Para creer no hay nada tan sencillo (y a la vez tan difícil) como abrir bien los ojos y contemplar la realidad. Creer es sencillo porque todo lo que nos envuelve es un puro milagro, un camino que Dios abre cada día ante nosotros para conducirnos a la libertad. Pero, al mismo tiempo, creer es también difícil porque nuestros ojos suelen estar cegados, enfermos por la miopía del egoísmo y la ingratitud; no son pocos los momentos en la vida en los que andamos perdidos y desorientados, olvidando que nuestro destino es ser un “pueblo sacerdotal” y una “nación santa”. Esto quiere decir que toda nuestra vida ha de ser una ofrenda permanente que agrade a Dios, quien nos santifica y perdona. Ahora bien, este perdón y santificación sólo es eficaz cuando nuestra intención y voluntad de amarle y servirle es noble y auténtica.
La vida está llena de milagros; unos grandes y otros pequeños. El hecho de vivir es ya de por sí un auténtico milagro. La incapacidad humana para despertar a esta explosión creativa de vida que sucede a cada instante es una verdadera tragedia; preferimos instalarnos en la comodidad y la mediocridad, y de esa manera derrochamos la gracia de Dios en nosotros haciendo inviable cualquier manifestación liberadora de Dios. Jesús se compadece al ver esta situación; no sólo la de tanta gente desorientada y perdida, sino sobre todo la de la falta de guías, pastores, orientadores o sacerdotes que ofrezcan su vida para hacer salir a la humanidad de su oscuridad.
Jesús sabe que es una tarea ingente y que él solo no puede llevarla a cabo. Por ello, después de pedirnos que roguemos incansablemente a Dios que envíe trabajadores a su míes, no se queda con los brazos cruzados, sino que elige a unos cuantos hombres, con nombres y apellidos, a los que envía desde el principio a predicar y sanar. Es decir, Jesús no es un espiritualista que deja todo en las manos del Padre; la oración de Jesús no está hecha de palabras sino también de gestos y obras. Al mismo tiempo que pide, también ayuda, sana y enseña; y como no puede solo, se rodea de un grupo para que su Palabra y su obra lleguen lo más lejos posible, mediante la colaboración de aquellos a los que él llama.
Los llamados no son personas perfectas, y Jesús lo sabe; pero sí han de ser personas nobles. Nosotros también estamos llamados hoy a compartir la misión de Jesús, no por nuestros méritos, sino porque Dios nos necesita. Él ha puesto su mirada y confía en nosotros, aun sabiendo de nuestra débil naturaleza.
Para el enviado, la misión es fuente de vida y alegría. El trabajo, ciertamente, supone cruz y sacrificio, pero la recompensa merece la pena: una honda alegría que nada ni nadie puede arrebatar. Estamos llamados a dar la vida por aquellas personas que son presa del pecado y de la injusticia. A igual que a Cristo, no debe importarnos quien es quien; Dios sólo ve posibilidades de recuperación y regeneración; por ello pone todo su empeño en insuflar aliento de vida en unos cuerpos atenazados por el pecado.
El reto que debemos asumir los que somos llamados es unirnos a Cristo en este trabajo maravilloso: dar la vida por los demás, incluso por los injustos. Hacerlo por la gente buena es lo normal; pero hacerlo también por los malvados es difícil de entender según nuestra lógica. Pero, si no actuamos como Jesús nos pide, ¿no estamos traicionando nuestra propia fe? A fin de cuentas, nosotros somos también esas personas injustas que han sido perdonadas una y mil veces; somos ese pueblo al que nunca se le agotan las posibilidades de conversión y de vida porque Dios lo ama infinitamente. ¿debemos reservarnos sólo para nosotros esta fuente de amor y vida? ¿No deberíamos mejor mostrarla a través de nuestras palabras y obras para hacer partícipes a los demás de la misericordia divina?
Para que la siega sea posible han hecho falta muchas manos que siembren. Para sembrar todo el mundo está dispuesto: hablar, opinar, dar ideas, iniciar proyectos… es fácil; a todos nos gusta soñar. Pero ¿Quién se remanga para hacer que esa siembra sea cosechada, molida, amasada y horneada hasta dar el pan de la vida que a todos alimenta? Para eso hacen falta no sólo palabras, sino también manos y mucho sudor.
Abramos los ojos y veremos que Cristo está en medio del trigal de la vida, segando para nosotros y haciéndose él mismo espiga para que a la humanidad no le falte su pan de cada día. Seguemos con Cristo esta cosecha y convirtamos también nuestra vida en una espiga que pueda llegar a ser pan para los demás.
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