Al mismo tiempo que nos vamos alejando en el tiempo del acontecimiento de la resurrección, nos vamos acercando como una onda expansiva a la “ascensión” de Cristo que hace plena su gloria, reflejándola en sus seguidores el día de Pentecostés. Pero más que celebrar acontecimientos históricos, se trata de sumergirnos en un misterio inabarcable para vivirlo en nuestra propia realidad. Siempre hemos de recordar que hablar de “Misterio” no significa que la experiencia espiritual sea secreta o esté oculta; por el contrario, el misterio permite experimentar, sentir e incluso atisbar una plenitud (aunque tenga que ser de una forma mediada y limitada) que de otra manera sería inaccesible.
El evangelista Juan es el que con más profundidad teológica se acerca a este misterio, poniendo muchas veces en labios de Jesús verdaderos tesoros místicos que tratan de verbalizar una experiencia que desborda nuestra capacidad racional y sensorial. Se trata de acercarnos a la GLORIA y al AMOR de Dios a partir de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Gloria y amor son los dos pilares sobre los que se asienta el mensaje central que el Evangelio de este domingo nos presenta. Puede suceder que el uso indiscriminado de ambos términos nos lleve a creer que conocemos su significado, cuando en realidad apenas si acertamos a comprenderlos ¿De qué gloria y de qué amor estamos hablando? ¿Qué relación hay entre una y otro?
En español, la palabra gloria puede evocar al cristiano de a pie una visión celestial y eterna, y al no creyente una idea de triunfo o éxito.
Ambas visiones son válidas y nos acercan a lo que el evangelista se refiere. La gloria viene a ser como una exaltación a otra persona, a la cual se la reconoce y valora por una cualidad o característica. Por ejemplo, la gloria de un padre podría ser el éxito de su hijo al lograr un logro en la vida y sentirse orgulloso de él. De la misma forma, la gloria del hijo sería ver contento al padre, saber que gracias a su trabajo y esfuerzo su padre está feliz. Padre e hijo se darían gloria mutuamente y no a sí mismos, pues eso sería engreimiento. Si bien se posee como propia, la gloria siempre viene reconocida por alguien. De nada sirve una vela que no alumbra nada o una partitura magistral sin un músico o una orquesta que la interprete; o un poema épico sin nadie que lo lea y escuche. Nuestras vidas son gloriosas en la medida en que hacen que Dios se sienta orgulloso de nosotros. Su gloria, la gloria de Dios, pasa también por el cumplimiento de los deberes del Hijo, en cuyo esfuerzo el Padre reconoce el mérito y encuentra su fuente de alegría. Padre e Hijo viven así en una unión tal que se dan gloria mutuamente. En otras palabras, Padre e Hijo se aman con un amor que es un círculo que no se cierra sobre sí mismo, sino que se abre en espiral para dar vida; y no una vida cualquiera, sino una vida plena para quien se vincule a ella.
He aquí un esbozo del misterio trinitario.La gloria sin amor es orgullo, egoísmo y narcisismo estéril. De esta forma, amor y gloria son dos caras de la misma moneda. Amar es glorificar y glorificar es amar. No se trata de glorificar y amar por imperativo, sino por fidelidad. Cristo no ama al padre porque está legislado a través del primer mandamiento, sino por la unión que tiene con Él. Es importante para nuestra vida espiritual tratar de no vincular de forma imperativa los mandamientos al amor a Dios y a la gloria que le debemos, sino a la relación de intimidad y ternura que hemos de establecer con nuestro Creador. Los cristianos solemos fracasar en nuestra vida de fe no sólo por incumplir los mandamientos (esa sería la consecuencia) sino por no estar profunda y radicalmente enamorados del Señor, unidos a él y vinculados de tal manera que nuestra vida carezca de sentido sin su presencia. Jesús entiende que el amor no sólo se demuestra con palabras, sino con obras; asumir las consecuencias del amor es la mejor forma de dar gloria, aunque ello suponga negarse a sí mismo, sacrificándolo todo.
Sólo desde esta visión del amor es posible entender el sufrimiento, no como fracaso sino como el cénit del amor llevado a su máximo nivel.
Jesús sabe (y así lo expresa maravillosamente Juan en su evangelio), que Cristo expresa en la cruz la gloria de Dios como en ningún otro sitio.
La cruz es un símbolo de gloria frente a los que únicamente ven un fracaso. Es evidente que morir crucificado es un fracaso, como lo es todo sufrimiento o pena; pero si a ese fracaso sabemos incorporar el amor, si somos capaces de abrazar nuestras cruces, de fundirnos con la vida como lo hizo cristo, entonces todo se transfigura en algo nuevo; todo adquirirá sentido y nuestro dolor se tornará en la mejor expresión del amor y de la gloria que tratamos de dar a Dios. De esta forma, la gloria de Dios también se derrama sobre nosotros quedando glorificados con él. Este es el camino que nos abre Cristo con su entrega, un camino nuevo que lo renueva todo; una nueva forma de vivir incluso tras la muerte; una nueva Jerusalén, una nueva civilización que no es solamente reformada o reparada, sino, sobre todo RE-CREADA.
La Iglesia trata de ser esa realidad y desde los tiempos de Pedro y Bernabé; lucha y se abre camino en medio de la historia para recibir la gloria de Dios a través de Cristo, nuestro hermano, el primero en darla y recibirla. La Iglesia no es todavía esa Jerusalén celeste que describe el Apocalipsis, pero desde luego trabajamos para que ese sueño se haga realidad. Contamos para ello con el mejor de los tesoros: el testimonio de Cristo que nos amó hasta el extremo, pidiéndonos que hiciéramos lo mismo. El amor es así el mejor signo de la gloria de Dios. No amarnos mutuamente es negar esa gloria.Aunque nos entreguemos a todo tipo de cultos o liturgias maravillosas, si en nuestras vidas no hay una reconciliación que nace del amor, la Iglesia no será glorificada ni por Dios ni por los hombres.
Demos gloria a Dios, sí, pero recordemos que la gloria de Dios es la vida de los hombres; no puede haber vida si nos ignoramos, maltratamos o despreciamos mutuamente. ¿Cómo va a creer el mundo en Dios a quien no ve si no percibe primero su presencia gloriosa en el amor de los hermanos que lo anuncian? Más que mandamientos o deberes, dejemos que nuestras vidas se enamoren de Dios; vinculemos todo nuestro ser a nuestro creador y descubriremos que su gloria resplandece en cada criatura, de modo especial en cada ser humano que nos rodea. Amemos al hermano y estaremos amando a Dios mismo. Es la mejor forma de dar gloria y también de ser glorificados.
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