Homilías

Domingo XIX del tiempo ordinario (Ciclo A)

Homilía del Domingo XIX del tiempo ordinario (Ciclo A)

Evangelio: Mateo 14,22-33

Dudar no tiene por qué ser lo contrario a creer; Dios puede convertir una experiencia de duda en un momento de purificación que nos abra a un horizonte de fe más auténtico. Como Elías, la mayoría de nosotros hemos experimentado alguna vez la amargura de encerrarnos en una cueva a la espera de momentos mejores. Esa cueva puede ser símbolo de una crisis, de una depresión, un fracasos o del cansancio al que nos lleva entregarnos a algo sin hallarle sentido ni experimentar recompensa alguna.

Pero la cueva de Elías no es una cueva cualquiera; Elías, en su huida, recorre el mismo camino que recorrió Moisés y se refugia en el mismo lugar donde Moisés recibió su vocación y selló después la Alianza con el Señor. Es decir, a Elías no le vale cualquier camino para huir, sino que elige aquel por el que Dios liberó al pueblo, un camino santo en el que el Señor se manifiesta; un camino que, incluso en la crisis, nunca deja de estar abierto al encuentro con la divinidad para no cerrarle definitivamente la puerta.

De la misma forma que Elías estaba perseguido en aquella época por la amenaza poderosa del culto a los ídolos, el creyente actual también está amenazado por nuevos ídolos y falsos dioses que suelen mostrarse de forma espectacular, irrumpiendo como huracanes, terremotos o fuegos que abrasan provocando infinidad de emociones. Da lo mismo que sea el laicismo que sacraliza el hedonismo y prostituye la libertad o el fanatismo religioso que busca aniquilar todo lo que no encaje en sus dogmas. Ninguna de esas realidades libera ni abre posibilidades para el encuentro con Dios, incluso aunque se revistan de “experiencias religiosas”.

Elías no descubre a Dios en los acontecimientos espectaculares ni en las experiencias que provocan un mar de emociones, sino en la brisa suave de lo cotidiano, en el día a día que sucede sin hacer ruido. Es esta experiencia de encuentro con el Creador en lo cotidiano lo que le hace ponerse en pie para continuar su camino. De la misma forma, también nosotros podemos salir de nuestras cuevas, plantarnos ante el monte del Señor y descubrir que al igual que Dios habló a Moisés y a Elías, hoy nos habla también a nosotros.

En su carta a los romanos, san Pablo nos hace caer en la cuenta de la tragedia que suponer ver cómo hasta los mismos creyentes de su propia tradición no supieron o quisieron encontrar el camino, empeñados en hacer entrar a Dios por sendas humanas que se agotan en la búsqueda obsesiva de pruebas y de espectacularidad, subiendo como la espuma para luego quedarse en nada o alumbrando como un cohete de feria que ilumina el cielo durante unos pocos segundos para a los pocos segundos dejarlo todo en la más absoluta oscuridad.La cultura de hoy nos hace caer en la trampa de la hiper emotividad, como si lo único auténtico fuera aquello que es capaz de emocionarnos de forma espectacular durante todo el tiempo que sea posible. De esta forma, son muchas las personas que, sin darse cuenta, se convierten en adictas de las emociones, buscando de forma compulsiva el sentimiento y la emoción en todo, pero sin dar tiempo a profundizar en lo que hay debajo, en lo profundo del corazón. Vemos así a muchas personas a la deriva en busca del amor “verdadero”, saltando de relación en relación o de aplicación en aplicación a golpe de ratón o cayendo en un “scrolling” agotador, como quien monta en un carrusel que nunca cesa y del que no nos podemos bajar. Pero las experiencias vitales que realmente nos construyen como personas y nos liberan no tienen botón de “off” ni permiten cerrarse digitalmente.

También las llamadas experiencias religiosas pueden estar contaminadas por esta mundanidad, oculta bajo el disfraz de lo sagrado. En el fondo, aún por caminos distintos, se sigue cayendo en el mismo error; es el error del que cambia de parroquia ante la menor crisis en la comunidad, o de grupo o movimiento siempre en búsqueda del ambiente que más le toque el corazón y le emocione, pero sin darse tiempo para echar raíces en nada; o lo que es peor, favorecer en la Iglesia la creación de movimientos que no logran hallar un equilibrio entre lo que se celebra (generalmente de modo intimista y emotivo) y lo que se vive, contribuyendo así a una especie de esquizofrenia espiritual donde se enlata lo sagrado en tiempos y espacios determinados sin que afecten a la ética y la moral de unas vidas que contradicen dramáticamente la fe que se dice profesar. Se trata de un nuevo y refinado fariseísmo, de una vuelta al Antiguo Testamento revestido de modernidad.

Que la Iglesia sea lenta a la hora de encarnase en la realidad en la que vive no ha de verse sólo como un defecto, sino también como una virtud que nos vacuna contra una rendición precipitada e irreflexiva a una cultura que es digerida sin espíritu crítico y sin hacer un profundo análisis previo.

Todo proceso de encarnación requiere su tiempo; no nos podemos inculturar de forma precipitada ni acrítica en aras de la utilidad y el practicismo.

Saltamos de la barca con demasiada facilidad sin medir las consecuencias, y cuando lo hacemos, convertimos la travesía en un camino en solitario que termina por poner en evidencia nuestra falta de fe y el exceso de individualismo y auto referencialidad. Es eso lo que nos termina hundiendo porque, en el fondo (y aunque digamos que buscamos a Cristo), nos buscamos a nosotros mismos buscando más la novedad de caminar sobre las aguas que la sincera búsqueda en comunidad del único que realmente puede sortear las tormentas de este mundo sin hundirse.

Desde que el hombre es hombre existen religiones; unas más organizadas y otras menos, pero hay que decirlo claro: ninguna de ellas ha sido capaz de abrir definitivamente en este mundo un camino de verdadera libertad; ninguna ha apostado decididamente por la brisa suave; unas han caído en las redes de los poderes de este mundo pretendiendo salvar a la fuerza; otras han convertido los caminos de libertad en sendas de auto búsqueda egocéntrica. Tal vez por esta razón casi todos los renovadores, profetas o místicos han sido tratados como proscritos o herejes. Hemos de preguntarnos si entre los expulsados de nuestros círculos existen nuevos “Elías” o “Pablos” que anuncian lo que nadie quiere oír, proclamando en lo cotidiano que Dios no está en la tormenta ni en el viento impetuoso, ni en las multitudes ni en los macro encuentros y festivales, ni en los shows que nos montamos para retroalimentar nuestra inseguridad disfrazando de fervor un alma que duda y que se hunde cuando camina por las aguas de la vida.

Al igual que a los discípulos, la presencia de Cristo caminando hacia nosotros nos da miedo. Frente al “no temed, SOY YO”, siempre contestamos con la necesidad de pruebas, de milagros, de actos que se salgan de lo común, que nos alejen de la barca en la que la humanidad cruza los mares de la historia: “si eres tú que yo también camine sobre el agua”, dirá Pedro. Es como si quisiéramos tomar un atajo; como si la religión fuera algo al margen de este mundo, siempre necesitada de pruebas, milagros, juegos de artificio para convencer. El resultado es siempre el mismo: cuando no dejamos que Cristo camine hacia nosotros y nos empeñamos en ser nosotros los que caminemos hacia él, nos hundimos porque nuestra fe es débil. Es en ese momento de crisis, de duda, de desesperación (en la cueva con Elías) cuando gritamos “Señor, sálvame”. Y sin saberlo pronunciamos la palabra clave, descubrimos que la cueva o el mar de dudas, lejos de ser lo que nos separa de Dios es lo que nos abre a la verdadera religión, una religión cotidiana, que aprende a tejer con pequeños hilos de incertidumbre un lazo irrompible de amor pedido entre lágrimas, a borbotones de humildad, con la sinceridad del que se sabe desnudo, hundido y tan pequeño como un niño en un pesebre o un ajusticiado en la cruz.

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Para la celebración

Lecturas

Lectura del primer libro de los Reyes (19,9a.11-13ª)

En aquellos días, cuando Elías llegó al Horeb, el monte de Dios, se

metió en una cueva donde pasó la noche. El Señor le dijo: “Sal y

ponte de pie en el monte ante el Señor. ¡El Señor va a pasar!” Vino

un huracán tan violento que descuajaba los montes y hacía trizas

las peñas delante del Señor; pero el Señor no estaba en el viento.

Después del viento, vino un terremoto; pero el Señor no estaba en el

terremoto. Después del terremoto, vino un fuego; pero el Señor no

estaba en el fuego. Después del fuego, se oyó una brisa tenue; al

sentirla, Elías se tapó el rostro con el manto, salió afuera y se puso

en pie a la entrada de la cueva.

Salmo responsorial: 84

Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.

Voy a escuchar lo que dice el Señor:

“Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos.”

La salvación está ya cerca de sus fieles,

y la gloria habitará en nuestra tierra. R.

La misericordia y la fidelidad se encuentran,

la justicia y la paz se besan;

la fidelidad brota de la tierra,

y la justicia mira desde el cielo. R.

El Señor nos dará la lluvia,

y nuestra tierra dará su fruto.

La justicia marchará ante él,

la salvación seguirá sus pasos. R.

Lectura de la carta a los Romanos (9,1-5)

Hermanos: Digo la verdad en Cristo; mi conciencia, iluminada por el

Espíritu Santo, me asegura que no miento. Siento una gran pena y

un dolor incesante, en mi corazón, pues por el bien de mis

hermanos, los de mi raza según la carne, quisiera incluso ser un

proscrito lejos de Cristo. Ellos descienden de Israel, fueron

adoptados como hijos, tienen la presencia de Dios, la alianza, la ley,

el culto y las promesas. Suyos son los patriarcas, de quienes, según

la carne, nació el Mesías, el que está por encima de todo: Dios

bendito por los siglos. Amén.

Evangelio de Mateo 14,22-33

Después que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus

discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra

orilla, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedir a la

gente, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí

solo. Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida

por las olas, porque el viento era contrario.

De madrugada se les acercó Jesús, andando sobre el agua. Los

discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de

miedo, pensando que era un fantasma. Jesús les dijo en seguida:

“¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!” Pedro le contestó: “Señor, si eres

tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua.” Él le dijo: “Ven.”

Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a

Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a

hundirse y gritó: “Señor, sálvame.” En seguida Jesús extendió la

mano, lo agarró y le dijo: “¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?” En

cuanto subieron a la barca, amainó el viento. Los de la barca se

postraron ante él, diciendo: “Realmente eres Hijo de Dios.”

Acción de gracias

Cuando la tormenta arrecia

y nuestra barca zozobra,

emerge el miedo;

Salpicados por la espuma de un mar de dudas

se nos encoge el corazón

y los labios se visten de queja.

Metidos en la secreta cueva,

como animales heridos de incredulidad,

buscamos con ansia tu abrazo en el huracán,

tu voz en el terremoto

y el ardor de tu presencia en el fuego…

Pero el amanecer nos sorprende

abrazando al inasible viento,

el pecho tembloroso,

un extraño temblor en los adentros

y el alma helada al contemplar los montes

quemados tras los incendios.

Te vemos caminar

sobre las aguas de la historia

y pensamos que tu mar es nuestro suelo.

Tú nos dejas abandonar la barca

dejando atrás los amigos

para que comprendamos que somos hijos de la duda

y que al hundirnos con ella

tu mano amiga es el único asidero

al que aferrarnos

en la serena noche que presagia

tu amanecer lento.

¿Necesitas ayuda?

Acude al Centro Social (subida San Diego, 2) o llama al teléfono de la parroquia:

968 50 02 57