Homilías

Domingo V de Cuaresma (Ciclo C)

Homilía del Domingo V de Cuaresma (Ciclo C)

Evangelio: Juan 8, 1-11

Durante la cuaresma que pronto vamos a concluir hemos sido invitados a pensar en nuestros pecados; puede, incluso, que nos hayamos acercado a recibir el sacramento del perdón. De no haberlo hecho, no estaría de más celebrarlo, sabiendo que cuando nos ponemos delante de Dios, lo importante no son los fracasos o miserias de nuestra vida, sino la primacía de su gracia y misericordia.

Existen dos tipos de pecados que vemos reflejados en el Evangelio de este domingo: el pecado público y el pecado privado o secreto. Ante un pecado público suele desatarse una especie de furia colectiva que obliga a todo el mundo a “apedrear” al infractor. Desgraciadamente este apedreamiento moral alcanza una crueldad indescriptible cuando se traduce jurídicamente en una sentencia de pena de muerte, cosa por desgracia nada extraña actualmente en no pocos países.

Luego está el otro pecado, el pecado privado e inconfesable que todos albergamos en lo más íntimo de nuestro corazón. Es este pecado el detonante que nos lleva con frecuencia a juzgar y condenar a nuestros semejantes por el mero hecho de ser pecadores públicos. Y es que resulta mucho más fácil y cómodo bucear en las miserias ajenas antes que reconocer las propias. Pero es imposible mantener esta actitud delante de Dios; Él conoce todos nuestros pecados, no sólo los públicos (ya de por sí visibles), sino también aquellos otros inconfesables que tanto nos esforzamos en disimular. “Quien esté libre de pecado…”, dirá Jesús, poniendo de manifiesto que entre los hombres no hay nadie que pueda ser capaz de lapidar a un semejante sin lapidarse a sí mismo, pues todos, absolutamente todos, somos pecadores de una u otra manera.

Todos estamos representados en la mujer adúltera del Evangelio.

Juzgados por criterios puramente humanos, sólo mereceríamos su suerte: la muerte; pero juzgados por Jesús nos encontramos de bruces con la misericordia divina, siempre dispuesta a darnos una nueva oportunidad para saborear el gozo del verdadero amor. Es importante reseñar que el texto no recoge el arrepentimiento de la mujer; tal vez por ello tampoco el perdón de Jesús. Él no condena, pero no condenar algo no supone necesariamente perdonarlo, pues para que el perdón sea posible es necesaria una actitud previa de arrepentimiento, y el propósito de no volver a hacer lo mismo. Esa es la invitación que Jesús hace a la mujer y que nos hace también a nosotros: “vete, y en adelante no peques más”. De esta forma, Jesús supera el pasado abriendo un nuevo horizonte de futuro. Dios mira en nosotros no sólo aquello en lo que nos hemos convertido, sino la persona que podemos llegar a ser. Eso sólo se puede hacer desde la fe (la confianza) y el amor incondicional. Para que el perdón sea efectivo, no se trata de hacer borrón y cuenta nueva, pues nadie puede eliminar su pasado sin eliminarse a sí mismo; somos lo que hemos llegado a ser, incluso a través de los errores y fracasos; pero también somos lo que podemos llegar a ser; y es aquí, en esta posibilidad de futuro, donde radica la fuerza del perdón, abriéndonos a una auténtica liberación interior y exterior. Esta experiencia es a la que nos invita Jesús.

Todo encuentro con Jesucristo nos ayuda a superar nuestro pasado sin olvidarlo. Es lo que Pablo experimentó y lo que nosotros también estamos llamados a experimentar. Él era un judío perfecto, cumplidor a rajatabla de la Ley, pero que estimó basura todo aquello que había logrado alcanzar al compararlo con el descubrimiento de Cristo.

Estamos invitados a descubrir con Pablo que el conocimiento de Cristo nos abre a nuevos horizontes de libertad. Hemos de seguir esforzándonos por llegar a esos horizontes, dando la espalda al pasado sin caer en la tentación de quedar apegados a los éxitos o a los momentos que ya no volverán, por muy hermosos que fueran. Esta es una de las tentaciones. El pueblo de Dios tenía detrás una historia gloriosa de libertad; es bueno mirar esa historia y recordarla, pero sin idolatrarla; porque existe la tentación de idealizar el pasado ante las dificultades de asumir el presente. Es una tentación sutil, pero real. Dios secó el mar para que su pueblo lo cruzara camino de la libertad; también detuvo el caudal del río para que Israel entrara en la tierra prometida; ambos acontecimientos pertenecen al pasado. Isaías no desprecia esos acontecimientos, pero nos advierte que la relación con el Señor no puede fundarse en el recuerdo, sino en el “memorial”.

Un recuerdo no deja de ser una representación mental de algo pasado que únicamente es capaz de provocar emociones, mientras que un memorial trae al presente una realidad que transciende la historia y el tiempo. El memorial también parte de un acontecimiento que ocurrió en el pasado, pero que no se reduce a él, sino que lo transciende, invitándonos a re-presentarlo o revivirlo en nuestro “aquí” y “ahora”. Ese aquí y ahora ya no son mares ni ríos que vadearon nuestros antepasados camino de su libertad, sino desiertos y sequedades espirituales concretos en los que Dios puede hacer brotar un agua viva. Y es que Dios está actuando en este preciso momento. ¿Somos capaces de verlo o seguimos anclados en mundo pretérito?

Si sólo miramos atrás es posible que quedemos hipnotizado por lo viejo y no podamos disfrutar del presente. Hemos de llevar mucho cuidado con esta tentación que sólo busca privarnos de saborear lo maravilloso de saberse y sentirse vivos y amados por Dios. Todo apego al pasado esconde en el fondo una falta de fe en el presente y, lo que es más grave, una falta de confianza en Dios, quien habiendo actuado antes, sin duda también está actuando ahora en nuestra vida. ¿Seremos capaces de verlo?

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Para la celebración

Lecturas

Lectura del profeta Isaías (43, 16-21)

Así dice el Señor, que abrió camino en el mar y senda en las aguas

impetuosas; que sacó a batalla carros y caballos, tropa con sus valientes;

caían para no levantarse, se apagaron como mecha que se extingue. «No

recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo

nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? Abriré un camino por el desierto,

ríos en el yermo. Me glorificarán las bestias del campo, chacales y

avestruces, porque ofreceré agua en el desierto, ríos en el yermo, para

apagar la sed de mi pueblo, de mi escogido, el pueblo que yo formé, para

que proclamara mi alabanza.»

Salmo responsorial 125

El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar:

la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares. R.

Hasta los gentiles decían: «El Señor ha estado grande con ellos.»

El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres. R.

Que el Señor cambie nuestra suerte, como los torrentes del Negueb.

Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares. R.

Al ir, iba llorando, llevando la semilla;

al volver, vuelve cantando, trayendo sus gavillas. R.

Lectura de la carta a los filipenses (3, 8-14)

Hermanos: Todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del

conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo

estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en él, no con una justicia

mía, la de la Ley, sino con la que viene de la fe de Cristo, la justicia que

viene de Dios y se apoya en la fe. Para conocerlo a él, y la fuerza de su

resurrección, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma

muerte, para llegar un día a la resurrección de entre los muertos. No es

que ya haya conseguido el premio, o que ya esté en la meta: yo sigo

corriendo a ver si lo obtengo, pues Cristo Jesús lo obtuvo para mí.

Hermanos, yo no pienso haber conseguido el premio. Sólo busco una

cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está

por delante, corro hacia la meta, para ganar el premio, al que Dios desde

arriba llama en Cristo Jesús.

Evangelio de Juan 8, 1-11

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se

presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y,

sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer

sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: «Maestro,

esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés

nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?» Le preguntaban

esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose,

escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se

incorporó y les dijo: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.»

E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron

escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó sólo

Jesús, con la mujer, en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó

y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha

condenado?» Ella contestó: «Ninguno, Señor.» Jesús dijo: «Tampoco yo te

condeno. Anda, y en adelante no peques más.»

Acción de gracias

Agradezco al camino que me trajo hasta aquí;

me giro con reverencia

y miro al ayer con agradecimiento;

pero no dejaré que su alargada sombra me atrape;

no permitiré que me hipnoticen los éxitos pretéritos

ni que los impertinentes fracasos del pasado

claven sus alargadas garras en mi dolorido corazón.

Abro mis ojos al vientre renovado del mundo;

contemplo cómo una tierra yerma y dolorida

abre sus carnes para que emerjan de sus entrañas

inagotables fuentes de agua viva

que hacen brotar la esperanza

allá donde el mañana sólo era

una palabra proscrita.

De las airadas manos temblorosas

caerán las piedras con las que sepultar mañanas.

La humanidad herida,

libre de acusadores y verdugos,

sólo encontrará manos tendidas,

y voces amables que invitarán con dulzura

a reiniciar la senda,

regresando al abrazo de la vida.

Entonces y sólo entonces,

dejarán de existir las amenazas opresivas,

tornadas en corazones embargados

por una deuda eternamente agradecida.

¿Necesitas ayuda?

Acude al Centro Social (subida San Diego, 2) o llama al teléfono de la parroquia:

968 50 02 57