Costó mucho trabajo dar el primer paso hacia la religión de libertad que hoy profesamos. Costó romper con muchas tradiciones humanas tan aferradas a este mundo como alejadas de Dios. Pero finalmente, en Jerusalén, los discípulos se dejaron guiar por el Espíritu de Dios; fueron liberados de todo miedo e inseguridad y abrieron su vida y la Iglesia a la paz y a la libertad que sólo Dios puede dar. Han pasado muchos años desde entonces, pero nadie ha logrado cerrar esa puerta; es cierto que la tentación de repetir en nuestro catolicismo la vieja estructura rígida y legalista del antiguo testamento se abre paso de cuando en cuando: Es cierto que se han producido retrocesos y que en algunas ocasiones nuestra religión se parece más al viejo judaísmo, anclado en preceptos y normas mundanas, que a la religión de libertad y salvación que proclamó Jesús de Nazaret. Ahora todos estamos de acuerdo en que “sin circuncisión SÍ hay salvación”, aunque a veces haya cristianos que sigan proclamando que “fuera de la Iglesia NO hay salvación”.
Para no repetir los errores del pasado y entrar de una vez por todas en la senda del reino de Dios, hemos de ir a lo esencial, poniendo en un segundo plano las cosas de este mundo, incluyendo la misma religión. No podemos idolatrar la religión, pues la religión no es Dios. Dios es lo absoluto, lo único esencial y auténtico; aquel que sobrepasa y desborda toda institución, por muy religiosa o sagrada que pueda parecer.
Cuando Juan ve en su visión la nueva Jerusalén, no ve una ciudad mundana; la Jerusalén del Apocalipsis es la antítesis de la “polis” terrenal (Roma), cuya destrucción es profetizada. Frente a la caducidad de las “romas” de este mundo, Jerusalén aparece como venida del cielo, reflejando la gloria de Dios. No brilla con su propia luz, sino que es Dios el que la hace brillar. Se trata de una Jerusalén abierta por 12 puertas, símbolo integrador de las tribus del viejo Israel; y doce basamentos que afianzan sus murallas, símbolo del nuevo pueblo de Dios, fundado sobre los doce apóstoles. Es una ciudad amurallada, sí, pero que mira al norte y al sur, al este y al oeste, con las puertas siempre abiertas para poder entrar y salir. De esta forma, se combina al mismo tiempo la protección necesaria frente a los peligros externos, con la apertura indispensable para que desde dentro se pueda salir al mundo para transformarlo y el mundo pueda encontrar espacios de acogida y refugio. Esta imagen es toda una definición de una Iglesia que ha de evitar dos peligros: por una lado la cerrazón que termina por enrarecer el ambiente y pudrirse desde dentro, atrincherada y ahogada en luchas intestinales; por otro, la ingenuidad y el buenismo de pensar que en este mundo podemos vivir sin protección, precaución o filtros, sin los cuales sería muy fácil sucumbir a un relativismo incapaz de discernir la maldad de la bondad en aras de un peligroso irenismo, que no es lo mismo que una vida fundada en la paz que nos dejó el Señor.Esta imagen puede evocarnos la forma en que hoy vivimos nuestra eclesialidad; ciertamente las amenazas externas nos pueden llevar a la cerrazón y al aislamiento, creyendo que todo lo que no sea religioso es peligroso. Pensamos en el laicismo como una amenaza y en la libertad como una incitación al libertinaje que hay que atajar con normas y leyes que nos hagan más disciplinados. La intención es buena, pero a veces se nos olvida que aspiramos a una Jerusalén en la que no es necesario ningún templo; si el templo era el símbolo de la presencia de Dios. ¿Cómo puede ver Juan una Jerusalén sin templo? ¿Cómo concebir una ciudad santa sin morada de Dios? Si no somos capaces de responder a esta pregunta tal vez sea porque todavía vivimos en el antiguo testamento y no hemos comprendido el calado de la decisión que los primeros cristianos tomaron en el concilio de Jerusalén y que despliega la forma renovada con la que Cristo refunda el Pueblo de Dios. Ese pueblo no tiene más templo que le Cordero, es decir, que el mismo Jesucristo, cuyo cuerpo místico se visibiliza no en edificios sino en un Pueblo nuevo, abierto a los cuatro puntos cardinales y fundado sobre la fe de los apóstoles.
La religión que nace de Cristo y es alentada permanentemente por la presencia del Espíritu santo, es una religión del amor, no sólo de la ley. La palabra religión (re-ligare) significa reunificar, reunir, revincular. La religión no deja de ser un sistema más o menos eficaz para vincularnos con Dios; pero es esencial comprender que ese sistema ha sido transformado por Cristo de forma definitiva y en nada se parece a las religiones de este mundo, incluyendo el catolicismo. La verdadera unión únicamente es posible cuando se funda en el AMOR, no sólo en normas, leyes o preceptos. La ley tiene un sentido preparatorio y pedagógico, pero lo esencial es el amor. Sin amor no hay salvación; sin religión puede haberla; es más, a veces sin algunas religiones la salvación se hace más evidente. Hemos de reconocer que, no pocas veces, las religiones, lejos de llevar a Dios, han alejado de Él.
Jesús entiende la religión como una RELACIÓN PERSONAL DE AMOR CON DIOS. Una visión corporativista o legalista de la religión no acepta esta relación porque implica un compromiso que abarca toda la existencia; es más fácil encerrar a Dios en nuestras pequeñas instituciones, atraparle en dogmas, preceptos, leyes, ritos o espacios sagrados determinados y bien protegidos; es fácil separar entre lo sagrado y lo profano, lo religioso y lo laico; pero esta visión maniquea nunca generará corazones auténticos, libres y liberadores, sino mentes sometidas por el miedo o la ignorancia.
El peligro está en idolatrar la religión supeditándola al mismo Dios.
Este tipo de religión no es liberador porque no está basado en una relación que tenga como base el “ágape”, sino en una obediencia puramente ética o legalista. Al igual que no puedo mostrar mi corazón a alguien que no muestre interés por conocerme, Cristo no puede revelarse al que no muestre interés por amarle.Una relación de amor únicamente se puede construir entre dos partes que tengan las puertas de sus murallas abiertas. Puedo amar a una persona incluso si esa persona se muestra hostil o indiferente hacia mí, pero nunca podré entablar con ella una relación de amistad, pues la amistad necesita dos corazones para prender, como el fuego necesita del aire para subsistir o las ciudades amuralladas de puertas para entrar y salir. Dios quiere esa relación, pero no puede forzarnos a amarle. Nos corteja y nos invita, pero no nos coarta.
Jesús enseña a sus discípulos el sentido de que Dios se manifieste solo a ellos y no al mundo; no es una actitud de discriminación, sino el resultado de unas actitudes que no están interesadas ni en la verdad ni en el amor. Y es que para conocer hay que amar. Sólo se conoce a alguien cuando se le ama. Sin amor no hay relación liberadora, sino mero formalismo y ética desnuda de sentimientos. Cuando Jesús desea la paz, advierte que no la da como lo hace este mundo, pues el mundo llama paz a la ausencia de conflictos o al ingenuo (o no tan ingenuo) irenismo que promueve una tolerancia indiscriminada capaz de tragárselo todo sin criterios ni valores fundados en la verdad, relegando al ámbito de la esfera privada aquello que pueda descubrir el hedonismo o las ideologías artificiales inoculadas en las estructuras sociales.
La paz de Dios es algo mucho más profundo; es sobre todo un don que se recibe, el fruto de una relación que colma de felicidad, que libera de las ansiedades de este mundo, que desborda al ser humano ayudándole a transcenderse; es una paz que nada ni nadie puede arrebatar: ni los fracasos e injusticias, ni los éxitos o comodidades. Es una paz que no busca la tranquilidad y que sabe nadar en las, a veces, turbulentas aguas de la historia sin temer a la confrontación. Esta paz divina no cae en la trampa del buenismo que trata de introducir la falsedad dentro del caballo de Troya de una estética vacía, de una vida fácil que vive de espaldas a la realidad o de una superficialidad que genera mentes perezosas y corazones alienados por los muchos reclamos y distracciones del consumismo y de las ideologías falsarias.
Finalmente, esa relación de amor no es una relación de apego, y por ello la ausencia de Jesús no puede ser causa de tristeza o ansiedad. Tal vez para superar el trauma de su ausencia, Jesús nos conceda su PAZ antes de marcharse junto al Padre. Jesús no está históricamente entre nosotros, pero su ausencia es presencia de su Espíritu, al mismo tiempo que espacio de libertad para crecer en su nombre. Es necesario que Cristo viva con el Padre, completando así su camino de libertad. Pero su vida con el Padre no es un distanciamiento de lo humano; él sigue presente a través de su Espíritu, abriendo espacios, eso sí, para que nos desarrollemos y libremente decidamos unirnos a su dinámica de amor trinitario. Demos ese paso, amemos a Dios por encima de nuestras lógicas y de nuestras religiones (sean de un tipo o de otro) y abriremos así las puertas de nuestro corazón para que Dios habite en nosotros.Pero no confundamos esa paz con una tranquilidad aletargante, con una falsa armonía que nos lleva a la indiferencia frente a las guerras que ocurren tanto dentro como fuera de las murallas de nuestra Jerusalén terrenal. En nuestras manos está trabajar dentro y fuera de ella para que algún día acojamos a la Jerusalén celestial que brilla con la luz de Dios.
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