Homilías

Domingo XIX del tiempo ordinario (Ciclo C)

Homilía del Domingo XIX del tiempo ordinario (Ciclo C)

Evangelio: Lucas 12, 32-48

Todo ser un humano tiene en lo más profundo de su corazón una llamada permanente a la libertad. Pero, al igual que ocurre con las palabras, para que esa llamada se pueda expresar han de confluir dos elementos indispensables: el aliento que emana de los pulmones y la danza de nuestras cuerdas vocales y nuestra lengua. Aunque muchas veces seamos conscientes del aliento divino que nos inunda, suele ocurrir que no dejamos que ese torrente de vida atraviese las cuerdas de nuestro ser y dance con nuestras cuerdas vocales y nuestra lengua para hacer comprensible su mensaje de verdad y vida. Así, el mundo está lleno de gemidos, sonidos ininteligibles, ruido y gritos. Todo ser humano busca su libertad y su felicidad, pero no todos aciertan a completar la gracia de Dios con el ofrecimiento limpio y valiente de las cuerdas vocales de su corazón. La fe sigue siendo para muchas personas como un tesoro escondido, todavía por descubrir. Y cuando no hay fe, siempre termina por aparecer el miedo.

El miedo provoca la huida y la construcción de falsos dioses en los que refugiarse y con los que entretenerse para evitar afrontar la realidad de una vida vacía, habitada únicamente por un viento sin velas desplegadas que empujar. Bastaría con escuchar con sinceridad ese dulce gemido interior de vida para comprender que si está ahí es por algo.

La fe siempre empieza como una especie de presentimiento, de sensación interior imposible de acallar cuando nos miramos con sinceridad. No hay certezas, pero sí una corazonada imposible de ignorar sin caer en la hipocresía. La fe siempre es una llamada a la sinceridad.

El pueblo de Dios ha tratado de ser fiel a esa fuerza de vida, no sólo intuyendo desde antiguo el plan de libertad que Dios le trazaba, sino poniendo lo mejor de sí mismos para que ese plan no fuera sólo una teoría, una ilusión, un ideal o una religión que aliena, sino sobre todo una prueba real de lo que todavía no se ve y una seguridad en aquello en lo que se espera firmemente.

La fe es algo que siempre se recibe; primeramente, en forma de aliento de vida y luego en forma de cultura, rostros, voces amigas y sonidos que imitamos hasta que, jugando con ellos, aprendemos a formar palabras con las que expresar el misterio que nos habita. Así se forjaron las religiones, como puentes maravillosos que unen la eternidad con el presente y a los seres humanos actuales con personas de todos los tiempos y espacios. Tenemos el ejemplo de Abraham, que dio el primer paso en la senda que nos une al Creador; o a su mujer estéril, capaz de despertar la vida que creía dormida; o a sus hijos, nietos y descendientes, que saben mantenerse en el camino a pesar de morir sin haber llegado a la meta. Todos ellos y otros tantos más, entre los que nos podemos contar, somos peregrinos hacía la verdadera patria.En realidad, todo ser humano no deja de ser un peregrino; nos guste más o nos guste menos estamos de paso por este mundo; de nada sirve aferrarse a los muchos rincones hermosos que el camino ofrece; detener el camino huyendo de nuestra identidad de transeúntes no es más que una forma sutil y refinada de adelantar la muerte. El miedo se puede disimular, pero nunca desaparece realmente; al contrario, cuanto más se trata de negar con más crueldad nos devora, reclamando de nosotros más y más espacios, porque es un sentimiento que nunca se sacia. Para superarlo hay un único camino, el camino de la fe.

Creer es aceptar nuestra identidad de peregrinos asumiendo que estamos de paso; que ninguna tierra, por fértil que sea, ningún rostro por entrañable que nos parezca, ningún bien material por deseable que pueda ser, son realidades eternas; todo pasa; nosotros también vamos de paso y un buen día caeremos rendidos en el camino y nos haremos polvo en él para que otros peregrinos lo pisen en su propio camino hacia la eternidad como nosotros asentamos nuestros pasos en el polvo de nuestros antepasados: su mejor herencia. Lo hermoso del peregrino es que siempre termina comprendiendo que la meta está ya alcanzada desde el primer paso, porque camino y destino están inseparablemente unidos.

En realidad, la meta es el propio camino. El fracaso no está en no llegar, pues en este mundo nunca se alcanza la meta totalmente, sino en apartarse conscientemente de él.

El “no temáis” con el que Jesús comienza hablándonos en el evangelio de hoy es una palabra llena de esperanza. Alguien se entretuvo en contar esta expresión en la biblia y parece que se repite 365 veces (una por cada día del año). El miedo suele venir del apego a las cosas que usamos como sustitutos de Dios. Podemos vivir apegados a nuestras riquezas, a nuestra salud o belleza, podemos apropiarnos de los dones con los que nos ha bendecido la naturaleza; podemos creer que nos definen nuestros títulos o éxitos; pero nada de ello nos hace libres ni nos salva; al contrario, exige más y más de nosotros y nos lleva a enfrentarnos unos a otros, sobre todo cuando el temor a perder alguna de esas falsas seguridades se manifiesta con virulencia.

El creyente es alguien que siempre está despierto, en el sentido de ser plenamente consciente de su identidad y de su ser. El no creyente vive dormido en su juventud, en su salud, en su estupendo puesto de trabajo, en el amor inmaduro al que vive esclavizado buscándose a sí mismo, en sus posesiones o en los sueños de felicidad que la sociedad de consumo le mete por los ojos. No tener fe es vivir dormidos, creyendo que la noche podrá cubrir nuestra desnudez eternamente. Sin embargo, el Señor siempre llega, aunque a veces se retrase; todos tenemos que enfrentarnos tarde o temprano con la realidad de nuestro ser. Si no ponemos las cuerdas de nuestras vidas al aliento de Dios, otros lo harán denunciando nuestra pereza; y si ni con esas aceptamos despertar, el dolor y el sufrimiento se irán intensificando hasta que nuestras vidas se hagan insoportables, bien para nosotros o para los demás.Quien no se abre a las sorpresas de Dios solo podrá esperar sustos y vivir siempre con miedo. No se trata de ningún castigo divino, porque Dios no busca castigar sino amar; en realidad aquello que llamamos castigo no es más que la reacción que enciende nuestro propio miedo cuando es descubierto y se resiste a ser gestionado por el Creador.

No temamos, porque se nos ha dado el reino. Comprendamos que ese reino no es un reino cerrado ni amurallado; no tiene nada que proteger ni defender porque es un camino abierto, sin principio ni fin, un camino en el que somos peregrinos y del que seremos alguna vez parte plena, cuando desprendiéndonos de todo temor atravesemos su umbral para que la libertad florezca definitivamente en nuestras manos vacías de riquezas y en nuestros pies desnudos, únicamente asidos al polvo del camino que recorren.

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Para la celebración

Lecturas

Lectura del libro de la Sabiduría. (18, 6-9)

La noche de la liberación se les anunció de antemano a nuestros padres,

para que tuvieran ánimo, al conocer con certeza la promesa de que se

fiaban. Tu pueblo esperaba ya la salvación de los inocentes y la perdición

de los culpables, pues con una misma acción castigabas a los enemigos

y nos honrabas, llamándonos a ti. Los hijos piadosos de un pueblo justo

ofrecían sacrificios a escondidas y, de común acuerdo, se imponían esta

ley sagrada: que todos los santos serían solidarios en los peligros y en los

bienes; y empezaron a entonar los himnos tradicionales.

Salmo responsorial 32

Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.

Aclamad, justos, al Señor, que merece la alabanza de los buenos.

Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor,

el pueblo que él se escogió como heredad. R.

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles,

en los que esperan en su misericordia,

para librar sus vidas de la muerte

y reanimarlos en tiempo de hambre. R.

Nosotros aguardamos al Señor:

él es nuestro auxilio y escudo;

que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,

como lo esperamos de ti. R.

Lectura de la carta a los hebreos (11, 1-2. 8-19)

Hermanos: La fe es seguridad de lo que se espera, y prueba de lo que no

se ve. Por su fe, son recordados los antiguos. Por fe, obedeció Abrahán a

la llamada y salió hacia la tierra que iba a recibir en heredad. Salió sin

saber adónde iba. Por fe, vivió como extranjero en la tierra prometida,

habitando en tiendas -y lo mismo Isaac y Jacob, herederos de la misma

promesa-, mientras esperaba la ciudad de sólidos cimientos cuyo

arquitecto y constructor iba a ser Dios. Por fe, también Sara, cuando ya

le había pasado la edad, obtuvo fuerza para fundar un linaje, porque

juzgó digno de fe al que se lo prometía. Y así, de uno solo y, en este

aspecto, ya extinguido, nacieron hijos numerosos- como las estrellas del

cielo y como la arena incontable de las playas. Con fe murieron todos

éstos, sin haber recibido lo prometido; pero viéndolo y saludándolo de

lejos, confesando que eran huéspedes y peregrinos en la tierra. Es claro

que los que así hablan están buscando una patria; pues, si añoraban la

patria de donde habían salido, estaban a tiempo para volver. Pero ellos

ansiaban una patria mejor, la del cielo. Por eso Dios no tiene reparo en

llamarse su Dios: porque les tenía preparada una ciudad. Por fe,

Abrahán, puesto a prueba, ofreció a Isaac; y era su hijo único lo que

ofrecía, el destinatario de la promesa, del cual le había dicho Dios: «Isaac

continuará tu descendencia.» Pero Abrahán pensó que Dios tiene poder

hasta para hacer resucitar muertos. Y así, recobró a Isaac como figura

del futuro.

Evangelio de Lucas 12, 32-48

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No temas, pequeño rebaño,

porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino. Vended vuestros

bienes y dad limosna; haceos talegas que no se echen a perder, y un

tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la

polilla. Porque donde está vuestro tesoro allí estará también vuestro

corazón. Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Vosotros

estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para

abrirle apenas venga y llame. Dichosos los criados a quienes el señor, al

llegar, los encuentre en vela; os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a

la mesa y los irá sirviendo. Y, si llega entrada la noche o de madrugada y

los encuentra así, dichosos ellos. Comprended que si supiera el dueño de

casa a qué hora viene el ladrón, no le dejaría abrir un boquete. Lo mismo

vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el

Hijo del hombre.» Pedro le preguntó: «Señor, ¿has dicho esa parábola por

nosotros o por todos?»El Señor le respondió:

«¿Quién es el administrador fiel y solícito a quien

el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la

ración a sus horas? Dichoso el criado a quien su amo, al llegar, lo

encuentre portándose así. Os aseguro que lo pondrá al frente de todos

sus bienes. Pero si el empleado piensa: «Mi amo tarda en llegar», y

empieza a pegarles a los mozos y a las muchachas, a comer y beber y

emborracharse, llegará el amo de ese criado el día y a la hora que menos

lo espera y lo despedirá, condenándolo a la pena de los que no son fieles.

El criado que sabe lo que su amo quiere y no está dispuesto a ponerlo

por obra recibirá muchos azotes; el que no lo sabe, pero hace algo digno

de castigo, recibirá pocos. Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al

que mucho se le confió, más se le exigirá.»

Acción de gracias

Tengo fe en el sol que cada mañana se levanta

y lo abraza todo con su luz envolvente.

Tengo fe en la noche que al final de la jornada

me cubre con su oscuro manto

amansando las bravas horas de labor.

Tengo fe en que la lluvia regrese,

a pesar de que mis campos agrieten su reseca piel

y supliquen al cielo que modele nubes.

Tengo fe en que el viento vuelva a empujar

las velas de mi barca a la deriva

para que mi travesía no acabe en un mar de dudas.

Pero ¿De qué sirve creer en el sol si no abro las ventanas de mi vida?

¿Cómo esperar el sosiego y la paz de mi alma

si engaño al silencio con ruido parea no oír el gemir de mi alma

y me visto de neón y luces azules hasta hacer estallar mis ojos?

¿Cómo aguardar la lluvia si la espanto cada día

cubriendo de artificios la tierra de la que fui hecho

por miedo a volver a ser barro en manos del alfarero?

¿De qué me sirve el viento si las velas de mi barca

están siempre plegadas y no hay nadie al timón.

Y aun así tengo fe.

Fe en ser despertado, acunado, modelado y empujado

por Alguien que crea en mí más de lo que lo hago yo mismo.

¿Necesitas ayuda?

Acude al Centro Social (subida San Diego, 2) o llama al teléfono de la parroquia:

968 50 02 57