Las últimas palabras que Jesús proclama en el Evangelio de hoy son una puerta abierta a la esperanza. La fe cristiana no es una doctrina que enseñe sólo a sobrevivir, sino sobre todo a tener una experiencia de seguimiento que lleva incorporada el don de la alegría en este mundo.
Hasta la irrupción de Dios en nuestra historia, la humanidad no era más que un redil cerrado a cal y canto por la barrera de la muerte. Jesús es quien abre una brecha en ese muro que supone vivir sin más esperanza que morir, y sin más presente que las injusticias. Jesús abre esa puerta para que podamos salir por Él al encuentro de otras realidades, y para que podamos entrar, también por Él, al redil de los que han sabido responder con docilidad a su convocatoria de vida.
¿Por qué se compara Jesús precisamente con una puerta? ¿qué utilidad tiene una puerta? Pongamos un ejemplo: Una casa es un lugar habitable donde una familia vive ¿Podemos imaginar como sería una casa hecha con muros, pero sin ninguna apertura al mundo exterior? Si una casa así existiera, ni los de dentro podrían salir ni los de fuera podrían entrar. Por ello las casas tienen aberturas al mundo. Las más numerosas son las ventanas, los balcones y alguna que otra chimenea; estas aperturas permiten que la luz entre o que los malos humos salgan; dejan ver lo que hay fuera y también permiten a los de fuera poder ver lo que hay dentro. Pero ni las ventanas ni las chimeneas sirven para entrar o salir. Todos sospecharíamos de alguien que tratara de entrar a una casa por una ventana o por la chimenea. Toda casa necesita una puerta para unir el hogar con el mundo. Da igual que sea de madera o de hierro, barata o cara, grande o pequeña; si cumple con su misión es útil.
Nuestro mundo es como una inmensa casa en la que el pecado, el mal e incluso el miedo han tabicado puertas y ventanas, convirtiendo la vida de muchos seres humanos en hogares oscuros y cerrados. A lo largo de los siglos muchos han sido los que han asaltado esta casa, que es nuestro mundo, saqueándola y sembrando en ella el terror, la muerte y la destrucción. Incluso muchas gentes de buena fe, han tratado de protegerse de estos desastres tabicando ellos mismos toda apertura al mundo exterior por miedo a que el mal entrara. Lo malo de ello es que, si el mal está dentro, tampoco le dejamos un lugar por donde salir.
No han faltado profetas y hombres de Dios que han sabido abrir huecos para que la luz pudiera entrar; sin embargo, sólo uno ha sido capaz de convertirse en verdadera puerta: Cristo. De esta forma, Jesús de Nazaret, no es sólo un profeta más ni una ventana cualquiera de nuestra casa; Él es la puerta por donde se entra y se sale. Así, quien quiera entrar en la casa de Dios (que es la humanidad) puede hacerlo por la puerta como persona de bien o irrumpiendo por chimeneas, ventanas o puertas traseras para hacer daño, herir y sembrar el terror como lo hace el ladrón.
Cristo abre nuestra vida al mundo para que la luz entre en nosotros y para que podamos salir a buscar los verdes pastos. Por otro lado, Cristo nos protege de los asaltantes que sólo buscan el mal. Los que vivimos dentro de casa sabemos reconocer su voz distinguiéndola de la de los embaucadores y mentirosos. Por otro lado, aquellos que hemos aprendido a familiarizarnos con su voz, estamos también llamados a abrir puertas en las fortalezas de tantas personas todavía encerradas en sí mismas, haciendoles ver que hay vida más allá de sus mundos, ayudándoles a vencer sus miedos para que salgan al encuentro de aquél que les llama.
Esta es la experiencia de los primeros discípulos, como vemos en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Pedro, el día de Pentecostés conmueve a los que predica. Pedro no era un erudito, ni un estudioso, sino un pescador de Galilea; es decir, un hombre rudo y probablemente inculto. ¿Qué poder movía a aquel hombre? El poder de la coherencia de vida y de la fe que rebosaba por cada poro de su piel. Por ello su mensaje era creíble. Pedro relee la vida de aquellos que tenía delante, personas que, habiendo conocido a Jesús, lo dejaron pasar de largo para no comprometerse. Ante las palabras de Pedro, aquellos que eran sinceros no podían dejar de sentir remordimiento ¿Qué hemos de hacer?, contestaban.
De la misma forma, el cristiano, miembro del redil de Cristo, está convocado a llamar a muchos rediles en donde ovejas sin pastor viven indefensas a expensas de los lobos y ladrones de este mundo. Hemos de aprender a abrir puertas en muchos rediles en los que nuestros hermanos viven encerrados y a poner en cada una de esas puertas a Cristo, no como un bandido, sino como aquél que da la vida sin esconderse sin entrar por los patios traseros a escondidas, sino yendo de frente, cara a cara.
Nuestra función es desvivirnos sin retóricas ni dobles intenciones, con honestidad y sinceridad para que aquellos a los que convocamos a la vida en abundancia sepan perfectamente quién es el que les llega, sepan reconocer nuestra voz y con el tiempo se fíen de nosotros.
Un trabajo misionero de este tipo no puede dejar de retratar la realidad de pecado en la que muchas personas viven, encerradas en rediles de muerte. Por ello la misión siempre va acompañada del arrepentimiento y del bautismo; esto no es porque los cristianos nos empeñemos en subrayar el lado negativo de la vida, o porque tengamos una visión pesimista del ser humano, sino simplemente porque, si miramos nuestro corazón con honestidad, hemos de reconocer sus rincones oscuros. Así, con respeto y delicadeza, sin asaltar por detrás ni con argucias proselitistas, hemos de saber dar ese primer golpe en tantos muros, tapias y paredes para abrir una puerta a la esperanza de Cristo.
Finalmente, contra todo mesianismo que esconde en el fondo un sibilino narcisismo idólatra, hemos de aprender a ponernos en el lugar que nos corresponde, porque sólo una es la puerta y uno sólo el Cristo Salvador. Cada ventana ilumina y airea rincones de la casa, pero ninguna de estas ventanas abiertas por las religiones, filosofías y enseñanzas pueden tener la función de la puerta: entrar y salir. Es en este sentido en el que podemos decir que Sólo Cristo es el camino, la verdad y la vida. Si tan inútil es cegar ventanas a una casa porque ya tiene puerta, igual de erróneo es pretender eliminar la puerta aludiendo a que ya tiene ventanas. Dejemos por tanto que cada uno cumpla su función y que todos nos dejemos convocar por aquel que dio su vida por amor para hacernos partícipes de la eternidad. Cristo, el único y buen pastor nos invita a ser pastores con Él. No desoyamos su llamada y sumemos nuestras vidas a la divina pastoral de ser discípulos de Jesús y misioneros de su Evangelio.
Documento de la semana
Lecturas, homilía y oraciones para leer, imprimir o compartir · 243,0 KB