Toda guerra empieza en la mente y en el corazón de un sólo hombre.
Si existen conflictos armados y violencia en nuestra sociedad es porque antes han germinado en el interior de alguien. Vivimos en una sociedad tensa, agobiada, cansada… el estrés es la mecha y los problemas que nos rodean los detonantes que hacen estallar a la humanidad en mil pedazos. Cuando esa explosión es hacia dentro, es la propia persona la que se sumerge en el cansancio, el agobio, las prisas, la depresión o, en el peor de los casos, el suicido; cuando se enfoca hacia afuera, surge la agresividad, la violencia y, en los peores extremos, todo tipo de violencia con la que los noticiarios nos bombardean cada día.
La violencia o la guerra es como una bola de nieve que no se supo o no se quiso parar a tiempo. Esa bola de nieve pequeña gira cuesta abajo acumulando en cada giro más nieve, haciéndola más grande y pesada hasta que, en un punto de no retorno, se convierte en un peligro ante el que sólo cabe huir o protegerse. Cuando el peligro es inevitable lo inmediato es ponerse a salvo; pero cuando el peligro es evitable hay que educarse y prepararse para construir la paz.
La paz no es la ausencia de violencia; es algo mucho más profundo. A veces confundimos “paz” con “seguridad”; y no es lo mismo. Se puede estar seguro por fuera y en conflicto interior; se puede vivir seguro, en una casa fortificada o en un carácter agrio y duro, pero terriblemente cansado y agobiado internamente, esclavo de los propios medios empleados para protegerse; porque los medios que solemos usar para “protegernos” y vivir seguros suelen ser trampas que terminan atrapándonos bajo la tristeza o soledad.
Cuando la paz se encarna en nuestros corazones no hay lugar para el agobio o la desesperanza. Pero la paz es un don, y como tal ha de ser acogida antes que construida por uno mismo. Esa paz nos llega siempre a lomos de un burrito, no de un caballo brioso, ni sobre carros de combate o automóviles blindados. Cuando los judíos de tiempo de Zacarías esperaban un caudillo libertador que construyera la paz usando la fuerza y el poder, el profeta les recuerda que ese no es el camino de Dios. Dios reinará sobre todas las naciones, pero lo hará a su manera, no a la nuestra. El Reino de Dios no puede estar fundado sobre una estructura política y mucho menos sobre el poder militar. Esa concepción bélica tan típica del antiguo testamento sigue persistiendo hoy, no sólo en gran parte del pueblo judío (enfrentado permanentemente con sus vecinos), sino en una parte no despreciable de cristianos profundamente integristas para los cuales la mejor forma de construir la paz es preparar (y a veces realizar) la guerra; una guerra a la que curiosamente ellos nunca irán.La paz siempre nace de la mansedumbre y de la sencillez. Ser manso es tener dominio de sí mismo, no dejarse arrastrar por sentimientos como el miedo, la ira o la venganza. Ser manso es ser fuerte sin ejercer la fuerza, que es lo mismo que tener autoridad sin caer en el autoritarismo. De igual manera, ser sencillo es aprender a valorar la riqueza de lo que se tiene, como un tesoro infinito ante el que todo lo demás es considerado secundario. Por eso la paz está siempre en los lugares donde está la gente sencilla y humilde; y por eso Jesús elige ese camino al percibir el reino de Dios entre los pobres y sencillos, como los profetas; por ello su propuesta (“Venid a mí”) es una invitación y no una imposición; un reclamo que sólo es posible entender cuando nos dejamos inundar por la paz del Señor.
Vivir la paz supone aprender a buscar en el mundo que nos rodea los pesebres de humildad, paciencia y sencillez; ¿Dónde hay a mi alrededor paz, sencillez, serenidad, sosiego? Pues allí he de dirigirme y allí he de reposar, porque es allí donde, una vez junto a Cristo, podré reconstruir mi vida. No nos dejemos llevar por la carne, es decir, por los sentimientos y apariencias de este mundo. Lo fácil es siempre mostrado con estridencia y anunciado como el camino más fácil, pero en realidad es el peor de los caminos posibles.
El Espíritu que nos habita grita incesantemente en espera de poder ser escuchado. Ese Espíritu nos susurrará al oído cuál es el camino correcto, y cuál es la senda que nos conducirá a ese remanso de paz y sosiego que tanto anhela nuestra alma, inquieta e intranquila porque todavía no descansa en Él. Elijamos ese camino porque, aunque conlleva yugo y carga, son infinitamente más ligeros y liberadores que el peso invisible pero terrible con el que este mundo nos impone su ley de muerte y desesperanza.
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