¡Qué gran diferencia existe entre el Dios de la VIDA y la vida que los hombres hacemos, eligiendo cada día caminos de muerte! Basta con mirar el mundo para darnos cuenta que la resurrección de Cristo sigue siendo hoy un misterio al que apenas hemos despertado. ¿Quién puede superar este abismo entre Dios y nosotros? ¿Quién puede unir lo que aparentemente está tan separado? ¿Quién o qué podrá apegarnos a Cristo de tal manera que nuestro vivir sea un vivir con él para siempre? Tal vez, saboreando la Palabra de Dios a lo largo de esta pascua estemos encontrando un horizonte accesible para empezar a vivir la resurrección, no sólo como una promesa de futuro, sino también como una experiencia de alegría que perdura incluso tras el fracaso.
Cuando Pablo y Bernabé se ven forzados a dejar su misión en Antioquía de Pisidia, lo hacen con dolor por el rechazo de aquellos a quienes, antes que a nadie, se les había anunciado la buena nueva; pero esta pena no es obstáculo para que la alegría permanezca como un germen entre aquellos que habían comprendido el mensaje universal de salvación por encima de sus nacionalismos provincianos. Que a pesar de los fracasos permanezcamos en la ALEGRÍA es un claro síntoma de que nuestras vidas están cimentadas en la profundidad de un amor inquebrantable. ¿Cómo afrontamos los éxitos y los fracasos en nuestras vidas? ¿Acaso nos embriagamos de orgullo por los primeros o nos hundimos en la miseria por los segundos? ¿No deberíamos más bien dejar de entregar nuestro corazón a la tiranía de las emociones caprichosas de nuestra psicología y entregarlo más bien al cordero de Dios en cuya sangre hemos lavado nuestras vidas? Jesús también fracasó en su primera predicación en Nazaret, pero no por ello perdió la alegría; porque la alegría no nace de los éxitos o fracasos, sino de la profunda convicción de estar unidos a Dios, en lo bueno y en lo malo. La unión con Dios es así fuente de alegría permanente.
El mensaje liberador de Jesús debe empezar por un pueblo concreto, en un idioma concreto, con una raza determinada; sin embargo, no es un mensaje amordazado ni un paisaje aislado; la libertad, como todas las grandes experiencias humanas (malas y buenas), no tiene fronteras ni marcos que no sean ampliables. ¿Quién le puede poner un único rostro, raza, religión o condición social a la alegría o a la tristeza, a las lágrimas o a las sonrisas, a la esperanza o a la desesperación? He visto el dolor en muchas partes de la tierra y aunque los quejidos se expresen en lenguas distintas, todos hablan de lo mismo. He visto sonrisas dibujadas en rostros barnizados de caoba africana o tierra americana, de sol asiático o blancura nórdica, de azul Mediterráneo o gris anglosajón… pero todo niño es capaz de decir con una sonrisa lo que sus lenguas son incapaces de expresar con los mismos fonemas. Aunque todo parezca tan diferente, en realidad todos estamos forjados en un mismo amor.
Los profetas soñaron un día con que Jerusalén sería capaz de aglutinar a todos los pueblos de la tierra. Algunos siguen creyendo que esa profecía ha de ser política y que todos los hombres estamos abocados a hablar la misma lengua, profesar la misma religión o asumir la primacía de una raza sobre las otras; todas las religiones o civilizaciones estamos abocados a esa tentación. Cristo, siguiendo la misma tradición profética, abre las puertas sin embargo a otra forma de entender la unidad. No se trata de uniformar ni de unificar, sino de dejarnos agregar a la UNIDAD con mayúsculas, a esa unidad que no anula lo personal, sino que lo potencia. Dios no suprime mi “yo” cuando me sumerjo en el “nosotros”; en la unidad no es necesario que alguien pierda para que otro gane. Se trata de un misterio: el misterio del “yo y el padre somos uno”; un misterio al que podemos acercarnos a través de los símbolos.
Uno de esos símbolos estuvo tomado de la cultura nómada de la época en la que la biblia fue escrita: el rebaño. Este ejemplo nos puede provocar hoy día una sensación de rechazo si es interpretada fuera del contexto en el que fue escrito, es decir, de forma gregaria (unos serían pastores y los otros dóciles corderitos). Superando esa visión anacrónica, es importante ir al fondo del contenido sin quedarse en las formas. Cuando a Jesús se le define como “buen pastor”, no debemos olvidar que también le llamamos “cordero de Dios”, sacrificado por el bien de todos. Pastor y cordero son diferentes, pero en Cristo se unen. El cordero inmolado ante el que incontables creyentes se presentan con las túnicas blancas y las palmas de la victoria en las manos es el mismo pastor que guardó a su rebaño y lo protegió hasta la muerte. Pastor y rebaño, de esta manera, no son dos realidades distintas, pues en el fondo están unidas; la complicidad entre las ovejas y el pastor es tal, que sus destinos están unidos para siempre.
Pastores y rebaños hacen el mismo viaje, comen en los mismos sitios, son mojados por la misma lluvia y quemados por el mismo sol. No hay peligro para las ovejas que no suponga un peligro para el pastor. El pastor ha de levantarse temprano, sacrificar su tiempo de ocio en función del bien de su rebaño. Este sacrificio es el que da la vida a las ovejas, y éstas, comprenden y agradecen; saben por instinto de supervivencia que no han de seguir otra voz que no sea la del pastor. ¿Somos capaces hoy en día de distinguir entre la jungla de voces y ruidos la voz del buen pastor que nos llama por nuestro nombre porque nos conoce?
La función de las ovejas es ESCUCHAR y SEGUIR, dos verbos que sería bueno aplicarse en la propia vida espiritual. ¿Cuánto tiempo dedico a la ESCUCHA, sobre todo a la escucha de la Palabra de Dios? ¿Cómo es mi seguimiento hacia aquel que me quiere llevar al pasto de la vida? La función del pastor es HABLAR y DAR LA VIDA; no se trata sólo de un hablar teórico, sino de una entrega práctica, en cuerpo y alma.
Sólo de la conjunción de ambos (pastor y rebaño) se logra el objetivo: que ni las ovejas se pierdan ni nadie las pueda robar. Es a esa unidad máxima con Dios a lo que debemos aspirar como creyentes, pues es una unidad en Dios que UNIFICA nuestra vida dispersa, nos ofrece seguridad y paz interior uniendo nuestro destino al del buen pastor, que quiso plantar su tienda entre nosotros, no vivir en palacios ni por encima del pueblo, sino caminando con él.
Superemos nuestras visiones autorreferenciales y alcemos la vista para divisar dónde está Cristo, buen pastor, llamándonos por nuestro nombre. Vayamos a él sin miedo a pesar de correr con él la misma suerte, pues sólo su Palabra es Palabra de vida eterna.
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