Homilías

Domingo XIV del tiempo ordinario (Ciclo C)

Homilía del Domingo XIV del tiempo ordinario (Ciclo C)

Evangelio: Lucas 10, 1-12. 17-20

La imagen que propone el profeta Isaías en la primera lectura nos ayuda a sumergirnos en una de las experiencias más entrañables y conmovedoras del ser humano: una madre amamantando a su niño; es la imagen de la que se vale Isaías para trasmitir a un pueblo recién llegado del destierro, el consuelo que necesita para iniciar una vida nueva. Cuando todo alrededor es fracaso y destrucción, la mera contemplación de un niño inocente que es amamantado pone en todos los corazones las gotas necesarias de esperanza para rehacer la vida.

Esa imagen es válida para nosotros también. Cuando todo a nuestro alrededor es destrucción y fracaso, cuando la esperanza se aleja y la realidad implanta su inexorable ley en nuestras vidas, estamos invitados a volver a hacernos niños para ser alimentados por Dios, que no es sólo Padre, sino también Madre. Puede que todo alrededor sea destrucción, muerte o desesperanza, pero eso importa poco a la madre, cuyo único futuro es a veces la frágil vida que tiene entre sus brazos; tampoco le importa al niño, cuyo único deleite es amamantarse mientras contempla el rostro tierno de la madre. Tras la crisis que abre nuestras carnes y derriba al frío y endurecido hombre adulto en que todos nos convertimos, hemos de aprender a ser niños, descubriendo que vivir plenamente supone no dejar nunca de estar amamantados por Dios.

Madre e hijo son sujetos frágiles en medio de la tempestad de las injusticias, guerras o locuras de este mundo; pero en su debilidad radica su fortaleza. No hay nada que pueda reforzar más la esperanza en tiempo de muerte que una nueva vida que se abre paso. San Pablo expresa esta misma experiencia a través de la cruz, su única gloria. Volver a ser niño supone aceptar que el peso de la cruz nos aplasta, pero no nos derrota porque a través de ella aprendemos a entrar en una nueva vida. La cruz puede matar nuestros cuerpos o aniquilar nuestros proyectos, pero no puede derrotar la vida, porque ésta es eterna. Esa es nuestra “gloria”, pero una gloria que no depende de nosotros.

Esta pobreza la hemos de manifestar en nuestro trabajo misionero.

Sin sandalias, ni bastón, sin entretenerse en saludos, sin cambiar de casa en casa a merced del viento… El misionero (que nunca ha de ir sólo sino de dos en dos, para que el testimonio sea veraz) no triunfa por su propia fuerza, sino por la fuerza del que le envía. Esta fuerza radica precisamente en la sencillez de su vida y en su debilidad humana. Por ello no debe recrearse en los éxitos, siempre son pasajeros, sino más bien alegrarse porque su nombre está escrito con letras de oro en el cielo.

Experimentar la alegría de ser enviados supone experimentar primeramente la dicha de ser incesantemente amamantados por Dios a través de la oración. Cuando todo sea tiniebla a nuestro alrededor, no olvidemos que Dios, que también es madre, nos acoge en sus brazos, nos acerca a su pecho y nos sacia de sus consuelos. El papa Francisco nos pedía que tuviéramos la valentía de orar, y ¿Qué es orar sino acercar nuestras pequeñas bocas a los pechos de Dios y saciarnos de su alimento y calor? Seamos valientes y volvamos a ser niños para que el alimento que nunca muere nos abra a la vida con mayúsculas.

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Para la celebración

Lecturas

Lectura del profeta Isaías (66, 10-14c)

Festejad a Jerusalén, gozad con ella, todos los que la amáis, alegraos de

su alegría, los que por ella llevasteis luto. Mamaréis a sus pechos y os

saciaréis de sus consuelos, y apuraréis las delicias de sus ubres

abundantes. Porque así dice el Señor: «Yo haré derivar hacia ella, como

un río, la paz, como un torrente en crecida, las riquezas de las naciones.

Llevarán en brazos a sus criaturas y sobre las rodillas las acariciarán;

como a un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo, y en

Jerusalén seréis consolados. Al verlo, se alegrará vuestro corazón, y

vuestros huesos florecerán como un prado; la mano del Señor se

manifestará a sus siervos.»

Salmo responsorial 65

Aclamad al Señor, tierra entera.

Aclamad al Señor, tierra entera; tocad en honor de su nombre;

cantad himnos a su gloria; decid a Dios:

«¡Qué temibles son tus obras!» R.

Que se postre ante ti la tierra entera, que toquen en tu honor,

que toquen para tu nombre. Venid a ver las obras de Dios,

sus temibles proezas en favor de los hombres. R.

Transformó el mar en tierra firme, a pie atravesaron el río.

Alegrémonos con Dios, que con su poder gobierna eternamente. R.

Fieles de Dios, venid a escuchar, os contaré lo que ha hecho conmigo.

Bendito sea Dios, que no rechazó mi suplica, ni me retiró su favor. R.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas (6, 14-18)

Hermanos: Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor

Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el

mundo. Pues lo que cuenta no es circuncisión o incircuncisión, sino una

criatura nueva. La paz y la misericordia de Dios vengan sobre todos los

que se ajustan a esta norma; también sobre el Israel de Dios. En adelante,

que nadie me venga con molestias, porque yo llevo en mi cuerpo las

marcas de Jesús. La gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con vuestro

espíritu, hermanos. Amén.

Evangelio de Lucas 10, 1-12. 17-20

En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por

delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir

él. Y les decía: «La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues,

al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Poneos en camino!

Mirad que os mando como corderos en medio de lobos. No llevéis talega,

ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino.

Cuando entréis en una casa, decid primero: «Paz a esta casa.» Y si allí

hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a

vosotros. Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan,

porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa. Si

entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a

los enfermos que haya, y decid: «Está cerca de vosotros el reino de Dios.»

Cuando entréis en un pueblo y no os reciban, salid a la plaza y decid:

«Hasta el polvo de vuestro pueblo, que se nos ha pegado a los pies, nos

lo sacudimos sobre vosotros. De todos modos, sabed que está cerca el

reino de Dios.» Os digo que aquel día será más llevadero para Sodoma

que para ese pueblo.» Los setenta y dos volvieron muy contentos y le

dijeron: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre.» Él les

contestó: «Veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado

potestad para pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del

enemigo. Y no os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres

porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros

nombres están inscritos en el cielo.»

Acción de gracias

De dos en dos y nunca solo,

copilotos de una nave con destino al cielo

y paradas en todos y cada uno

de los rincones de la tierra.

Sin prisa,

con la paciencia de quien tiene en sus manos

todo el tiempo del mundo.

Sin posesiones,

con la liviana riqueza del peregrino

y la libertad de quien no depende

de aplausos ajenos.

Sin autocomplacencia,

pero siempre con la gloria en el alma

y la serena alegría de saber

que nuestros nombres

están inscritos en el cielo.

¿Necesitas ayuda?

Acude al Centro Social (subida San Diego, 2) o llama al teléfono de la parroquia:

968 50 02 57