Hay una hermosa canción que describe la Iglesia como un pueblo que camina. Creer es caminar, pero el camino no suele ser fácil; es difícil que un peregrino se acomode. Ningún camino muestra de forma constante el mismo paisaje; cada paso es siempre diferente, cada centímetro nos sitúa en un lugar distinto; cada cielo esconde nubes que cambian de forma sin descanso; incluso la luz que ilumina nuestros pasos nos regala gamas de colores sorprendentes a cada instante. El camino de la vida no es un camino monótono; somos nosotros los que nos empeñamos en convertir en rutina lo que Dios ha creado con imaginación y creatividad.
Pero, caminar ¿Hacia dónde? Caminar hacia la “Verdad”. Hubo un tiempo en el que parecía que la palabra que resumía el catolicismo era la palabra “verdad”. Muchos de nuestros más ilustres y letrados jerarcas no se cansaban de repetirla hasta la saciedad para defendernos de una especie de dragón apocalíptico al que le pusieron muchos nombres: “relativismo”, “consumismo”, “materialismo”, “nihilismo”… Los ministros de la Iglesia hemos dedicado muchas horas a estudiar y predicar estas palabras. Jesús guardó silencio cuando Pilato le preguntó sobre el sentido de la verdad, dejándonos un poco huérfanos, filosóficamente hablando. Su silencio, ciertamente, no es fácil de entender, pero eso no significa que no tenga sentido.
Saber guardar silencio no es una actitud fácil; supone no dar la respuesta masticada, sino dejar que el otro le saque todo el jugo y el sabor por sí mismo. La verdad no es el paisaje que el camino me ofrece hoy, sino la meta hacia la que me lleva; por ello una verdad nunca puede ser cerrada ni acotada por las palabras o ideas de este mundo; ni tan siquiera por los dogmas, que a fin de cuentas son hechura humana, indicadores de sentido, no sólo señales prohibitivas. Hemos hecho verdades humanas y las hemos divinizado; hemos dado la espalda al silencio místico como respuesta, basando toda nuestra fe en declaraciones, conceptos, ideas, libros, artículos, ríos de tinta inútil; no porque no traten de mostrar la verdad de la que hablan sino porque se sitúan fuera de la vida.
Pero Dios no cabe en nuestros dogmas ni en nuestras religiones.
Él desborda todo constructo humano, incluidas las religiones. No es pecado pintar un amanecer o construir un poema sobre el florecer del cerezo en primavera, pero es un grave error confundir una pintura con la salida misteriosa del sol o escuchar poesía sin abrir los ojos a la belleza de la flor que se nos regala. La religión verdadera no es la que trata por todos los medios de enseñar la verdad, sino la que se hace compañera del desorientado para buscarla juntos por un camino que, tal vez de repente, se torna nuevo y sorprendente para ambos.
La fe no puede ser sólo una verdad artificial, delimitada por conceptos humanos; la fe supone también un camino a recorrer y una vida a compartir. Vivir es ya empezar a creer porque, aunque no se crea, se tiene al menos la posibilidad de hacerlo algún día. Buscar la verdad es de alguna forma haberla encontrado, porque quien busca siempre encuentra. Caminar es haber llegado a la meta porque no hay camino que no esté unido a su destino, aunque en muchos puntos todavía se encuentre lejos de él. Dios está cerca de nosotros; es el Misterio que nos habita. Compartimos con hombres y mujeres de otras razas, lenguas, culturas y religiones una misma vida; caminamos por un mismo camino, aunque nos empeñamos en ponerles a nuestras “verdades” nombres diferentes, aferrándonos al cartel indicador como si éste fuera el destino, renunciando así a la aventura del encuentro y del avance, hombro con hombro, con el hermano en el que Dios nos aguarda.
Una Iglesia en búsqueda de la verdad, en camino y llena de vida es una Iglesia que siempre ha de tener dificultades, pero que sabe resolverlas con imaginación y creatividad, como hacen los discípulos cuando les sobreviene el conflicto entre griegos y judíos sobre la atención a las viudas. Ser diferentes es una riqueza que nos da la oportunidad de crecer, definiendo identidades y creando y recreando otras nuevas, como el diaconado para el servicio a los pobres. El pueblo de Dios no es un ejército uniforme cuya única norma es obedecer, ni un templo inerte de piedras muertas, sino vivas y apoyadas unas en las otras y todas en la piedra angular, desechada por los poderosos, la piedra olvidada, pero rescatada de los escombros para que ocupara su sitio; el más importante.
Todos participamos de Cristo como piedra angular, pero Cristo no es patrimonio de nadie; ni tan siquiera lo es de un único pueblo, cultura, raza o religión. Es por ello que Dios no puede habitar en una sola persona, sino en esa comunión mística y amorosa a la que llamamos “Trinidad”. Dios es tan grande que sólo puede ser reconocido en el pueblo cuando este camina unido; un pueblo que lleno de la Vida del Espíritu Santo, avanza por el Camino de Cristo a la Verdad eterna del Padre Dios.
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