Homilías

DOMINGO XIII (Ciclo A)

Homilía del DOMINGO XIII (Ciclo A)

El evangelio de hoy, leído superficialmente, podría entenderse como una oposición a la institución de la familia. Nada más lejos de la realidad. El objetivo final de lo que en él se proclama es descubrir una de las tentaciones más ancestralmente arraigada en el corazón del ser humano: EL APEGO.

El apego es como el polvo del camino que se nos pega en las suelas de nuestros zapatos y hasta se nos incrusta por los poros de la piel. Vivir apegados no es amar, sino tratar de poseer; conviene no confundir estos sentimientos para no pensar que estamos amando cuando, en el fondo, no buscamos tanto la felicidad de la otra persona como la nuestra. Es una trampa difícil de descubrir por el enraizamiento tan profundamente inserto en nuestro corazón.

Pongamos un ejemplo: una madre posesiva vuelca su amor con su hijo, lo protege y lo defiende; puede incluso que la educación que le dé sea buena; sin embargo, en el fondo, todas las energías que la madre usa no son tanto por el bien de hijo (como ella conscientemente piensa) como por su propio bienestar, ya sea buscando su realización como madre, mujer o simplemente como persona necesitada de ser valorada, reconocida y querida por alguien; y quien mejor que un hijo o una hija. Hemos puesto el ejemplo de los hijos, pero el apego no es sólo hacia las personas, sino también hacia las cosas; cosas como el trabajo, los negocios, el dinero, los bienes que se poseen o se desean, la salud, el cuerpo esculpido en los gimnasios o la eterna juventud que la sociedad de consumo nos mete por los ojos como modelo de felicidad.

Quien busca en estos apegos la felicidad, se encuentra con que su vida explota un día sin saber por qué, dejando un rastro inmundo de sinsentido y vacío. Las consultas de los psicólogos están llenas de personas aparentemente felices que reúnen externamente todos los cánones mundanos para no deber tener problemas; y sin embargo, los tienen; y los tienen porque han caído (todos caemos alguna vez) en la trampa de buscar la felicidad directamente, de ir a por ella poniéndole la proa, sin darnos cuenta que la felicidad es un don que se recibe indirectamente, cuando menos se busca, como una sorpresa.

Aquello de “no puedo vivir sin ti” o “sin ti mi vida no tiene sentido” puede resonar muy romántico, pero psicológicamente manifiesta una personalidad inmadura, débil, embaucada y adormecida por los espejismos de este mundo, pero incapaz de echar raíces en tierra firme y fértil. Lo correcto sería decir: “sin ti mi vida tendría un vacío irreparable, pero la vida seguirá y Dios puede colmar y llenar de sentido ese vacío”.Así llegamos a la gran paradoja de la vida: si me busco me pierdo, pero si no trato de buscarme, me encuentro o, mejor dicho, Dios me encuentra.

En el fondo todo reside en la capacidad que tengamos de “aceptar la cruz”.

Esto de “aceptar la cruz” es un eslogan espiritual muy bonito, pero en la vida real es una experiencia terrible, demoledora y muchas veces insoportable y hasta cruel. La cruz no tiene nada de bonito, es negra y árida, nos obliga a apretar los dientes, a tragar saliva, a cerrar los puños y a confiar que ese túnel que parece que nunca acaba, tiene una salida porque la alternativa es renunciar a adentrarse en él y, por tanto, condenarse a vagar bajo el peso de falsos dioses, engañados y distraídos para no sentir una herida que no reconocemos y que por tanto nunca se podrá sanar.

Sólo desde la vivencia de nuestro bautismo es posible ganar la vida eterna: morir con Cristo bajo las aguas bautismales y resucitar con Cristo, incluso en esta vida, a la eternidad. Optar por este camino y poner a Dios en la cima de nuestros valores supone hacerse peregrinos y a la vez anfitriones de otros peregrinos que llaman a nuestra puerta trayendo la Palabra de Dios.

Hemos de aprender a saborear más lo cotidiano que a convertir nuestra vida en una eterna expectación de sueños ilusorios que nunca se verán satisfechos, porque nuestra alma solo puede descansar en Dios. Demos ese paso, entreguemos nuestra vida sin miedo, crucifiquémonos con Cristo, y habremos ganado un premio imperecedero: la vida eterna. Plantémonos que la pregunta que verdaderamente llena de sentido nuestro horizonte vital no es qué espero yo de la vida, sino qué espera la vida de mí. Porque si me constituyo en el centro del universo y pretendo que todo ha de girar en torno a mí, entonces la decepción está asegurada. Pero si asumo mi condición de criatura, entonces me descubro llamado a compartir ese centro con el único capaz de hacerlo todo nuevo en Él.

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Para la celebración

Lecturas

Lectura del segundo libro de los Reyes (4, 8-11. 14-16ª)

Un día pasaba Eliseo por Sunam y una mujer rica lo invitó con insistencia a

comer. Y, siempre que pasaba por allí, iba a comer a su casa. Ella dijo a su

marido: “Me consta que ese hombre de Dios es un santo; con frecuencia pasa

por nuestra casa. Vamos a prepararle una habitación pequeña, cerrada, en

el piso superior; le ponemos allí una cama, una mesa, una silla y un candil,

y así, cuando venga a visitarnos, se quedará aquí.”

Un día llegó allí, entró en la habitación y se acostó. Dijo a su criado Guejazi:

“¿Qué podríamos hacer por ella?” Guejazi comentó: “Qué sé yo. No tiene hijos,

y su marido es viejo.” Eliseo dijo: “Llámala.” La llamó. Ella se quedó junto a

la puerta, y Eliseo le dijo: “El año que viene, por estas fechas, abrazarás a un

hijo.”

Salmo responsorial: 88

Cantaré eternamente las misericordias del Señor.

Cantaré eternamente las misericordias del Señor,

anunciaré tu fidelidad por todas las edades.

Porque dije: “Tu misericordia es un edificio eterno,

más que el cielo has afianzado tu fidelidad.” R.

Dichoso el pueblo que sabe aclamarte:

camina, oh Señor, a la luz de tu rostro;

tu nombre es su gozo cada día,

tu justicia es su orgullo. R.

Porque tú eres su honor y su fuerza,

y con tu favor realzas nuestro poder.

Porque el Señor es nuestro escudo,

y el Santo de Israel nuestro rey. R.

Lectura de la carta a los romanos (6,3-4.8-11)

Hermanos: Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo fuimos

incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con él en la

muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la

gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Por tanto,

si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él, pues

sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere

más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. Porque su morir fue un morir

al pecado de una vez para siempre; y su vivir es un vivir para Dios. Lo mismo

vosotros, consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.

EVANGELIO

Mateo 10,37-42

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: “El que quiere a su padre o a su

madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija

más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es

digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por

mí la encontrará. El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me

recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es

profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo

tendrá paga de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de

agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no

perderá su paga, os lo aseguro.”

Acción de gracias

¿Quién es mi padre? ¿Quién es mi madre?

¿Quién es mi esposo o mi esposa?

¿Quiénes mis hermanos o amigos?

Si miro la sangre que juguetea en mi carne

y aún la savia invisible de la amistad

que nutre y bendice el alma,

veo rostros amables y cálidos

que han forjado, forjan y forjarán

lo que he sido, soy y seré.

Con todos ellos he tejido

este mar de emociones y recuerdos

que hace la vida más liviana.

Pero no hay mar que no embravezca

y, a veces, hasta engulla los marinos que alimenta.

No hay amor que no defraude,

aunque sea por la inevitable sentencia

de toda carne abocada a la muerte.

Por eso,

sólo cuando elevo la noble sonoridad de estas palabras,

“Padre, madre, esposo, esposa, hermano, amigo…”

soy capaz de descubrir en ellas

una Presencia que amamanta sus presencias,

la luz inagotable que hace brillar sus rostros,

la fuerza imparable que mueve los abrazos,

incluso los que se dan en el vacío.

Porque el vacío,

lejos de alejarnos de aquellos que nos aman

y a los que tanto amamos,

es una estepa infinita

que espera ser cubierta de presencias.

Te miro, oh Presencia visiblemente invisible,

y te contemplo en los iconos vivos

con los que adornas mi vida:

Aquellos a los que puedo llamar “padre o madre”,

“esposo o esposa”, “hermano o amigo”

Sin que de mis brazos se me caiga la esperanza.

¿Necesitas ayuda?

Acude al Centro Social (subida San Diego, 2) o llama al teléfono de la parroquia:

968 50 02 57