Homilías

Domingo IV de Cuaresma (Ciclo C)

Homilía del Domingo IV de Cuaresma (Ciclo C)

Evangelio: Lucas 15, 1-3. 11-32

Decía el pensador francés Pascal que existen dos clases de personas: los pecadores, que son los que se creen justos; y los justos, que son los que se saben pecadores. La verdadera experiencia religiosa empieza siempre a través de un proceso de CONVERSIÓN. Convertirse no es cumplir mandamientos para ganarse el perdón de Dios, sino ponerse en camino hacia la casa del Padre con la actitud humilde del que reconoce sus pecados y miserias, con el deseo de confesarlos y encontrar un lugar donde rehacer la vida.

En la parábola del hijo pródigo (aunque sería mejor llamarla de “los dos hijos” o aún mejor del “Padre misericordioso”), encontramos un relato que pone patas arriba la religión basada en el cumplimiento sin profundizar en lo que lo fundamenta: Dios y sus entrañas de misericordia. De esta forma, la religión que se basa más en la norma que en la comprensión de la misericordia de Dios, termina por convertirse en un mecanismo aséptico que acaba por empujar al creyente a la tristeza, cuando no al desagradecimiento o, peor aún, a la hipocresía.

En la parábola tenemos tres personajes fundamentales: dos hermanos y un padre. La parábola no justifica la actitud errada, caprichosa y egoísta del hermano menor. Sus pecados están ahí, aunque quedan completamente superados ante dos actitudes: la del arrepentimiento (aunque sea por interés) y sobre todo la del perdón entrañable y conmovedor del padre. Estas dos actitudes terminan en un banquete; el banquete de la alegría. Pero esta alegría no es compartida por el otro hermano, quien reprocha al padre todo aquel “exceso”. El hermano mayor no ha cometido pecado; no ha transgredido ninguna norma; no ha quebrantado ninguna ley; pero tampoco ha entendido lo más básico: no conoce la misericordia del padre y por ello no puede más que juzgar a su hermano poniéndose él como modelo y no a su Padre. En realidad, con esta actitud se delata a sí mismo, pues por encima del perdón y de la alegría que supone recuperar a su hermano perdido, antepone su deseo de recompensa por su actuar, que se demuestra interesado.

El problema del hijo mayor no es de orden moral, sino espiritual.

Ha vivido siempre unido al Padre, pero no ha tenido la confianza para hacer una fiesta con él. Vemos así cómo podemos vivir juntos, a veces en la misma casa, sin transgredir normas ni hacer nada malo, pero sin una actitud de fiesta; es decir, sin disfrutar la vida que llevamos. Es curioso, pero a veces una vida sin pecado basada en el mero cumplimiento, lleva a la tristeza. En cambio, una vida de pecado puede ser el camino para la salvación, pues tras toda miseria sólo cabe responder con sinceridad a través de un único dilema posible: o la conversión o cerrarse obstinadamente en uno mismo sin posibilidad de encontrar el camino de vuelta a casa por falta de humildad.Lo que Jesús pone de manifiesto con la parábola no es únicamente el arrepentimiento del hijo menor o la misericordia infinita del padre, sino también la obstinación del hijo mayor, quien a pesar de vivir en la misma casa del padre se encuentra espiritualmente más lejos que su hermano menor; y lo que es peor, sin la humildad suficiente para reconocerlo y emprender el camino de regreso, que en su caso es un camino no geográfico, sino espiritual.

No estamos diciendo con esto que haya que pecar para salvarse, ni mucho menos; no lo decimos porque no hace falta, pues en realidad todos pecamos. Basta con asomarnos a nuestras vidas y descubrir que estamos derrochando lo mejor de nosotros mismos. En realidad, descubrir el “hermano mayor” que llevamos dentro es descubrir el mayor de nuestros “pecados”: la hipocresía o la falta de profundidad para disfrutar de la presencia de Dios. A veces la forma de estar más lejos de Dios es estando demasiado cerca de la religión, de sus normas, dogmas y demás estructuras, tal vez necesarias, pero en muchas ocasiones distorsionadoras de la verdadera experiencia creyente.

Las entrañas de misericordia son la esencia de Dios. Tener entrañas de misericordia supone “sentir con”; no mirar los sentimientos del otro desde fuera, sino hacerlos propios. Ser como el otro es, sin hacer lo que el otro hace. Esto es a lo que se refiere san Pablo cuando nos dice que a Cristo Dios lo “hizo pecado” o en otras versiones lo hizo “expiación”, expresiones que resultan realmente duras. Que Cristo se haga pecado es una alusión directa a la encarnación. Cristo no peca, pero como Palabra viva de las entrañas de misericordia de Dios, no puede venir al mundo de visita. Cristo se hace pecado sin haber pecado para salvarnos desde el interior del pecado. Sólo sintiendo lo que un pecador siente puede Dios entender el dolor de nuestras infidelidades; eso es lo que mueve a Dios a morir por nosotros. Nosotros creemos en un Dios encarnado que se hace pecado porque sabe que no es posible salvar con recetas, sino entrando en nuestra propia miseria y abriéndonos en ella el camino de la salvación a costa de su sufrimiento.

De esta forma, el pecador arrepentido no ve ira, venganza o reproche en los ojos del padre, sino lágrimas de alegría por habernos recuperado. Las lágrimas de alegría tienen más poder que todas las normas o mandamientos porque apelan a nuestro ser más sagrado; no se quedan en las razones que nos exigen un comportamiento racionalmente justo, sino que se incrustan en nuestras almas para desde ellas movernos a la compasión. Cuando agredimos a alguien a quien queremos el dolor es infinitamente más grande por el sentimiento de ingratitud que se genera que por la certeza intelectual del mal realizado.

Si la empatía es lo que provoca que lo que clásicamente se ha denominado el “dolor de los pecados”, también es la que nos provoca la conversión.

No es suficiente conocer el mal que hemos hecho, sino sentirlo como propio, dejándonos afectar por la herida causada contra la creación, contra el prójimo, contra Dios e incluso contra nosotros mismos.

Al igual que el pueblo judío dejó la esclavitud de Egipto y pudo celebrar el paso a una tierra libre (la Pascua), nosotros hemos de liberarnos también de nuestras esclavitudes; no sólo del pecado, sino también de nuestras hipocresías, juicios de valor y falta de profundidad para entender las entrañas de misericordia de Dios. Solo así podremos también celebrar nuestra Pascua, una Pascua de verdadera liberadora, porque habremos dejado de vivir bajo el yugo de la religión antigua y empezado a ser verdaderamente criaturas nuevas, reconciliadas, salvadas y en eterna acción de gracias en la casa del Padre.

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Para la celebración

Lecturas

Lectura del libro de Josué (5, 9a. 10-12)

En aquellos días, el Señor dijo a Josué: «Hoy os he despojado del oprobio

de Egipto.» Los israelitas acamparon en Guilgal y celebraron la Pascua al

atardecer del día catorce del mes, en la estepa de Jericó. El día siguiente

a la Pascua, ese mismo día, comieron del fruto de la tierra: panes ázimos

y espigas fritas. Cuando comenzaron a comer del fruto de la tierra, cesó

el maná. Los israelitas ya no tuvieron maná, sino que aquel año comieron

de la cosecha de la tierra de Canaán.

Salmo responsorial. 33

Gustad y ved qué bueno es el Señor.

Bendigo al Señor en todo momento,

su alabanza está siempre en mi boca;

mi alma se gloría en el Señor:

que los humildes lo escuchen y se alegren. R.

Proclamad conmigo la grandeza del Señor,

ensalcemos juntos su nombre.

Yo consulté al Señor, y me respondió,

me libró de todas mis ansias. R.

Contempladlo, y quedaréis radiantes,

vuestro rostro no se avergonzará.

Si el afligido invoca al Señor,

él lo escucha y lo salva de sus angustias. R.

Lectura de la segunda carta a los corintios (5, 17-21)

Hermanos: El que es de Cristo es una criatura nueva. Lo antiguo ha

pasado, lo nuevo ha comenzado. Todo esto viene de Dios, que por medio

de Cristo nos reconcilió consigo y nos encargó el ministerio de la

reconciliación. Es decir, Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al

mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados, y a nosotros nos ha

confiado la palabra de la reconciliación. Por eso, nosotros actuamos como

enviados de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por nuestro

medio. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios. Al

que no había pecado Dios lo hizo expiación por nuestro pecado, para que

nosotros, unidos a él, recibamos la justificación de Dios.

Evangelio de Lucas 15, 1-3. 11-32

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a

escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: «Ése acoge a

los pecadores y come con ellos.» Jesús les dijo esta parábola: «Un hombre tenía

dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: «Padre, dame la parte que me toca

de la fortuna.» El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo

menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna

viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra

un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le

insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar

cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían

los cerdos; y nadie le daba de comer. Recapacitando entonces, se dijo: «Cuántos

jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero

de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he

pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame

como a uno de tus jornaleros.» Se puso en camino adonde estaba su padre;

cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr,

se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: «Padre, he pecado contra

el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. » Pero el padre dijo a sus

criados: «Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano

y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un

banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y

lo hemos encontrado.» Y empezaron el banquete. Su hijo mayor estaba en el

campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y

llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Éste le contesto: «Ha

vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha

recobrado con salud.» Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e

intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre: «Mira: en tantos años como te

sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un

cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo

tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero

cebado.» El padre le dijo: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo:

deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido;

estaba perdido, y lo hemos encontrado.»

Acción de gracias

Fuera de casa siempre hace frío.

Pero para quien ha perdido un hijo,

el gélido vacío del corazón

se torna un fuego ardiente

que ilumina y alienta la esperanza.

Allí, fuera de casa, el padre espera

con los ojos clavados en un horizonte

hecho de barrotes invisibles

tras los que sólo cabe la imaginación y el deseo.

Cada aliento de su boca

se torna una oración lanzada al infinito,

un reclamo silencioso,

únicamente audible

en el silencio de las conciencias malheridas.

Porque allí, a lo lejos,

su hijo goza con el fulgor del rayo

para quedar, al caer la noche,

abrazado a un manto húmedo

de oscuridad, hambre y silencio.

Bendita sea la necesidad

que enciende el anhelo del regreso a casa,

aunque el único motivo que lo despierte

sea el ansia de llenarse el estómago

con lo que se creen migajas de una mesa

de la que nunca se retiró su asiento.

Y así,

El hijo regresado pinta de color la lontananza

a pesar de la negrura de su atuendo.

No faltarán sandalias para sus pies

ni un vestido nuevo para su desnudo cuerpo;

el anillo rechazado volverá a su dedo

y la casa del padre se llenará de encuentros.

Sólo se quedarán fuera los que creían

que siempre vivían dentro.

Los que nunca pusieron un pie en el umbral de la puerta

para esperar, impacientes, el regreso del hermano muerto;

los que lejos de saber llorar con el padre

se afanaron en satisfacer su ego

con una vida apegada al cumplimiento,

un corazón que no conoce la ternura

y un alma incapaz de soñar despierto.

Nunca sabremos si entró en la fiesta el hijo “bueno”.

Entremos nosotros, y hagamos fiesta

porque Dios, que es Padre,

se alegra siempre con cada regreso.

¿Necesitas ayuda?

Acude al Centro Social (subida San Diego, 2) o llama al teléfono de la parroquia:

968 50 02 57