Homilías

Domingo V de Pascua (Ciclo C)

Homilía del Domingo V de Pascua (Ciclo C)

Evangelio: Juan 13, 31-33a. 34-35

Al mismo tiempo que nos vamos alejando en el tiempo del acontecimiento de la resurrección, nos vamos acercando como una onda expansiva a la “ascensión” de Cristo que hace plena su gloria, reflejándola en sus seguidores el día de Pentecostés. Pero más que celebrar acontecimientos históricos, se trata de sumergirnos en un misterio inabarcable para vivirlo en nuestra propia realidad. Siempre hemos de recordar que hablar de “Misterio” no significa que la experiencia espiritual sea secreta o esté oculta; por el contrario, el misterio permite experimentar, sentir e incluso atisbar una plenitud (aunque tenga que ser de una forma mediada y limitada) que de otra manera sería inaccesible.

El evangelista Juan es el que con más profundidad teológica se acerca a este misterio, poniendo muchas veces en labios de Jesús verdaderos tesoros místicos que tratan de verbalizar una experiencia que desborda nuestra capacidad racional y sensorial. Se trata de acercarnos a la GLORIA y al AMOR de Dios a partir de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Gloria y amor son los dos pilares sobre los que se asienta el mensaje central que el Evangelio de este domingo nos presenta. Puede suceder que el uso indiscriminado de ambos términos nos lleve a creer que conocemos su significado, cuando en realidad apenas si acertamos a comprenderlos ¿De qué gloria y de qué amor estamos hablando? ¿Qué relación hay entre una y otro?

En español, la palabra gloria puede evocar al cristiano de a pie una visión celestial y eterna, y al no creyente una idea de triunfo o éxito.

Ambas visiones son válidas y nos acercan a lo que el evangelista se refiere. La gloria viene a ser como una exaltación a otra persona, a la cual se la reconoce y valora por una cualidad o característica. Por ejemplo, la gloria de un padre podría ser el éxito de su hijo al lograr un logro en la vida y sentirse orgulloso de él. De la misma forma, la gloria del hijo sería ver contento al padre, saber que gracias a su trabajo y esfuerzo su padre está feliz. Padre e hijo se darían gloria mutuamente y no a sí mismos, pues eso sería engreimiento. Si bien se posee como propia, la gloria siempre viene reconocida por alguien. De nada sirve una vela que no alumbra nada o una partitura magistral sin un músico o una orquesta que la interprete; o un poema épico sin nadie que lo lea y escuche. Nuestras vidas son gloriosas en la medida en que hacen que Dios se sienta orgulloso de nosotros. Su gloria, la gloria de Dios, pasa también por el cumplimiento de los deberes del Hijo, en cuyo esfuerzo el Padre reconoce el mérito y encuentra su fuente de alegría. Padre e Hijo viven así en una unión tal que se dan gloria mutuamente. En otras palabras, Padre e Hijo se aman con un amor que es un círculo que no se cierra sobre sí mismo, sino que se abre en espiral para dar vida; y no una vida cualquiera, sino una vida plena para quien se vincule a ella.

He aquí un esbozo del misterio trinitario.La gloria sin amor es orgullo, egoísmo y narcisismo estéril. De esta forma, amor y gloria son dos caras de la misma moneda. Amar es glorificar y glorificar es amar. No se trata de glorificar y amar por imperativo, sino por fidelidad. Cristo no ama al padre porque está legislado a través del primer mandamiento, sino por la unión que tiene con Él. Es importante para nuestra vida espiritual tratar de no vincular de forma imperativa los mandamientos al amor a Dios y a la gloria que le debemos, sino a la relación de intimidad y ternura que hemos de establecer con nuestro Creador. Los cristianos solemos fracasar en nuestra vida de fe no sólo por incumplir los mandamientos (esa sería la consecuencia) sino por no estar profunda y radicalmente enamorados del Señor, unidos a él y vinculados de tal manera que nuestra vida carezca de sentido sin su presencia. Jesús entiende que el amor no sólo se demuestra con palabras, sino con obras; asumir las consecuencias del amor es la mejor forma de dar gloria, aunque ello suponga negarse a sí mismo, sacrificándolo todo.

Sólo desde esta visión del amor es posible entender el sufrimiento, no como fracaso sino como el cénit del amor llevado a su máximo nivel.

Jesús sabe (y así lo expresa maravillosamente Juan en su evangelio), que Cristo expresa en la cruz la gloria de Dios como en ningún otro sitio.

La cruz es un símbolo de gloria frente a los que únicamente ven un fracaso. Es evidente que morir crucificado es un fracaso, como lo es todo sufrimiento o pena; pero si a ese fracaso sabemos incorporar el amor, si somos capaces de abrazar nuestras cruces, de fundirnos con la vida como lo hizo cristo, entonces todo se transfigura en algo nuevo; todo adquirirá sentido y nuestro dolor se tornará en la mejor expresión del amor y de la gloria que tratamos de dar a Dios. De esta forma, la gloria de Dios también se derrama sobre nosotros quedando glorificados con él. Este es el camino que nos abre Cristo con su entrega, un camino nuevo que lo renueva todo; una nueva forma de vivir incluso tras la muerte; una nueva Jerusalén, una nueva civilización que no es solamente reformada o reparada, sino, sobre todo RE-CREADA.

La Iglesia trata de ser esa realidad y desde los tiempos de Pedro y Bernabé; lucha y se abre camino en medio de la historia para recibir la gloria de Dios a través de Cristo, nuestro hermano, el primero en darla y recibirla. La Iglesia no es todavía esa Jerusalén celeste que describe el Apocalipsis, pero desde luego trabajamos para que ese sueño se haga realidad. Contamos para ello con el mejor de los tesoros: el testimonio de Cristo que nos amó hasta el extremo, pidiéndonos que hiciéramos lo mismo. El amor es así el mejor signo de la gloria de Dios. No amarnos mutuamente es negar esa gloria.Aunque nos entreguemos a todo tipo de cultos o liturgias maravillosas, si en nuestras vidas no hay una reconciliación que nace del amor, la Iglesia no será glorificada ni por Dios ni por los hombres.

Demos gloria a Dios, sí, pero recordemos que la gloria de Dios es la vida de los hombres; no puede haber vida si nos ignoramos, maltratamos o despreciamos mutuamente. ¿Cómo va a creer el mundo en Dios a quien no ve si no percibe primero su presencia gloriosa en el amor de los hermanos que lo anuncian? Más que mandamientos o deberes, dejemos que nuestras vidas se enamoren de Dios; vinculemos todo nuestro ser a nuestro creador y descubriremos que su gloria resplandece en cada criatura, de modo especial en cada ser humano que nos rodea. Amemos al hermano y estaremos amando a Dios mismo. Es la mejor forma de dar gloria y también de ser glorificados.

Documento de la semana

Lecturas, homilía y oraciones para leer, imprimir o compartir · 348,7 KB

Descargar el PDF

Para la celebración

Lecturas

Lectura de los Hechos de los apóstoles (14, 21b-27)

En aquellos días, Pablo y Bernabé volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía,

animando a los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe, diciéndoles

que hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios. En cada Iglesia

designaban presbíteros, oraban, ayunaban y los encomendaban al Señor, en

quien habían creído. Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfilia. Predicaron en

Perge, bajaron a Atalía y allí se embarcaron para Antioquía, de donde los

habían enviado, con la gracia de Dios, a la misión que acababan de cumplir.

Al llegar, reunieron a la Iglesia, les contaron lo que Dios había hecho por

medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe.

Salmo responsorial: 144

Bendeciré tu nombre por siempre jamás, Dios mío, mi rey.

El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad;

el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas. R.

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles;

que proclamen la gloria de tu reinado, que hablen de tus hazañas. R.

Explicando tus hazañas a los hombres, la gloria y majestad de tu reinado.

Tu reinado es un reinado perpetuo, tu gobierno va de edad en edad. R.

Lectura del libro del apocalipsis (21, 1-5a)

Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la

primera tierra han pasado, y el mar ya no existe. Y vi la ciudad santa, la nueva

Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una

novia que se adorna para su esposo. Y escuché una voz potente que decía

desde el trono: «Ésta es la morada de Dios con los hombres: acampará entre

ellos. Ellos serán su pueblo, y Dios estará con ellos y será su Dios. Enjugará

las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor.

Porque el primer mundo ha pasado.» Y el que estaba sentado en el trono dijo:

«Todo lo hago nuevo.»

Evangelio de Juan 13, 31-33a. 34-35

Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús: «Ahora es glorificado el Hijo del

hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios

lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijos míos, me queda poco de

estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros;

como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que

conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros.»

Acción de gracias

Gloria a Dios en las bajuras y en la tierra altura de miras

para las criaturas sedientas de paz y justicia.

Amor no imperativo, sino germen que brote

de los corazones entregados a la belleza del arte,

a la unidad de un destino compartido,

a la verdad que ilumina sin prejuicios

y a la bondad que clama discreta en el alma.

Gloria a los peregrinos

que se atreven a dejar la seguridad de la aldea

para abrazar la incertidumbre del camino.

Amor a los que sueñan despiertos

con sus manos alzadas al cielo,

sus pies comprometidos en tierra

y sus corazones hermanados

con la humanidad sufriente,

sedienta de una gloria que resucite

la amistad crucificada.

¿Necesitas ayuda?

Acude al Centro Social (subida San Diego, 2) o llama al teléfono de la parroquia:

968 50 02 57