Todos somos conscientes de la importancia que las normas y las leyes tienen para el desarrollo de la vida. Sin esas normas y leyes el mundo sería un caos insufrible. Pero respecto a la aplicación de las normas y las leyes hay dos actitudes extremas que pueden ser muy dañinas: la primera es considerar las leyes como algo supremo e incuestionable, algo que hay que acatar de forma acrítica y sumisa; la segunda es todo lo contrario: despreciar las leyes y tratar de vivir en contra de ellas en aras de una supuesta libertad.
Cuando Jesús se relaciona con la ley religiosa, lo hace manteniendo un curioso equilibrio; un equilibrio tan profundo como delicado y difícil de entender. Lo es tanto que, para muchos escribas y legalistas de su época, Jesús era una especie de ácrata que venía a abolir la Ley, mientras que para otros era un reformador radical para afianzar su cumplimiento.
Jesús entiende la Lay como un instrumento necesario para ajustarse a la justicia divina, entendiendo ésta no en términos legalistas, sino en cuanto “fidelidad” a la alianza de amor que Dios quiere sellar con sus criaturas. Es decir, la “justicia” de la que se habla en el Nuevo Testamento no es un concepto que pertenezca al ámbito jurídico, sino al espiritual. Esto no resulta fácil de entender en una sociedad en la que solemos reducir el concepto “justicia” al ámbito del derecho civil o canónico, obviando que, sin una base ética y moral, fundamentada en una espiritualidad madura, la justicia se convierte en una herramienta fácilmente manipulable, derivando en una palabra “tótem” manipulada para justificar actitudes pueriles.
Porque que una cosa sea legalmente justa no significa que tenga que ser moralmente lícita. ¡Cuántas cláusulas abusivas escondidas en la letra pequeña no provocan grandes injusticias imposibles de condenar por ser “legales”! Ya lo dice el refrán: “quien hace la ley, hace la trampa”. Por ello hemos de ser muy cuidadosos (como Jesús lo era) a la hora de aplicar la ley a nuestra experiencia de fe. Con ello evitaremos caer en el mismo error en que caían los escribas a los que Jesús criticó con tanta fuerza.
La propuesta de Jesús no es abolir la Ley, sino dotarla de una raíz, de un cimiento o fundamento que la afiance en el corazón humano. Esta es la sabiduría del Señor a la que debemos aspirar. No es la sabiduría (sofista) de este mundo, pero tampoco una sabiduría arcana e inaccesible, reducida a una especie de élite escogida. En realidad, es la sabiduría que todos llevamos impresa en nuestras almas a poco que nos miremos con sinceridad. Si así lo hacemos, descubriremos que, al igual que una ley sin fundamento oprime y aplasta psicológicamente, un corazón conocedor de la justicia, pero perezoso para ponerla en práctica, acaba cayendo en la hipocresía, la doble vida y la mentira. Hay personas aplastadas por normas impuesta desde fuera o incluso auto impuestas. Ello sucede, por ejemplo, en los sistemas totalitarios o en los procesos de dirección espiritual donde el dirigido se limita a cumplir aquello que se le imponen, como si fuera una especie de robot programado o de marioneta cuyos hilos mueven otros. A la larga, estas vidas se tornan tristes e improductivas.Otras personas, sin embargo, tienen el conocimiento y la sabiduría suficiente para distinguir la vida de la muerte, o el fuego del agua, pero carecen de la voluntad necesaria para elegir la vida y el agua, cayendo en la muerte y en el fuego. No es éste un problema baladí, pues lo que nos jugamos es salvarnos o auto situarnos en una vida alejada de Dios, que es a lo que llamamos “infierno”.
El equilibrio entre ambas posturas no es fácil y requiere hilar fino como lo hacía Jesús, crítico tanto con la aplicación radical e inhumana de la Ley como con un cumplimiento meramente externo que deja en la raíz del alma el origen de todos los males y pecados. Jesús va a lo hondo del corazón, buceando en los anhelos y deseos más ocultos para purificar aquello que está desordenado. Así, seguir a Jesús, más que un compromiso moral y ético (que también), es sobre todo una experiencia espiritual que invita a poner a Dios en el centro del corazón, porque Dios y sólo Dios es fuente de Justicia. Si la justicia lleva a Dios es sólo porque Dios es justo y nos invita a ser justos con Él, siéndolo así con los hermanos, pero no por imposición externa, sino por propia convicción; una convicción que ha de nacer del corazón para que no se torne una losa demasiado pesada como para vivir con ella.
Es peligroso una conciencia enfermiza que se empeña en retozar en el remordimiento, pensando que siempre se puede hacer mucho más. Detrás de esta conciencia hay una auto exigencia que, como un bucle diabólico, se retroalimenta de un sentido del “deber” entendido de forma heterónoma (impuesto desde fuera). Cuando la moral es entendido como una ley externa o una obligación impuesta, la norma, lejos de ayudarnos y hacernos libres, nos aplasta bajo el peso de una exigencia permanente que genera complejos de culpabilidades insanas.
Por el contrario, tomar conciencia de la justicia de Dios (entendida como la fidelidad al amor) pero no cuidar la relación afectiva con esa justicia, lleva inevitablemente a convertir la experiencia religiosa y la solidaridad en meros conceptos racionales incapaces de conmovernos, afectarnos emocionalmente y dinamizar nuestro compromiso. Porque el creyente no ama con la cabeza, sino con las tripas. No basta con conocer y comprender el bien; se trata de enamorarse de él para ponerlo en práctica, poniendo de nuestra parte y esforzándonos en su cumplimiento de forma natural. Así, el esfuerzo por cumplir cualquier ley, lejos de ser una simple carga, se convierte en la consecuencia natural que responder con amor al amor recibido. No nos olvidemos de vivir así para que nuestra caridad no sea ni una carga pesada que nos roba la esperanza, ni una rutina de la que salir del paso sin que afecte realmente a nuestra vida.
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