Nada hay inútil en este mundo. Todo tiene un sentido, una misión, una tarea que realizar. Todo lo que sale de Dios está llamado, de una u otra manera, a volver a Dios hecho alabanza y acción de gracias, dejando en la creación una estela de amor y libertad. Dice el libro del Génesis (y lo repite el prólogo de san Juan) que Dios crea por la Palabra. En realidad, la creación de la que formamos parte es una incesante Palabra de amor divino en la que estamos invitados a entrar para convertirnos en un eterno diálogo de misericordia y vida. Incluso lo que aparentemente es malo, también es susceptible de ser habitado por esa palabra, para reconducirlo todo en Cristo y por Cristo hacia el corazón del Padre. Nada, absolutamente nada es inútil, y mucho menos el ser humano, tu vida, tu ser, con todos sus dones y también con todas sus contradicciones.
Si fuéramos capaces de comprender que hasta lo peor de nosotros mismos es transformado por Dios en una oportunidad para regresar a Él, nuestra vida daría un giro de 180 grados y se tornaría en un cántico de alegría, esperanza e ilusión desbordante. Es cierto, como dice san Pablo en la carta a los romanos, que el mundo gime con dolores de parto. Gemimos porque estamos naciendo, creciendo y madurando; y todo proceso creativo es doloroso. Romper con el pesimismo, la comodidad, el miedo y tantos lastres en nuestra vida es una experiencia traumática, pero a la vez ineludible. Podemos negar la evidencia, pero todos estamos sumergidos en una corriente de amor y vida que conduce a Dios, queramos o no; no podemos negar nuestra esencia; y nuestra esencia es la de criaturas creadas por amor y llamadas al amor. Cuando se entiende esta llamada, en medio de los gemidos, penas, sufrimientos, pecados e infidelidades aparece una esperanza. El creyente aprende a esperar mientras gime, como el niño que ha de nacer del vientre de su madre entre dolores para abrirse a la vida.
La Palabra de Dios nos crea, nos modela y nos guía; no podemos negarla sin negarnos a nosotros mismos, pero sí podemos rechazarla o darle otro destino que no sea el de darnos vida. En el evangelio, Jesús habla en parábolas para llegar mejor a los que no quieren oír, pero también habla en palabras más claras y concretas para los que se dejan enseñar. Básicamente Jesús nos enseña que existen cuatro caminos diferentes de afrontar la Palabra:
La primera opción es la de la tierra dura, no labrada ni preparada para acoger la semilla. Esa semilla cae sobre la tierra, pero no puede entrar en ella porque no ha sido preparada previamente. Es la tierra apisonada de los caminos, sólo útil para ser pisada, incapaz de abrazar la semilla que cae sobre ella. ¿Es nuestro corazón una tierra dura, encallecida o pisoteada por nosotros mismos?La segunda opción es la de la tierra pedregosa, algo más blanda que la del camino, pero sin suficiente profundidad; la semilla cae y se sumerge en la tierra, pero la frivolidad con la que es acogida impide que la raíz ahonde lo suficiente, de manear que cuando la espiga germina pronto sucumbe al calor y se seca. ¿Somos inicialmente receptivos, curiosos o acogedores a lo que nos llega, pero faltos de profundidad y madurez para acoger las verdades que pueden incomodarnos?
La tercera opción es la de la tierra llena de abrojos y malas yerbas. Se trata de una tierra fértil, labrada y preparada para la semilla, pero el descuido hace que las malas yerbas la invadan, de manera que cuando la espiga crece es siempre ahogada y amordazada. Los problemas y ansiedades de nuestro corazón son como esa mala yerba que impide que nuestra semilla fructifique como es debido. ¿Vivimos tan estresados y sometidos a los elementos ajenos al Evangelio que incluso a pesar de tener una tierra buena no logramos dar buen fruto debido a nuestra precipitación y afanes mundanos?
Por último, la buena opción es la de la tierra bien preparada, labrada, limpiada y mullida, en la que la semilla cae, es enterrada, echa raíces que permiten a la espiga crecer libre y segura para dar su fruto. No importa si unas espigas dan más fruto que otras, pues todas van a formar parte de la misma cosecha.
Este domingo de verano es bueno preguntarnos en qué condición está nuestro corazón. Es posible que tengamos un poco de cada una de estas cuatro situaciones vitales. Con todo, es importante agudizar nuestra capacidad de reflexión para preguntarnos cómo estamos acogiendo la Palabra de Dios que cada día cae en nuestra tierra. Nada es inútil; nada es casual; en todos los acontecimientos hay una palabra de Dios dirigida para nosotros. Es tiempo de preparar bien nuestro terreno, abonarlo con la basura de nuestros pecados y miserias, meter bien el arado y llevar cuidado a la hora de recibir la semilla. No nos debe importar dar más o menos fruto; lo importante es cuidar ese gran tesoro que sólo puede fructificar si es acogido.
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