Todo ser un humano tiene en lo más profundo de su corazón una llamada permanente a la libertad. Pero, al igual que ocurre con las palabras, para que esa llamada se pueda expresar han de confluir dos elementos indispensables: el aliento que emana de los pulmones y la danza de nuestras cuerdas vocales y nuestra lengua. Aunque muchas veces seamos conscientes del aliento divino que nos inunda, suele ocurrir que no dejamos que ese torrente de vida atraviese las cuerdas de nuestro ser y dance con nuestras cuerdas vocales y nuestra lengua para hacer comprensible su mensaje de verdad y vida. Así, el mundo está lleno de gemidos, sonidos ininteligibles, ruido y gritos. Todo ser humano busca su libertad y su felicidad, pero no todos aciertan a completar la gracia de Dios con el ofrecimiento limpio y valiente de las cuerdas vocales de su corazón. La fe sigue siendo para muchas personas como un tesoro escondido, todavía por descubrir. Y cuando no hay fe, siempre termina por aparecer el miedo.
El miedo provoca la huida y la construcción de falsos dioses en los que refugiarse y con los que entretenerse para evitar afrontar la realidad de una vida vacía, habitada únicamente por un viento sin velas desplegadas que empujar. Bastaría con escuchar con sinceridad ese dulce gemido interior de vida para comprender que si está ahí es por algo.
La fe siempre empieza como una especie de presentimiento, de sensación interior imposible de acallar cuando nos miramos con sinceridad. No hay certezas, pero sí una corazonada imposible de ignorar sin caer en la hipocresía. La fe siempre es una llamada a la sinceridad.
El pueblo de Dios ha tratado de ser fiel a esa fuerza de vida, no sólo intuyendo desde antiguo el plan de libertad que Dios le trazaba, sino poniendo lo mejor de sí mismos para que ese plan no fuera sólo una teoría, una ilusión, un ideal o una religión que aliena, sino sobre todo una prueba real de lo que todavía no se ve y una seguridad en aquello en lo que se espera firmemente.
La fe es algo que siempre se recibe; primeramente, en forma de aliento de vida y luego en forma de cultura, rostros, voces amigas y sonidos que imitamos hasta que, jugando con ellos, aprendemos a formar palabras con las que expresar el misterio que nos habita. Así se forjaron las religiones, como puentes maravillosos que unen la eternidad con el presente y a los seres humanos actuales con personas de todos los tiempos y espacios. Tenemos el ejemplo de Abraham, que dio el primer paso en la senda que nos une al Creador; o a su mujer estéril, capaz de despertar la vida que creía dormida; o a sus hijos, nietos y descendientes, que saben mantenerse en el camino a pesar de morir sin haber llegado a la meta. Todos ellos y otros tantos más, entre los que nos podemos contar, somos peregrinos hacía la verdadera patria.En realidad, todo ser humano no deja de ser un peregrino; nos guste más o nos guste menos estamos de paso por este mundo; de nada sirve aferrarse a los muchos rincones hermosos que el camino ofrece; detener el camino huyendo de nuestra identidad de transeúntes no es más que una forma sutil y refinada de adelantar la muerte. El miedo se puede disimular, pero nunca desaparece realmente; al contrario, cuanto más se trata de negar con más crueldad nos devora, reclamando de nosotros más y más espacios, porque es un sentimiento que nunca se sacia. Para superarlo hay un único camino, el camino de la fe.
Creer es aceptar nuestra identidad de peregrinos asumiendo que estamos de paso; que ninguna tierra, por fértil que sea, ningún rostro por entrañable que nos parezca, ningún bien material por deseable que pueda ser, son realidades eternas; todo pasa; nosotros también vamos de paso y un buen día caeremos rendidos en el camino y nos haremos polvo en él para que otros peregrinos lo pisen en su propio camino hacia la eternidad como nosotros asentamos nuestros pasos en el polvo de nuestros antepasados: su mejor herencia. Lo hermoso del peregrino es que siempre termina comprendiendo que la meta está ya alcanzada desde el primer paso, porque camino y destino están inseparablemente unidos.
En realidad, la meta es el propio camino. El fracaso no está en no llegar, pues en este mundo nunca se alcanza la meta totalmente, sino en apartarse conscientemente de él.
El “no temáis” con el que Jesús comienza hablándonos en el evangelio de hoy es una palabra llena de esperanza. Alguien se entretuvo en contar esta expresión en la biblia y parece que se repite 365 veces (una por cada día del año). El miedo suele venir del apego a las cosas que usamos como sustitutos de Dios. Podemos vivir apegados a nuestras riquezas, a nuestra salud o belleza, podemos apropiarnos de los dones con los que nos ha bendecido la naturaleza; podemos creer que nos definen nuestros títulos o éxitos; pero nada de ello nos hace libres ni nos salva; al contrario, exige más y más de nosotros y nos lleva a enfrentarnos unos a otros, sobre todo cuando el temor a perder alguna de esas falsas seguridades se manifiesta con virulencia.
El creyente es alguien que siempre está despierto, en el sentido de ser plenamente consciente de su identidad y de su ser. El no creyente vive dormido en su juventud, en su salud, en su estupendo puesto de trabajo, en el amor inmaduro al que vive esclavizado buscándose a sí mismo, en sus posesiones o en los sueños de felicidad que la sociedad de consumo le mete por los ojos. No tener fe es vivir dormidos, creyendo que la noche podrá cubrir nuestra desnudez eternamente. Sin embargo, el Señor siempre llega, aunque a veces se retrase; todos tenemos que enfrentarnos tarde o temprano con la realidad de nuestro ser. Si no ponemos las cuerdas de nuestras vidas al aliento de Dios, otros lo harán denunciando nuestra pereza; y si ni con esas aceptamos despertar, el dolor y el sufrimiento se irán intensificando hasta que nuestras vidas se hagan insoportables, bien para nosotros o para los demás.Quien no se abre a las sorpresas de Dios solo podrá esperar sustos y vivir siempre con miedo. No se trata de ningún castigo divino, porque Dios no busca castigar sino amar; en realidad aquello que llamamos castigo no es más que la reacción que enciende nuestro propio miedo cuando es descubierto y se resiste a ser gestionado por el Creador.
No temamos, porque se nos ha dado el reino. Comprendamos que ese reino no es un reino cerrado ni amurallado; no tiene nada que proteger ni defender porque es un camino abierto, sin principio ni fin, un camino en el que somos peregrinos y del que seremos alguna vez parte plena, cuando desprendiéndonos de todo temor atravesemos su umbral para que la libertad florezca definitivamente en nuestras manos vacías de riquezas y en nuestros pies desnudos, únicamente asidos al polvo del camino que recorren.
Documento de la semana
Lecturas, homilía y oraciones para leer, imprimir o compartir · 280,7 KB