Homilías

Domingo VI del tiempo ordinario (Ciclo A)

Homilía del Domingo VI del tiempo ordinario (Ciclo A)

Todos somos conscientes de la importancia que las normas y las leyes tienen para el desarrollo de la vida. Sin esas normas y leyes el mundo sería un caos insufrible. Pero respecto a la aplicación de las normas y las leyes hay dos actitudes extremas que pueden ser muy dañinas: la primera es considerar las leyes como algo supremo e incuestionable, algo que hay que acatar de forma acrítica y sumisa; la segunda es todo lo contrario: despreciar las leyes y tratar de vivir en contra de ellas en aras de una supuesta libertad.

Cuando Jesús se relaciona con la ley religiosa, lo hace manteniendo un curioso equilibrio; un equilibrio tan profundo como delicado y difícil de entender. Lo es tanto que, para muchos escribas y legalistas de su época, Jesús era una especie de ácrata que venía a abolir la Ley, mientras que para otros era un reformador radical para afianzar su cumplimiento.

Jesús entiende la Lay como un instrumento necesario para ajustarse a la justicia divina, entendiendo ésta no en términos legalistas, sino en cuanto “fidelidad” a la alianza de amor que Dios quiere sellar con sus criaturas. Es decir, la “justicia” de la que se habla en el Nuevo Testamento no es un concepto que pertenezca al ámbito jurídico, sino al espiritual. Esto no resulta fácil de entender en una sociedad en la que solemos reducir el concepto “justicia” al ámbito del derecho civil o canónico, obviando que, sin una base ética y moral, fundamentada en una espiritualidad madura, la justicia se convierte en una herramienta fácilmente manipulable, derivando en una palabra “tótem” manipulada para justificar actitudes pueriles.

Porque que una cosa sea legalmente justa no significa que tenga que ser moralmente lícita. ¡Cuántas cláusulas abusivas escondidas en la letra pequeña no provocan grandes injusticias imposibles de condenar por ser “legales”! Ya lo dice el refrán: “quien hace la ley, hace la trampa”. Por ello hemos de ser muy cuidadosos (como Jesús lo era) a la hora de aplicar la ley a nuestra experiencia de fe. Con ello evitaremos caer en el mismo error en que caían los escribas a los que Jesús criticó con tanta fuerza.

La propuesta de Jesús no es abolir la Ley, sino dotarla de una raíz, de un cimiento o fundamento que la afiance en el corazón humano. Esta es la sabiduría del Señor a la que debemos aspirar. No es la sabiduría (sofista) de este mundo, pero tampoco una sabiduría arcana e inaccesible, reducida a una especie de élite escogida. En realidad, es la sabiduría que todos llevamos impresa en nuestras almas a poco que nos miremos con sinceridad. Si así lo hacemos, descubriremos que, al igual que una ley sin fundamento oprime y aplasta psicológicamente, un corazón conocedor de la justicia, pero perezoso para ponerla en práctica, acaba cayendo en la hipocresía, la doble vida y la mentira. Hay personas aplastadas por normas impuesta desde fuera o incluso auto impuestas. Ello sucede, por ejemplo, en los sistemas totalitarios o en los procesos de dirección espiritual donde el dirigido se limita a cumplir aquello que se le imponen, como si fuera una especie de robot programado o de marioneta cuyos hilos mueven otros. A la larga, estas vidas se tornan tristes e improductivas.Otras personas, sin embargo, tienen el conocimiento y la sabiduría suficiente para distinguir la vida de la muerte, o el fuego del agua, pero carecen de la voluntad necesaria para elegir la vida y el agua, cayendo en la muerte y en el fuego. No es éste un problema baladí, pues lo que nos jugamos es salvarnos o auto situarnos en una vida alejada de Dios, que es a lo que llamamos “infierno”.

El equilibrio entre ambas posturas no es fácil y requiere hilar fino como lo hacía Jesús, crítico tanto con la aplicación radical e inhumana de la Ley como con un cumplimiento meramente externo que deja en la raíz del alma el origen de todos los males y pecados. Jesús va a lo hondo del corazón, buceando en los anhelos y deseos más ocultos para purificar aquello que está desordenado. Así, seguir a Jesús, más que un compromiso moral y ético (que también), es sobre todo una experiencia espiritual que invita a poner a Dios en el centro del corazón, porque Dios y sólo Dios es fuente de Justicia. Si la justicia lleva a Dios es sólo porque Dios es justo y nos invita a ser justos con Él, siéndolo así con los hermanos, pero no por imposición externa, sino por propia convicción; una convicción que ha de nacer del corazón para que no se torne una losa demasiado pesada como para vivir con ella.

Es peligroso una conciencia enfermiza que se empeña en retozar en el remordimiento, pensando que siempre se puede hacer mucho más. Detrás de esta conciencia hay una auto exigencia que, como un bucle diabólico, se retroalimenta de un sentido del “deber” entendido de forma heterónoma (impuesto desde fuera). Cuando la moral es entendido como una ley externa o una obligación impuesta, la norma, lejos de ayudarnos y hacernos libres, nos aplasta bajo el peso de una exigencia permanente que genera complejos de culpabilidades insanas.

Por el contrario, tomar conciencia de la justicia de Dios (entendida como la fidelidad al amor) pero no cuidar la relación afectiva con esa justicia, lleva inevitablemente a convertir la experiencia religiosa y la solidaridad en meros conceptos racionales incapaces de conmovernos, afectarnos emocionalmente y dinamizar nuestro compromiso. Porque el creyente no ama con la cabeza, sino con las tripas. No basta con conocer y comprender el bien; se trata de enamorarse de él para ponerlo en práctica, poniendo de nuestra parte y esforzándonos en su cumplimiento de forma natural. Así, el esfuerzo por cumplir cualquier ley, lejos de ser una simple carga, se convierte en la consecuencia natural que responder con amor al amor recibido. No nos olvidemos de vivir así para que nuestra caridad no sea ni una carga pesada que nos roba la esperanza, ni una rutina de la que salir del paso sin que afecte realmente a nuestra vida.

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Para la celebración

Lecturas

1ª Lectura

Lectura del libro del Eclesiástico (15,16-21)

Si quieres, guardarás los mandatos del Señor, porque es prudencia cumplir

su voluntad; ante ti están puestos fuego y agua: echa mano a lo que quieras;

delante del hombre están muerte y vida: le darán lo que él escoja. Es inmensa

la sabiduría del Señor, es grande su poder y lo ve todo; los ojos de Dios ven

las acciones, él conoce todas las obras del hombre; no mandó pecar al hombre,

ni deja impunes a los mentirosos.

Salmo responsorial 118

Dichoso el que camina en la voluntad del Señor.

Dichoso el que, con vida intachable, camina en la voluntad del Señor;

dichoso el que, guardando sus preceptos, lo busca de todo corazón. R.

Tú promulgas tus decretos para que se observen exactamente.

Ojalá esté firme mi camino para cumplir tus consignas. R.

Haz bien a tu siervo: viviré y cumpliré tus palabras;

ábreme los ojos, y contemplaré las maravillas de tu voluntad. R.

Muéstrame, Señor, el camino de tus leyes, y lo seguiré puntualmente;

enséñame a cumplir tu voluntad y a guardarla de todo corazón. R.

2ª Lectura

Lectura de la primera carta a los corintios (2,6-10)

Hermanos: Hablamos, entre los perfectos, una sabiduría que no es de este

mundo, ni de los príncipes de este mundo, que quedan desvanecidos, sino que

enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por

Dios antes de los siglos para nuestra gloria. Ninguno de los príncipes de este

mundo la ha conocido; pues, si la hubiesen conocido, nunca hubieran

crucificado al Señor de la gloria. Sino como está escrito: “Ni el ojo vio, ni el

oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo

aman.” Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu. El Espíritu lo sondea todo,

incluso lo profundo de Dios.

EVANGELIO

Mateo 5,17-37

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

[“No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir,

sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje

de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley. El que se salte uno sólo de

los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el

menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe

será grande en el reino de los cielos.]

Os lo aseguro: Si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en

el reino de los cielos. Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y

el que mate será procesado. Pero yo os digo: Todo el que esté peleado con su

hermano será procesado.

[Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el

Sanedrín, y si lo llama “renegado”, merece la condena del fuego. Por tanto, si

cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que

tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete

primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu

ofrenda. Con el que te pone pleito, procura arreglarte en seguida, mientras

vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y

te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas

pagado el último cuarto.]

Habéis oído el mandamiento “no cometerás adulterio”. Pues yo os digo: El que

mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su

interior.

[Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro

que ser echado entero en el infierno. Si tu mano derecha te hace caer, córtatela

y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero al

infierno. Está mandado: “El que se divorcie de su mujer, que le dé acta de

repudio.” Pues yo os digo: El que se divorcie de su mujer, excepto en caso de

impureza, la induce al adulterio, y el que se case con la divorciada comete

adulterio.]

Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus

votos al Señor”. Pues yo os digo que no juréis en absoluto:

[ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus

pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza,

pues no puedes volver blanco o negro un solo pelo.]

A vosotros os basta decir “si” o “no”. Lo que pasa de ahí viene del Maligno.”

Acción de gracias

La vida es una sucesión de decisiones,

una catarata incesante de elecciones y renuncias.

Decir “sí” a alguien o a algo

implica decir “no” al resto de personas y cosas.

Nuestros pasos van dejando una estela

de posibilidades a otros regaladas.

No podemos beber toda el agua de un río,

pero ¡cuán dulce son los pequeños sorbos

que sacian nuestra sed!

No podemos abrazar a toda la humanidad,

pero toda la humanidad cabe en el abrazo a un amigo.

¡Ay de aquél que mire lo que deja atrás!

¡Pobre del que llora por el agua de mana libre en el arroyo

sin agradecer aquella que inunda sus frágiles manos!

¡Qué triste es el corazón asido

a lo que pudo ser y no fue,

olvidando lo que fue, es y sigue siendo!

Huye de la ley que te imponga amarlo todo,

del legislador que te obligue a subir al cielo

sin antes pisar la tierra.

Abraza la ley que te invita con ternura

a hacer grande lo pequeño.

Porque en cada pequeña tilde escrita con ternura

se encuentra la caricia de una mano

capaz de sembrar amor en todo el universo.

¿Necesitas ayuda?

Acude al Centro Social (subida San Diego, 2) o llama al teléfono de la parroquia:

968 50 02 57