La imagen que propone el profeta Isaías en la primera lectura nos ayuda a sumergirnos en una de las experiencias más entrañables y conmovedoras del ser humano: una madre amamantando a su niño; es la imagen de la que se vale Isaías para trasmitir a un pueblo recién llegado del destierro, el consuelo que necesita para iniciar una vida nueva. Cuando todo alrededor es fracaso y destrucción, la mera contemplación de un niño inocente que es amamantado pone en todos los corazones las gotas necesarias de esperanza para rehacer la vida.
Esa imagen es válida para nosotros también. Cuando todo a nuestro alrededor es destrucción y fracaso, cuando la esperanza se aleja y la realidad implanta su inexorable ley en nuestras vidas, estamos invitados a volver a hacernos niños para ser alimentados por Dios, que no es sólo Padre, sino también Madre. Puede que todo alrededor sea destrucción, muerte o desesperanza, pero eso importa poco a la madre, cuyo único futuro es a veces la frágil vida que tiene entre sus brazos; tampoco le importa al niño, cuyo único deleite es amamantarse mientras contempla el rostro tierno de la madre. Tras la crisis que abre nuestras carnes y derriba al frío y endurecido hombre adulto en que todos nos convertimos, hemos de aprender a ser niños, descubriendo que vivir plenamente supone no dejar nunca de estar amamantados por Dios.
Madre e hijo son sujetos frágiles en medio de la tempestad de las injusticias, guerras o locuras de este mundo; pero en su debilidad radica su fortaleza. No hay nada que pueda reforzar más la esperanza en tiempo de muerte que una nueva vida que se abre paso. San Pablo expresa esta misma experiencia a través de la cruz, su única gloria. Volver a ser niño supone aceptar que el peso de la cruz nos aplasta, pero no nos derrota porque a través de ella aprendemos a entrar en una nueva vida. La cruz puede matar nuestros cuerpos o aniquilar nuestros proyectos, pero no puede derrotar la vida, porque ésta es eterna. Esa es nuestra “gloria”, pero una gloria que no depende de nosotros.
Esta pobreza la hemos de manifestar en nuestro trabajo misionero.
Sin sandalias, ni bastón, sin entretenerse en saludos, sin cambiar de casa en casa a merced del viento… El misionero (que nunca ha de ir sólo sino de dos en dos, para que el testimonio sea veraz) no triunfa por su propia fuerza, sino por la fuerza del que le envía. Esta fuerza radica precisamente en la sencillez de su vida y en su debilidad humana. Por ello no debe recrearse en los éxitos, siempre son pasajeros, sino más bien alegrarse porque su nombre está escrito con letras de oro en el cielo.
Experimentar la alegría de ser enviados supone experimentar primeramente la dicha de ser incesantemente amamantados por Dios a través de la oración. Cuando todo sea tiniebla a nuestro alrededor, no olvidemos que Dios, que también es madre, nos acoge en sus brazos, nos acerca a su pecho y nos sacia de sus consuelos. El papa Francisco nos pedía que tuviéramos la valentía de orar, y ¿Qué es orar sino acercar nuestras pequeñas bocas a los pechos de Dios y saciarnos de su alimento y calor? Seamos valientes y volvamos a ser niños para que el alimento que nunca muere nos abra a la vida con mayúsculas.
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