del tiempo ordinario (Ciclo A)

Evangelio: Mateo 13,1-23

Nada hay inútil en este mundo. Todo tiene un sentido, una misión, una tarea que realizar. Todo lo que sale de Dios está llamado, de una u otra manera, a volver a Dios hecho alabanza y acción de gracias, dejando en la creación una estela de amor y libertad. Dice el libro del Génesis (y lo repite el prólogo de san Juan) que Dios crea por la Palabra. En realidad, la creación de la que formamos parte es una incesante Palabra de amor divino en la que estamos invitados a entrar para convertirnos en un eterno diálogo de misericordia y vida. Incluso lo que aparentemente es malo, también es susceptible de ser habitado por esa palabra, para reconducirlo todo en Cristo y por Cristo hacia el corazón del Padre. Nada, absolutamente nada es inútil, y mucho menos el ser humano, tu vida, tu ser, con todos sus dones y también con todas sus contradicciones.

Si fuéramos capaces de comprender que hasta lo peor de nosotros mismos es transformado por Dios en una oportunidad para regresar a Él, nuestra vida daría un giro de 180 grados y se tornaría en un cántico de alegría, esperanza e ilusión desbordante. Es cierto, como dice san Pablo en la carta a los romanos, que el mundo gime con dolores de parto. Gemimos porque estamos naciendo, creciendo y madurando; y todo proceso creativo es doloroso. Romper con el pesimismo, la comodidad, el miedo y tantos lastres en nuestra vida es una experiencia traumática, pero a la vez ineludible. Podemos negar la evidencia, pero todos estamos sumergidos en una corriente de amor y vida que conduce a Dios, queramos o no; no podemos negar nuestra esencia; y nuestra esencia es la de criaturas creadas por amor y llamadas al amor. Cuando se entiende esta llamada, en medio de los gemidos, penas, sufrimientos, pecados e infidelidades aparece una esperanza. El creyente aprende a esperar mientras gime, como el niño que ha de nacer del vientre de su madre entre dolores para abrirse a la vida.

La Palabra de Dios nos crea, nos modela y nos guía; no podemos negarla sin negarnos a nosotros mismos, pero sí podemos rechazarla o darle otro destino que no sea el de darnos vida. En el evangelio, Jesús habla en parábolas para llegar mejor a los que no quieren oír, pero también habla en palabras más claras y concretas para los que se dejan enseñar. Básicamente Jesús nos enseña que existen cuatro caminos diferentes de afrontar la Palabra:

La primera opción es la de la tierra dura, no labrada ni preparada para acoger la semilla. Esa semilla cae sobre la tierra, pero no puede entrar en ella porque no ha sido preparada previamente. Es la tierra apisonada de los caminos, sólo útil para ser pisada, incapaz de abrazar la semilla que cae sobre ella. ¿Es nuestro corazón una tierra dura, encallecida o pisoteada por nosotros mismos?La segunda opción es la de la tierra pedregosa, algo más blanda que la del camino, pero sin suficiente profundidad; la semilla cae y se sumerge en la tierra, pero la frivolidad con la que es acogida impide que la raíz ahonde lo suficiente, de manear que cuando la espiga germina pronto sucumbe al calor y se seca. ¿Somos inicialmente receptivos, curiosos o acogedores a lo que nos llega, pero faltos de profundidad y madurez para acoger las verdades que pueden incomodarnos?

La tercera opción es la de la tierra llena de abrojos y malas yerbas. Se trata de una tierra fértil, labrada y preparada para la semilla, pero el descuido hace que las malas yerbas la invadan, de manera que cuando la espiga crece es siempre ahogada y amordazada. Los problemas y ansiedades de nuestro corazón son como esa mala yerba que impide que nuestra semilla fructifique como es debido. ¿Vivimos tan estresados y sometidos a los elementos ajenos al Evangelio que incluso a pesar de tener una tierra buena no logramos dar buen fruto debido a nuestra precipitación y afanes mundanos?

Por último, la buena opción es la de la tierra bien preparada, labrada, limpiada y mullida, en la que la semilla cae, es enterrada, echa raíces que permiten a la espiga crecer libre y segura para dar su fruto. No importa si unas espigas dan más fruto que otras, pues todas van a formar parte de la misma cosecha.

Este domingo de verano es bueno preguntarnos en qué condición está nuestro corazón. Es posible que tengamos un poco de cada una de estas cuatro situaciones vitales. Con todo, es importante agudizar nuestra capacidad de reflexión para preguntarnos cómo estamos acogiendo la Palabra de Dios que cada día cae en nuestra tierra. Nada es inútil; nada es casual; en todos los acontecimientos hay una palabra de Dios dirigida para nosotros. Es tiempo de preparar bien nuestro terreno, abonarlo con la basura de nuestros pecados y miserias, meter bien el arado y llevar cuidado a la hora de recibir la semilla. No nos debe importar dar más o menos fruto; lo importante es cuidar ese gran tesoro que sólo puede fructificar si es acogido.

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Para la celebración

Lecturas

Lectura del profeta Isaías (55,10-11)

Así dice el Señor: “Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá

sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para

que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale

de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi

encargo.”

Salmo responsorial: 64

La semilla cayó en tierra buena y dio fruto.

Tú cuidas de la tierra, la riegas y la enriqueces sin medida;

la acequia de Dios va llena de agua, preparas los trigales. R.

Riegas los surcos, igualas los terrones, tu llovizna los deja mullidos,

bendices sus brotes. R.

Coronas el año con tus bienes, tus carriles rezuman abundancia;

rezuman los pastos del páramo y las colinas se orlan de alegría. R.

Las praderas se cubren de rebaños,

y los valles se visten de mieses, que aclaman y cantan. R.

Lectura de la carta a los Romanos (8,18-23)

Hermanos: Sostengo que los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria

que un día se nos descubrirá. Porque la creación, expectante, está

aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios; ella fue sometida a

la frustración, no por su voluntad, sino por uno que la sometió; pero fue con

la esperanza de que la creación misma se vería liberada de la esclavitud de

la corrupción, para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque

sabemos que hasta hoy la creación entera está gimiendo toda ella con dolores

de parto. Y no sólo eso; también nosotros, que poseemos las primicias del

Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la hora de ser hijos de

Dios, la redención de nuestro cuerpo.

Evangelio de Mateo 13,1-23

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta

gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie

en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas: “Salió el sembrador a

sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros

y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía

tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto

salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas,

que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos,

ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.”

[Se le acercaron los discípulos y le preguntaron: “¿Por qué les hablas en

parábolas?” Él les contestó: “A vosotros se os ha concedido conocer los

secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y

tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les

hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así

se cumplirá en ellos la profecía de Isaías: “Oiréis con los oídos sin entender;

miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo,

son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con

los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure.”

¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Os

aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no

lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.

Vosotros oíd lo que significa la parábola del sembrador: Si uno escucha la

palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su

corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en

terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con

alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad

o persecución por la palabra, sucumbe. Lo sembrado entre zarzas significa

el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las

riquezas la ahogan y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa

el que escucha la palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o

sesenta o treinta por uno.”]

Acción de gracias

Ansiamos la lluvia que riega nuestros campos;

pero cuando dejamos de ser niños,

siempre tememos mojarnos.

Suspiramos por el sol, al que llamamos hermano,

pero nos molesta el sudor y alzamos nuestras tiendas

junto a la fingida brisa del aire acondicionado.

Pedimos pan para saciar nuestras ávidas manos;

pero ni aramos ni labramos tierra alguna,

ni abrazamos el trigo cuando apenas es grano.

En esta lejana travesía, en la que todos somos náufragos,

el alma siempre anhela volver a Ítaca,

pero casi nunca se atreve a dar el primer paso.

Bajo la oscura luz de los oráculos, vivimos hechizados,

pero no hay hondura en las miradas ni calor en los abrazos;

todo se reduce a la tiránica emoción del sentimiento

que amputa el sacrificio del amor,

haciendo que todo sea vano.

Incluso los nobles ideales con que amamos

se encuentran enredados en las zarzas de la prisa,

y en ansias disfrazadas de regalos;

no son más que un reflejo enardecido de los egos

que a dentelladas impacientes de aplausos y de halagos,

buscan, como un niño malcriado,

imponer su caprichoso juego al peregrino

para tornarlo en un simple turista desnortado.

Pero tu sol nunca se apaga

ni tu lluvia se cansa de regarnos.

Tú nos enseñas, de amigo a amigo,

cómo labrar la tierra acariciando el arado,

cómo acoger la semilla y abrazarla sin reparo

para que en todo pecho se abra un surco

a la alegría de mañana,

aunque hoy la cizaña del mal

aceche nuestros campos.

¿Necesitas ayuda?

Acude al Centro Social (subida San Diego, 2) o llama al teléfono de la parroquia:

968 50 02 57