El Señor, antes de dejarnos sin su presencia hasta el día de su regreso definitivo, prometió no abandonarnos. Nos aseguró el envío de un “Defensor” porque sabía que somos incapaces de defendernos por nuestras propias fuerzas si no es utilizando los mismos medios que utilizan los que agreden, es decir, la fuerza y la violencia que nacen del miedo y la falta de seguridad en nosotros mismos.
Hay muchos refranes sobre el concepto de “defensa”; por ejemplo, aquel que dice: “la mejor defensa es un buen ataque”; o ese otro tan manido que reza “si quieres la paz prepara la guerra”. Son formas humanamente legítimas, pero que el tiempo la historia y la experiencia han demostrado ser inútiles para la construcción de una paz auténtica.
El ser humano, a lo sumo, logra la seguridad, pero a costa de infundir miedo al enemigo, nunca respeto sincero, y mucho menos auténtica amistad y reconciliación. Lo que late en el fondo de la mayoría de las relaciones diplomáticas no es la verdad ni el deseo sincero de una verdadera amistad. Falta confianza para algo así; por eso la diplomacia suele estar construida sobre la desconfianza, la prevención y el formalismo. No es que esto sea malo, en absoluto, pero no se corresponde exactamente con la paz evangélica y flaco servicio hacemos al Evangelio si caemos en el error de confundir la paz de este mundo con la paz de Dios.
En realidad, más que ante las amenazas de fuera, el “defensor” prometido por Cristo nos protege de las amenazas de dentro. Dios, que conoce mejor que nosotros el corazón humano, sabe que toda guerra empieza en un pequeño rincón del corazón del ser humano y que, por tanto, toda paz también empieza en el mismo lugar. Por ello, la guerra y la violencia peligrosa que hay que combatir en su raíz, no es sólo la que se ve o la que se siente, sino la que no se ve, porque la llevamos dentro.
Es por ello que, frente a esa violencia interna, ese miedo y desprotección del alma, el Espíritu no puede habitar en otro sitio sino en el interior del ser humano.
Este mundo es incapaz de ver a este Espíritu porque es incapaz de verse a sí mismo, deslumbrado y atolondrado por los reclamos que le seducen: publicidad, programas basura, juego, adicción a lo emotivo… etc. Es un sistema perfectamente estructurado para ahogar el silencio, acallar los gritos del pobre que clama junto a nosotros y cegar nuestro “ojo interior”, que es único capaz de ver la esencia de nuestro ser. Sólo la fe del creyente rompe este muro que parece impenetrable, porque el creyente salta como el poeta a la realidad que hay más allá de lo visible, intuyendo ese otro mundo que nos habita: el mundo interior donde nace la fe.Es ahí donde nos encontramos con el defensor verdadero, aquel que lleva a Teresa de Calcuta a dar su vida sin miramientos por los más pobres de los pobres; a la joven judía Etty Hillesum o al sacerdote católico Maximiliano Kolbe a ofrecer sus vidas en Auschwitz. Frente a la tiranía de la injusticia y de la violencia, siempre perdura la memoria de los que han ganado la guerra en su interior sin doblegarse ante la ira que reclama más ira, la injusticia que reclama más injusticia o la mentira que reclama más mentiras para protegerse de la verdad siempre incómoda para el hipócrita.
El creyente que mira su corazón es capaz de hacer obras increíbles, no por estar fuera de lo común, sino porque muestra al ser humano todo el potencial que lleva dentro sin haberse percatado. Por el bautismo y la confirmación, el creyente accede a este tesoro que no le abandona nunca, que nunca se oxida ni tiene fecha de caducidad. Sólo podremos llenar de alegría nuestras ciudades cuando empecemos a vivir esa alegría con la ayuda del Espíritu.
Exportar nuestra fe al otro, es decir, evangelizar, no es un acto heroico sino natural; es algo que brota espontáneamente del que se ve inundado por una gracia y alegría que le desbordan. El cobarde no encuentra más remedio que atacar; sus miedos y frustraciones se tornan amenazas y golpes, pero el creyente nunca amenaza ni impone, sino que ofrece su propuesta mansamente y siempre con respeto; por eso es tan peligrosa, porque esta propuesta de paz lleva en sí un germen que destruye la violencia desde su germen. En resumen: ya que el padecimiento parece inevitable, mejor es padecer por hacer el bien que padecer por hacer el mal. Si elegimos lo primero siempre encontraremos un “Defensor” cuya fuerza supera toda adversidad, incluso la muerte; si elegimos a los defensores de este mundo, nuestra gloria será sólo un espejismo. En nuestras manos está la respuesta.
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