Homilías

DOMINGO XIV (Ciclo A)

Homilía del DOMINGO XIV (Ciclo A)

Evangelio: Mateo 11,25-30

Toda guerra empieza en la mente y en el corazón de un sólo hombre.

Si existen conflictos armados y violencia en nuestra sociedad es porque antes han germinado en el interior de alguien. Vivimos en una sociedad tensa, agobiada, cansada… el estrés es la mecha y los problemas que nos rodean los detonantes que hacen estallar a la humanidad en mil pedazos. Cuando esa explosión es hacia dentro, es la propia persona la que se sumerge en el cansancio, el agobio, las prisas, la depresión o, en el peor de los casos, el suicido; cuando se enfoca hacia afuera, surge la agresividad, la violencia y, en los peores extremos, todo tipo de violencia con la que los noticiarios nos bombardean cada día.

La violencia o la guerra es como una bola de nieve que no se supo o no se quiso parar a tiempo. Esa bola de nieve pequeña gira cuesta abajo acumulando en cada giro más nieve, haciéndola más grande y pesada hasta que, en un punto de no retorno, se convierte en un peligro ante el que sólo cabe huir o protegerse. Cuando el peligro es inevitable lo inmediato es ponerse a salvo; pero cuando el peligro es evitable hay que educarse y prepararse para construir la paz.

La paz no es la ausencia de violencia; es algo mucho más profundo. A veces confundimos “paz” con “seguridad”; y no es lo mismo. Se puede estar seguro por fuera y en conflicto interior; se puede vivir seguro, en una casa fortificada o en un carácter agrio y duro, pero terriblemente cansado y agobiado internamente, esclavo de los propios medios empleados para protegerse; porque los medios que solemos usar para “protegernos” y vivir seguros suelen ser trampas que terminan atrapándonos bajo la tristeza o soledad.

Cuando la paz se encarna en nuestros corazones no hay lugar para el agobio o la desesperanza. Pero la paz es un don, y como tal ha de ser acogida antes que construida por uno mismo. Esa paz nos llega siempre a lomos de un burrito, no de un caballo brioso, ni sobre carros de combate o automóviles blindados. Cuando los judíos de tiempo de Zacarías esperaban un caudillo libertador que construyera la paz usando la fuerza y el poder, el profeta les recuerda que ese no es el camino de Dios. Dios reinará sobre todas las naciones, pero lo hará a su manera, no a la nuestra. El Reino de Dios no puede estar fundado sobre una estructura política y mucho menos sobre el poder militar. Esa concepción bélica tan típica del antiguo testamento sigue persistiendo hoy, no sólo en gran parte del pueblo judío (enfrentado permanentemente con sus vecinos), sino en una parte no despreciable de cristianos profundamente integristas para los cuales la mejor forma de construir la paz es preparar (y a veces realizar) la guerra; una guerra a la que curiosamente ellos nunca irán.La paz siempre nace de la mansedumbre y de la sencillez. Ser manso es tener dominio de sí mismo, no dejarse arrastrar por sentimientos como el miedo, la ira o la venganza. Ser manso es ser fuerte sin ejercer la fuerza, que es lo mismo que tener autoridad sin caer en el autoritarismo. De igual manera, ser sencillo es aprender a valorar la riqueza de lo que se tiene, como un tesoro infinito ante el que todo lo demás es considerado secundario. Por eso la paz está siempre en los lugares donde está la gente sencilla y humilde; y por eso Jesús elige ese camino al percibir el reino de Dios entre los pobres y sencillos, como los profetas; por ello su propuesta (“Venid a mí”) es una invitación y no una imposición; un reclamo que sólo es posible entender cuando nos dejamos inundar por la paz del Señor.

Vivir la paz supone aprender a buscar en el mundo que nos rodea los pesebres de humildad, paciencia y sencillez; ¿Dónde hay a mi alrededor paz, sencillez, serenidad, sosiego? Pues allí he de dirigirme y allí he de reposar, porque es allí donde, una vez junto a Cristo, podré reconstruir mi vida. No nos dejemos llevar por la carne, es decir, por los sentimientos y apariencias de este mundo. Lo fácil es siempre mostrado con estridencia y anunciado como el camino más fácil, pero en realidad es el peor de los caminos posibles.

El Espíritu que nos habita grita incesantemente en espera de poder ser escuchado. Ese Espíritu nos susurrará al oído cuál es el camino correcto, y cuál es la senda que nos conducirá a ese remanso de paz y sosiego que tanto anhela nuestra alma, inquieta e intranquila porque todavía no descansa en Él. Elijamos ese camino porque, aunque conlleva yugo y carga, son infinitamente más ligeros y liberadores que el peso invisible pero terrible con el que este mundo nos impone su ley de muerte y desesperanza.

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Para la celebración

Lecturas

Lectura del profeta Zacarías (9,9-10)

Así dice el Señor: “Alégrate, hija de Sión; canta, hija de Jerusalén;

mira a tu rey que viene a ti justo y victorioso; modesto y

cabalgando en un asno, en un pollino de borrica. Destruirá los

carros de Efraín, los caballos de Jerusalén, romperá los arcos

guerreros, dictará la paz a las naciones; dominará de mar a mar,

del Gran Río al confín de la tierra.”

Salmo responsorial: 144

Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey.

Te ensalzaré, Dios mío, mi rey;

bendeciré tu nombre por siempre jamás.

Día tras día, te bendeciré

y alabaré tu nombre por siempre jamás. R.

El Señor es clemente y misericordioso,

lento a la cólera y rico en piedad;

el Señor es bueno con todos,

es cariñoso con todas sus criaturas. R.

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,

que te bendigan tus fieles;

que proclamen la gloria de tu reinado,

que hablen de tus hazañas. R.

El Señor es fiel a sus palabras,

bondadoso en todas sus acciones.

El Señor sostiene a los que van a caer,

endereza a los que ya se doblan. R.

Lectura de la carta a los Romanos (8,9.11-13)

Hermanos: Vosotros no estáis sujetos a la carne, sino al espíritu,

ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el

Espíritu de Cristo no es de Cristo. Si el Espíritu del que resucitó

a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó

de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros

cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.

Así, pues, hermanos, estamos en deuda, pero no con la carne para

vivir carnalmente. Pues si vivís según la carne, vais a la muerte;

pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis.

Evangelio de Mateo 11,25-30

En aquel tiempo, exclamó Jesús: “Te doy gracias, Padre, Señor de

cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y

entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así

te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie

conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el

Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos

los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con

mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón,

y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi

carga ligera.”

Acción de gracias

No me quema el sol,

sino el silente incendio de indiferencia

con el que la carne nos amordaza.

No me fatiga el trabajo,

sino el ansia por acaparar más

de lo que mis manos son capaces de amasar.

No me refresca la tranquilidad de mi cómodo salón,

sino la paz que hallo en las batallas

por toda causa justa defendida con ardor.

No me descansa el inerte sedentarismo del verano,

sino la activa búsqueda por los lugares y los tiempos

donde los humildes y sencillos se recrean en la vida.

¿Necesitas ayuda?

Acude al Centro Social (subida San Diego, 2) o llama al teléfono de la parroquia:

968 50 02 57