Dudar no tiene por qué ser lo contrario a creer; Dios puede convertir una experiencia de duda en un momento de purificación que nos abra a un horizonte de fe más auténtico. Como Elías, la mayoría de nosotros hemos experimentado alguna vez la amargura de encerrarnos en una cueva a la espera de momentos mejores. Esa cueva puede ser símbolo de una crisis, de una depresión, un fracasos o del cansancio al que nos lleva entregarnos a algo sin hallarle sentido ni experimentar recompensa alguna.
Pero la cueva de Elías no es una cueva cualquiera; Elías, en su huida, recorre el mismo camino que recorrió Moisés y se refugia en el mismo lugar donde Moisés recibió su vocación y selló después la Alianza con el Señor. Es decir, a Elías no le vale cualquier camino para huir, sino que elige aquel por el que Dios liberó al pueblo, un camino santo en el que el Señor se manifiesta; un camino que, incluso en la crisis, nunca deja de estar abierto al encuentro con la divinidad para no cerrarle definitivamente la puerta.
De la misma forma que Elías estaba perseguido en aquella época por la amenaza poderosa del culto a los ídolos, el creyente actual también está amenazado por nuevos ídolos y falsos dioses que suelen mostrarse de forma espectacular, irrumpiendo como huracanes, terremotos o fuegos que abrasan provocando infinidad de emociones. Da lo mismo que sea el laicismo que sacraliza el hedonismo y prostituye la libertad o el fanatismo religioso que busca aniquilar todo lo que no encaje en sus dogmas. Ninguna de esas realidades libera ni abre posibilidades para el encuentro con Dios, incluso aunque se revistan de “experiencias religiosas”.
Elías no descubre a Dios en los acontecimientos espectaculares ni en las experiencias que provocan un mar de emociones, sino en la brisa suave de lo cotidiano, en el día a día que sucede sin hacer ruido. Es esta experiencia de encuentro con el Creador en lo cotidiano lo que le hace ponerse en pie para continuar su camino. De la misma forma, también nosotros podemos salir de nuestras cuevas, plantarnos ante el monte del Señor y descubrir que al igual que Dios habló a Moisés y a Elías, hoy nos habla también a nosotros.
En su carta a los romanos, san Pablo nos hace caer en la cuenta de la tragedia que suponer ver cómo hasta los mismos creyentes de su propia tradición no supieron o quisieron encontrar el camino, empeñados en hacer entrar a Dios por sendas humanas que se agotan en la búsqueda obsesiva de pruebas y de espectacularidad, subiendo como la espuma para luego quedarse en nada o alumbrando como un cohete de feria que ilumina el cielo durante unos pocos segundos para a los pocos segundos dejarlo todo en la más absoluta oscuridad.La cultura de hoy nos hace caer en la trampa de la hiper emotividad, como si lo único auténtico fuera aquello que es capaz de emocionarnos de forma espectacular durante todo el tiempo que sea posible. De esta forma, son muchas las personas que, sin darse cuenta, se convierten en adictas de las emociones, buscando de forma compulsiva el sentimiento y la emoción en todo, pero sin dar tiempo a profundizar en lo que hay debajo, en lo profundo del corazón. Vemos así a muchas personas a la deriva en busca del amor “verdadero”, saltando de relación en relación o de aplicación en aplicación a golpe de ratón o cayendo en un “scrolling” agotador, como quien monta en un carrusel que nunca cesa y del que no nos podemos bajar. Pero las experiencias vitales que realmente nos construyen como personas y nos liberan no tienen botón de “off” ni permiten cerrarse digitalmente.
También las llamadas experiencias religiosas pueden estar contaminadas por esta mundanidad, oculta bajo el disfraz de lo sagrado. En el fondo, aún por caminos distintos, se sigue cayendo en el mismo error; es el error del que cambia de parroquia ante la menor crisis en la comunidad, o de grupo o movimiento siempre en búsqueda del ambiente que más le toque el corazón y le emocione, pero sin darse tiempo para echar raíces en nada; o lo que es peor, favorecer en la Iglesia la creación de movimientos que no logran hallar un equilibrio entre lo que se celebra (generalmente de modo intimista y emotivo) y lo que se vive, contribuyendo así a una especie de esquizofrenia espiritual donde se enlata lo sagrado en tiempos y espacios determinados sin que afecten a la ética y la moral de unas vidas que contradicen dramáticamente la fe que se dice profesar. Se trata de un nuevo y refinado fariseísmo, de una vuelta al Antiguo Testamento revestido de modernidad.
Que la Iglesia sea lenta a la hora de encarnase en la realidad en la que vive no ha de verse sólo como un defecto, sino también como una virtud que nos vacuna contra una rendición precipitada e irreflexiva a una cultura que es digerida sin espíritu crítico y sin hacer un profundo análisis previo.
Todo proceso de encarnación requiere su tiempo; no nos podemos inculturar de forma precipitada ni acrítica en aras de la utilidad y el practicismo.
Saltamos de la barca con demasiada facilidad sin medir las consecuencias, y cuando lo hacemos, convertimos la travesía en un camino en solitario que termina por poner en evidencia nuestra falta de fe y el exceso de individualismo y auto referencialidad. Es eso lo que nos termina hundiendo porque, en el fondo (y aunque digamos que buscamos a Cristo), nos buscamos a nosotros mismos buscando más la novedad de caminar sobre las aguas que la sincera búsqueda en comunidad del único que realmente puede sortear las tormentas de este mundo sin hundirse.
Desde que el hombre es hombre existen religiones; unas más organizadas y otras menos, pero hay que decirlo claro: ninguna de ellas ha sido capaz de abrir definitivamente en este mundo un camino de verdadera libertad; ninguna ha apostado decididamente por la brisa suave; unas han caído en las redes de los poderes de este mundo pretendiendo salvar a la fuerza; otras han convertido los caminos de libertad en sendas de auto búsqueda egocéntrica. Tal vez por esta razón casi todos los renovadores, profetas o místicos han sido tratados como proscritos o herejes. Hemos de preguntarnos si entre los expulsados de nuestros círculos existen nuevos “Elías” o “Pablos” que anuncian lo que nadie quiere oír, proclamando en lo cotidiano que Dios no está en la tormenta ni en el viento impetuoso, ni en las multitudes ni en los macro encuentros y festivales, ni en los shows que nos montamos para retroalimentar nuestra inseguridad disfrazando de fervor un alma que duda y que se hunde cuando camina por las aguas de la vida.
Al igual que a los discípulos, la presencia de Cristo caminando hacia nosotros nos da miedo. Frente al “no temed, SOY YO”, siempre contestamos con la necesidad de pruebas, de milagros, de actos que se salgan de lo común, que nos alejen de la barca en la que la humanidad cruza los mares de la historia: “si eres tú que yo también camine sobre el agua”, dirá Pedro. Es como si quisiéramos tomar un atajo; como si la religión fuera algo al margen de este mundo, siempre necesitada de pruebas, milagros, juegos de artificio para convencer. El resultado es siempre el mismo: cuando no dejamos que Cristo camine hacia nosotros y nos empeñamos en ser nosotros los que caminemos hacia él, nos hundimos porque nuestra fe es débil. Es en ese momento de crisis, de duda, de desesperación (en la cueva con Elías) cuando gritamos “Señor, sálvame”. Y sin saberlo pronunciamos la palabra clave, descubrimos que la cueva o el mar de dudas, lejos de ser lo que nos separa de Dios es lo que nos abre a la verdadera religión, una religión cotidiana, que aprende a tejer con pequeños hilos de incertidumbre un lazo irrompible de amor pedido entre lágrimas, a borbotones de humildad, con la sinceridad del que se sabe desnudo, hundido y tan pequeño como un niño en un pesebre o un ajusticiado en la cruz.
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