Homilías

Domingo IV del tiempo ordinario (Ciclo A)

Homilía del Domingo IV del tiempo ordinario (Ciclo A)

Hay que mirar muy hondo en el corazón para dar la razón al mensaje de las bienaventuranzas y descubrir la gran verdad que condensa este mensaje aparentemente tan disparatado. Las bienaventuranzas son como la carta de navegación que nos reorienta en la ardua búsqueda de la felicidad. A lo largo de la historia muchos han sido los momentos en que la humanidad se ha perdido por sendas que únicamente conducen al desastre. Casi todos los momentos dolorosos y tristes de la historia humana tienen en su germen una semilla de orgullo, prepotencia o altivez; una especie de autosuficiencia que nos hace creer en el espejismo de que podemos vivir si Dios.

A los profetas como Sofonías no les duelen prendas para poner el dedo en la llaga y denunciar las injusticias e infidelidades; pero si con fuerza denuncian y sacan a la luz la injusticia, con más pasión e ímpetu abren nuevas sendas a la esperanza. “el día de la ira de Yahvé” es una expresión que, acuñada por Sofonías, ha encontrado una gran resonancia en la literatura y en la música religiosa. Es una forma de aludir a la catástrofe a la que conduce el camino del pecado. Pero quedarse en ese “día de la ira” es dejar cojo al profetismo, pues el mismo profetismo también proclama la existencia de “un resto” que busca la justicia en el océano de la injusticia. Ese pueblo está formado por unos cuantos moderados en el abismo de la crispación o la polarización en la que muchas sociedades y culturas naufragan. Cuando la cordura del mundo convierte en prosaico hasta los más hermosos sueños de la humanidad, siempre quedan unos locos tachados de inútiles, necios o disparatados, pero en cuya locura reside la única esperanza y el germen de la bondad, la belleza y la verdad.

Cuando los cristianos nos dejamos contaminar por el mundo, perdemos también nuestra identidad. A veces olvidamos que nuestro reino no es de este mundo, aunque en este mundo habite, y nos entregamos a combatir al enemigo con las malas artes que éste utiliza.

La Iglesia es santa, bella y verdadera cuando no se enorgullece más que en Dios, aunque para ello tenga que ser sometida a la discriminación y condenada por los patrones estéticos, éticos o filosóficos de culturas incapaces de mirar en profundidad su propio corazón. Como pueblo, tenemos motivos humanos para estar orgullosos de nuestros dos mil años de historia. No nos faltan méritos, arte o ciencia para ello; pero con facilidad caemos en la tentación de enfrentarnos al mundo con sus propias armas, cayendo en discusiones bizantinas acerca de si tenemos más méritos que miserias, más apoyo a la ciencia que anatemas o más belleza que cursilería.Nuestro único orgullo ha de ser el Señor. Lo que nosotros somos, como bien dice san Pablo, es un puñado de ignorantes, pobres y necios.

¡Pobre de la Iglesia que opta por la aristocracia, los ricos o poderosos de este mundo, porque sin saberlo le está entregando su alma al diablo! No se trata de discriminar a los de posición social o económica alta; el evangelio ciertamente es para todos, sin distinción alguna, pero también para todos es el mismo mensaje, sin adulteraciones ni “descafeinamientos”. Este mensaje lo vemos condensado en las bienaventuranzas, que no son un código ético para restregar a los ricos, sino simple y llanamente una propuesta de felicidad, un camino expresado en positivo, sin iras ni rencores, una apuesta por la vida que lleva, ciertamente, a la felicidad.

Las bienaventuranzas constan de ocho pequeñas sentencias que culminan en otra sentencia más directa y concreta, dirigida expresamente a “vosotros”, sin duda al pueblo de Dios sufriente y erosionado por tantos males en cuyas carnes las bienaventuranzas cobran vida. Tanto la primera como la octava bienaventuranza terminan de la misma forma: “porque de vosotros es el reino de los cielos”. Este final con verbo en presente y no en futuro como el resto de las sentencias, une a sus sujetos, que son los pobres de corazón o pobres en el espíritu (primera bienaventuranza) y los perseguidos por causa de la justicia (octava bienaventuranza). Esto puede dar a entender que el “pobre de corazón” o “pobre en el espíritu” es la persona libre de todo apego, amante de una justicia por la que lucha sin miedo a perder nada porque todo lo vive como don o regalo inmerecido. Frente a esta persona libre, el mal no puede hacer nada más que perseguir, calumniar, torturar o aniquilar. La verdadera pobreza espiritual siempre trae consigo la persecución, incluso dentro de la misma Iglesia. El resto de bienaventuranzas no hacen más que constatar realidades cuya culminación será plena: Los que sufren heredarán la tierra que se les niega; los que lloran hallarán su consuelo; los que anhelan la justicia la verán triunfar; los misericordiosos recibirán como cosecha inagotable su misericordia multiplicada hasta el infinito; los puros de corazón no tendrán ojos más que para ver a Dios en todo; y los que trabajan por la paz tendrán como recompensa ser hijos del mismo Dios.

Cuando todo ello se cumpla en nuestras vidas, seremos dichosos, realmente dichosos, porque en nuestro corazón de pobre sólo habrá una única riqueza: Dios. Liberémonos de tantas ataduras y de tantos prejuicios que este mundo nos mete de forma sibilina en el corazón para empezar, aquí y ahora, el camino de nuestra felicidad hasta que ésta pueda llegar a su plenitud.

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Para la celebración

Lecturas

1ª Lectura

Lectura del profeta Sofonías (2,3;3,12-13)

Buscad al Señor los humildes, que cumplís sus mandamientos;

buscad la justicia, buscad la moderación, quizá podáis ocultaros

el día de la ira del Señor. “Dejaré en medio de ti un pueblo pobre

y humilde, que confiará en el nombre del Señor. El resto de Israel

no cometerá maldades, ni dirá mentiras, ni se hallará en su boca

una lengua embustera; pastarán y se tenderán sin sobresaltos.”

Salmo responsorial (145)

Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de

los cielos.

El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente,

él hace justicia a los oprimidos,

él da pan a los hambrientos.

El Señor liberta a los cautivos. R.

El Señor abre los ojos al ciego,

el Señor endereza a los que ya se doblan,

el Señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos. R.

Sustenta al huérfano y a la viuda

y trastorna el camino de los malvados.

El Señor reina eternamente,

tu Dios, Sión, de edad en edad. R.

2ª Lectura

Lectura de la primera carta a los corintios (1,26-31)

Fijaos en vuestra asamblea, hermanos, no hay en ella muchos

sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos

aristócratas; todo lo contrario, lo necio del mundo lo ha escogido

Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha

escogido Dios para humillar el poder. Aún más, ha escogido la

gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta para

anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en

presencia del Señor. Por él vosotros sois en Cristo Jesús, en este

Cristo que Dios ha hecho para nosotros sabiduría, justicia,

santificación y redención. Y así -como dice la Escritura- “el que

se gloríe, que se gloríe en el Señor”.

EVANGELIO

Mateo 5,1-12a

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se

sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar,

enseñándoles: “Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos

es el reino de los cielos. Dichosos los que lloran, porque ellos

serán consolados. Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán

la tierra. Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia,

porque ellos quedarán saciados. Dichosos los misericordiosos,

porque ellos alcanzarán misericordia. Dichosos los limpios de

corazón, porque ellos verán a Dios. Dichosos los que trabajan por

la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios. Dichosos los

perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino

de los cielos. Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan

y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y

contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.”

Acción de gracias

Sois los dueños del reino de los cielos,

vosotros los pobres que vivís libres del apego

y del insensato afán de acapararlo todo.

Vivís consolados y sois fuente de consuelo

porque no reprimís las lágrimas

ni os avergüenza el llanto cuando de improvisto llega.

Sois los herederos de la tierra

porque con vuestro sufrimiento

forjáis el sudor con el que se riegan los sueños.

Estáis saciados y rebosáis de bondad y de belleza

porque defendéis con fiel ardor la causa de la justicia.

Vuestros corazones rebosan de ternura;

vuestras manos derraman caricias a espuertas

porque os habéis amamantado

en los pechos de la misericordia.

Veis a Dios, incluso con los ojos cerrados,

porque no dejáis que la impureza anide en vuestras almas.

Os llaman “hijos de Dios”, y lo sois,

porque sembráis la paz con vuestras manos

y la regáis con la savia de vuestra sangre.

Habéis hecho del cielo vuestro hogar

porque el rastro de justicia que dejan vuestros pasos

enciende la amenaza y el odio en esta tierra.

Es la alegría vuestra bandera;

vuestra alforja rebosa de divinidad

porque escucháis con amor y con humor

los gritos de los que carecen de razones

y las mentiras de los que se escudan bajo sus miedos,

soportando con la frágil fortaleza de una limpia sonrisa

los ciegos puños de la hipocresía

y el gélido rostro de los cobardes.

¿Necesitas ayuda?

Acude al Centro Social (subida San Diego, 2) o llama al teléfono de la parroquia:

968 50 02 57