Las lecturas de este domingo nos ofrecen una buena oportunidad para pensar sobre nuestros verdaderos enemigos. Pudiera ser que, a primera vista, pensemos que no tenemos o que, si los hay, son muy pocos; si esto ocurre tal vez sea porque no miramos bien la realidad o porque confundimos a los enemigos con algunas personas con las que nuestras relaciones no son buenas. El verdadero enemigo no está fuera de nosotros, no hace ruido ni ataca dando la cara; el verdadero enemigo lo llevamos dentro, ataca en silencio y se oculta en las sombras de nuestro corazón, porque el verdadero enemigo es el pecado.
Incluso, en caso de que una persona nos odie profundamente y dedique su vida a hacernos todo el daño posible, no sería justo considerarla como un enemigo; más bien sería víctima de su propia envidia, de su ira o del orgullo que la obliga a comportarse de forma injusta. Jesús tuvo muchos “enemigos”, pero nunca quiso su desaparición, ni mucho menos buscó la venganza.
Jesús, como Jeremías, encomienda su causa al Padre por encima de sus propios deseos; ésta es la verdadera pobreza evangélica; es más fácil deshacerse del dinero y de los bienes que de los sentimientos de resentimiento, odio o venganza hacia las personas que nos han herido.
Hacerse pobre ante Dios es renunciar a imponer nuestros criterios de “justicia”, dejando que Dios vaya haciendo camino hasta desenmascarar todo lo perverso siguiendo sus propios planes, que no son los nuestros.
La verdad puede ser ocultada, herida, maltratada o mancillada, pero como Jesús dice, nada hay oculto que finalmente no salga a la luz. Tarde o temprano cada cual queda por lo que es. No es cuestión sólo de tener paciencia para aguardar la venganza, sino de esperar que el daño que nos hacen desde fuera no nos afecte al corazón.
El triunfo del enemigo es provocar en nosotros una reacción semejante o superior a su ataque. Si reaccionamos con ira ante una ofensa, tal vez logremos que la justicia humana repare un daño que nos han hecho, pero la herida de nuestra alma será tremenda. No se trata de renunciar a la justicia humana; es decir, no se trata de quedar como tontos por una mala entendida “bondad”; se trata de hacer lo que hay que hacer sin que nos muevan los mismos deseos que mueven a los que nos agreden. El mal se desvanece cuando el malvado o el verdugo dejan de ser mirados sólo como tales para ser vistos también como las primeras víctimas de su propia maldad.
Hay que evitar odiar y trabajarse interiormente los sentimientos de misericordia, porque el agresor no sabe, en el fondo, lo que hace ni el verdadero alcance de sus acciones. Este es el camino y la verdadera justicia que Jesús nos propone y que Pablo entiende perfectamente.
El camino de Adán es un camino de pecado porque no obedece a Dios, tratando de hacer las cosas por sí mismo. En cambio, el nuevo Adán, Cristo, vive de la voluntad del Padre. Su vida es un estar permanentemente en conexión con el Él (de ahí su dedicación a la oración) para que esta sintonía espiritual le desborde y se irradie a toda la humanidad comenzando por sus seguidores. Es un camino que inevitablemente lleva a la cruz porque el mal no se rinde tan fácilmente; hasta el final aprieta y muerde incluso hasta matar el cuerpo. Que nos mate el alma depende en gran parte de nosotros, porque aquello que queremos o no queremos, aquello por lo que optamos o rechazamos es algo que nada ni nadie, ni el más violento asesino, puede arrebatarnos nunca. Ni tan siquiera Dios puede acceder a ese sagrario íntimo de nuestro ser que es nuestra libre voluntad, ámbito desde el que decidimos lo que queremos o no, aunque luego nuestra debilidad no nos ponga muy fácil hacer realidad esa decisión. Nunca debemos olvidarnos que la persona madura no se deja mover tanto por sus emociones cuanto por sus decisiones.
No temamos cuando las cosas se ponen feas porque todo está previsto por Dios; Él no está ausente en el sufrimiento; está sufriendo con nosotros para desde ahí procurarnos una vida más libre y una felicidad imperecedera.
No temamos los males de este mundo, temamos más bien al enemigo oculto que se disfraza incluso de bondad para confundirnos. Confiemos en Dios; encomendemos a Dios nuestra vida y tratemos de escuchar en el silencio y la quietud de la oración lo que luego hemos de vivir y predicar desde las terrazas y azoteas de este mundo.
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