Es curioso cómo la misma palabra de Dios puede sonar de forma distinta según los oídos y el corazón con que se escuche. Sin duda, las lecturas de hoy serán buena noticia para los empobrecidos y los que sufren. Sin embargo, esta misma palabra suena en muchos de nosotros como una seria advertencia. Para quien acoge la palabra desde una realidad de marginación y pobreza, toda ella sabe a consuelo y esperanza. Por el contrario, para quien acoge la palabra desde una situación de hartura, seguridad o comodidad, esta palabra supone una seria amenaza. No es una amenaza que venga directamente de Dios, pues Dios no busca la exterminación de nadie, sino la conversión del pecador para que viva y se salve. No estamos, por tanto, ante un mensaje de índole exclusivamente ético o moral, sino que va mucho más allá: se trata de una interpelación espiritual para encontrar el verdadero camino de la felicidad, evitando caer en nuestra propia ceguera e ignorancia para situarnos en la senda que Dios nos traza.
Es importante tener en cuenta desde dónde escucho y desde qué posicionamiento social y espiritual me sitúo ante lo que Jesús me está diciendo. Por poner un ejemplo, aunque el sermón de Jesús sea el mismo para todos, no es lo mismo asistir a él como curioso, como miembros de la religión oficial, como personas acomodadas, como pobres, excluidos o enfermos, o como discípulos que siguen a Jesús.
¿Dónde estamos cada uno de nosotros?
El mensaje de Jesús es contundente y no deja lugar a dudas.
Pone patas arriba los esquemas de este mundo para medir la felicidad.
Cuatro serían los puntos en los que se concreta esta felicidad o infelicidad: a) pobreza-riqueza b) hambre-hartura c) llanto-consuelo d) odio-elogio.
En estos cuatro puntos nos jugamos no sólo la felicidad, sino también la salvación. Todo depende, como hemos dicho, del lugar que elijamos para situarnos ante Dios. La decisión no es fácil porque este mundo ejerce una tremenda presión para que escojamos el camino incorrecto, que es el más fácil y cómodo. Para elegir bien hemos de estar atentos, pues en esta decisión nos lo jugamos todo.
En un mundo dominado por los sentidos, no resulta fácil optar por el sacrificio de lo bueno en aras de lo mejor. Podemos comprobar cómo cuando se comparte expresamente la propia experiencia de cruz y sufrimiento, recibimos el rechazo o el no entendimiento de nuestra opción, incluso dentro de la misma Iglesia.
Existe algo así como un pacto no escrito por el cual siempre tendemos a buscar lo más cómodo, lo que nos haga sufrir menos, lo que más satisfacción nos dé o lo que más se acomode a nuestra forma de ser. Vivimos en la dictadura del “me apetece”. Somos como una púa que huye del martillo sin darse cuenta de que con ello estamos machacando los dedos que la abrazan.
Esta actitud no genera más que inmadurez y acrecienta nuestra falta de coherencia. La vida del creyente suele ser casi siempre una carrera de subida social, dando rienda suelta a la propia ambición. Se nos premia la fidelidad con “extras” y trienios; se nos acrecienta la necesidad de “seguridad” (que no es lo mismo que de “paz”), se nos empuja a acumular y se nos compensa no por nuestra fidelidad al evangelio, sino por nuestra sumisión y obediencia a lo políticamente correcto. ¿Quién aspira a comprarse un coche más pequeño y que consuma menos del que tiene? ¿Quién aspira a desprenderse de lo que ha ido acumulando? ¿Quién combate el calentamiento global renunciando a la calefacción o al aire acondicionado, u optando por montar en bici o reciclar? ¿Qué sacerdote aspira a una parroquia o puesto de “menos categoría” de la que ha logrado? Seamos honrados para contestar a estas preguntas.
¿Dónde estamos plantados? ¿Qué caudal nos alimenta? Esta vida es como un radiante día de sol en pleno invierno. El necio se recuesta complaciente para calentarse; el sensato aprovecha la luz para buscar maderas y encender un fuego que le alumbre cuando se haga de noche.
El necio se ríe del trabajo del sensato, le insulta y le desprecia por no disfrutar ni gozar de la luz y el calor del sol, sin darse cuenta que el verdadero gozo está en trabajar para prolongar esa luz y ese calor cuando venga la noche.
Los pobres de este mundo son felices porque cuando las luces de nuestra comodidad, seguridad, bienestar o risas vacías se apaguen, su hoguera, aunque pequeña, les seguirá alumbrando y calentando eternamente, mientras que nosotros corremos el riesgo de vivir en una noche perpetua. Pensemos profundamente en esa posibilidad para que al menos el riesgo de perder la vida eterna nos haga recapacitar y convertirnos. Unas riquezas o caprichos menos y unas lágrimas e insultos más no son nada más que la puerta que nos abre a la verdadera felicidad. Dichosos nosotros si entramos por ella.
Documento de la semana
Lecturas, homilía y oraciones para leer, imprimir o compartir · 237,3 KB