No amar de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad. Nadie, creyente o no, puede negar esta afirmación que descubre lo más sagrado del corazón humano: la capacidad de amar. Tal es así que cuando esta facultad se vicia, manipula o utiliza con otros fines que no sean los de la gratuidad y la donación sin espera de recompensa, las relaciones no sólo se vician, sino que sus protagonistas son considerados, con razón, hipócritas, manipuladores y mentirosos.
Sólo la capacidad de amar nos redime; ni siquiera nuestra conciencia puede juzgarnos culpables, pues Dios, fuente y origen del verdadero amor, no nos deja en manos de los remordimientos, ni permite que sucumbamos al fracaso de buscar la felicidad por caminos engañosos, sino que mira el fondo de nuestro corazón, nuestros deseos más nobles, aquello a lo que aspiramos incluso sin saberlo. Se puede decir que a Dios no le importa tanto el fruto cuanto que estemos vinculados a él. No es este domingo el que nos habla de la parábola del viñador que quería arrancar la cepa porque no daba fruto mientras que su señor se empeñaba en dar plazos indefinidos; pero desde el evangelio de hoy entendemos por qué Dios actúa de esa manera; por qué su paciencia es infinita.
Cuándo y de qué manera amar es importante, pero no es lo fundamental. A Dios no le importa esperar a la cosecha del año que viene si este año no se dio buena; Él espera como padre misericordioso, saliendo cada día a la puerta de su casa para esperar el regreso del hijo pródigo. Para Dios lo verdaderamente importante es que permanezcamos en Él; que no arranquemos el sarmiento, pues al hacerlo eliminamos toda capacidad de dar fruto.
El ejemplo de la viña no puede ser más significativo. Quizá nos pasamos demasiado tiempo cediendo absurdamente a nuestros remordimientos de conciencia. Antes era el miedo a la condenación, ahora tal vez son complejos de culpa, inferioridad o baja autoestima. Parece como si el ser humano no quisiera darse cuenta de dónde está la verdadera causa del sufrimiento, empeñándose en llorar el rasguño mientras que ignora las úlceras. El verdadero pecado no está en caer, sino en ceder a la tentación de no levantarse. Caer caemos todos, tarde o temprano; solo es cuestión de tiempo. No tendría que ser así, pero desde los orígenes de la humanidad lo es; para superar esto no cabe más remedio que aceptarlo.
¿Dónde está la clave para amar, abriéndose así a la dicha y a la felicidad? La clave está en no quebrar o arrancar nuestro sarmiento de la vid, pues sin Dios no podemos nada. El sarmiento arrancado por un tiempo permanece verde y parece vivo, pero por dentro ya no corre la savia; solo es cuestión de tiempo que se amustie y muera. Si miramos en el fondo de nuestro corazón con sinceridad, nos daremos cuenta de esta gran verdad. Cuando nos apartamos de Dios queriendo dar fruto por nosotros mismos, con el tiempo cedemos al cansancio, nos vence el desánimo y terminamos hundidos. Pero cuando todo lo buscamos en nombre de Dios y llevamos su amor fluyendo en nuestras venas, como la savia en el sarmiento, ni el sufrimiento, el fracaso o el pecado son realidades que tengan la última palabra; siempre quedará un hilo de vida para levantarnos de la postración y reanimarnos; incluso si no hay fruto sabemos que Dios esperará un año más.
Podemos aplicar lo dicho al ámbito eclesial: una Iglesia que no rompe sus lazos es una Iglesia unida, dispuesta a recuperar incluso al que antes era perseguidor y enemigo, como el caso de Pablo. Es lo que nos distingue de otras sociedades. El mundo se defiende de sus agresores por medio de la violencia, prostituyendo la palabra “justicia” cuando en realidad lo que busca es la venganza. Pero los cristianos sabemos que ese camino no conduce más que a la muerte, porque está carente de amor y sin amor no hay vida verdadera. Por ello, en este tiempo de Pascua, es bueno que no sólo celebremos a Jesús resucitado que subió al cielo, sino al Dios vivo que permanece entre nosotros como vid, dándonos vida para que en su nombre demos fruto. Que ese fruto sea visible y que todos se sientan atraídos a injertarse en nuestro tronco común.
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