El evangelio de hoy, leído superficialmente, podría entenderse como una oposición a la institución de la familia. Nada más lejos de la realidad. El objetivo final de lo que en él se proclama es descubrir una de las tentaciones más ancestralmente arraigada en el corazón del ser humano: EL APEGO.
El apego es como el polvo del camino que se nos pega en las suelas de nuestros zapatos y hasta se nos incrusta por los poros de la piel. Vivir apegados no es amar, sino tratar de poseer; conviene no confundir estos sentimientos para no pensar que estamos amando cuando, en el fondo, no buscamos tanto la felicidad de la otra persona como la nuestra. Es una trampa difícil de descubrir por el enraizamiento tan profundamente inserto en nuestro corazón.
Pongamos un ejemplo: una madre posesiva vuelca su amor con su hijo, lo protege y lo defiende; puede incluso que la educación que le dé sea buena; sin embargo, en el fondo, todas las energías que la madre usa no son tanto por el bien de hijo (como ella conscientemente piensa) como por su propio bienestar, ya sea buscando su realización como madre, mujer o simplemente como persona necesitada de ser valorada, reconocida y querida por alguien; y quien mejor que un hijo o una hija. Hemos puesto el ejemplo de los hijos, pero el apego no es sólo hacia las personas, sino también hacia las cosas; cosas como el trabajo, los negocios, el dinero, los bienes que se poseen o se desean, la salud, el cuerpo esculpido en los gimnasios o la eterna juventud que la sociedad de consumo nos mete por los ojos como modelo de felicidad.
Quien busca en estos apegos la felicidad, se encuentra con que su vida explota un día sin saber por qué, dejando un rastro inmundo de sinsentido y vacío. Las consultas de los psicólogos están llenas de personas aparentemente felices que reúnen externamente todos los cánones mundanos para no deber tener problemas; y sin embargo, los tienen; y los tienen porque han caído (todos caemos alguna vez) en la trampa de buscar la felicidad directamente, de ir a por ella poniéndole la proa, sin darnos cuenta que la felicidad es un don que se recibe indirectamente, cuando menos se busca, como una sorpresa.
Aquello de “no puedo vivir sin ti” o “sin ti mi vida no tiene sentido” puede resonar muy romántico, pero psicológicamente manifiesta una personalidad inmadura, débil, embaucada y adormecida por los espejismos de este mundo, pero incapaz de echar raíces en tierra firme y fértil. Lo correcto sería decir: “sin ti mi vida tendría un vacío irreparable, pero la vida seguirá y Dios puede colmar y llenar de sentido ese vacío”.Así llegamos a la gran paradoja de la vida: si me busco me pierdo, pero si no trato de buscarme, me encuentro o, mejor dicho, Dios me encuentra.
En el fondo todo reside en la capacidad que tengamos de “aceptar la cruz”.
Esto de “aceptar la cruz” es un eslogan espiritual muy bonito, pero en la vida real es una experiencia terrible, demoledora y muchas veces insoportable y hasta cruel. La cruz no tiene nada de bonito, es negra y árida, nos obliga a apretar los dientes, a tragar saliva, a cerrar los puños y a confiar que ese túnel que parece que nunca acaba, tiene una salida porque la alternativa es renunciar a adentrarse en él y, por tanto, condenarse a vagar bajo el peso de falsos dioses, engañados y distraídos para no sentir una herida que no reconocemos y que por tanto nunca se podrá sanar.
Sólo desde la vivencia de nuestro bautismo es posible ganar la vida eterna: morir con Cristo bajo las aguas bautismales y resucitar con Cristo, incluso en esta vida, a la eternidad. Optar por este camino y poner a Dios en la cima de nuestros valores supone hacerse peregrinos y a la vez anfitriones de otros peregrinos que llaman a nuestra puerta trayendo la Palabra de Dios.
Hemos de aprender a saborear más lo cotidiano que a convertir nuestra vida en una eterna expectación de sueños ilusorios que nunca se verán satisfechos, porque nuestra alma solo puede descansar en Dios. Demos ese paso, entreguemos nuestra vida sin miedo, crucifiquémonos con Cristo, y habremos ganado un premio imperecedero: la vida eterna. Plantémonos que la pregunta que verdaderamente llena de sentido nuestro horizonte vital no es qué espero yo de la vida, sino qué espera la vida de mí. Porque si me constituyo en el centro del universo y pretendo que todo ha de girar en torno a mí, entonces la decepción está asegurada. Pero si asumo mi condición de criatura, entonces me descubro llamado a compartir ese centro con el único capaz de hacerlo todo nuevo en Él.
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