Decía el pensador francés Pascal que existen dos clases de personas: los pecadores, que son los que se creen justos; y los justos, que son los que se saben pecadores. La verdadera experiencia religiosa empieza siempre a través de un proceso de CONVERSIÓN. Convertirse no es cumplir mandamientos para ganarse el perdón de Dios, sino ponerse en camino hacia la casa del Padre con la actitud humilde del que reconoce sus pecados y miserias, con el deseo de confesarlos y encontrar un lugar donde rehacer la vida.
En la parábola del hijo pródigo (aunque sería mejor llamarla de “los dos hijos” o aún mejor del “Padre misericordioso”), encontramos un relato que pone patas arriba la religión basada en el cumplimiento sin profundizar en lo que lo fundamenta: Dios y sus entrañas de misericordia. De esta forma, la religión que se basa más en la norma que en la comprensión de la misericordia de Dios, termina por convertirse en un mecanismo aséptico que acaba por empujar al creyente a la tristeza, cuando no al desagradecimiento o, peor aún, a la hipocresía.
En la parábola tenemos tres personajes fundamentales: dos hermanos y un padre. La parábola no justifica la actitud errada, caprichosa y egoísta del hermano menor. Sus pecados están ahí, aunque quedan completamente superados ante dos actitudes: la del arrepentimiento (aunque sea por interés) y sobre todo la del perdón entrañable y conmovedor del padre. Estas dos actitudes terminan en un banquete; el banquete de la alegría. Pero esta alegría no es compartida por el otro hermano, quien reprocha al padre todo aquel “exceso”. El hermano mayor no ha cometido pecado; no ha transgredido ninguna norma; no ha quebrantado ninguna ley; pero tampoco ha entendido lo más básico: no conoce la misericordia del padre y por ello no puede más que juzgar a su hermano poniéndose él como modelo y no a su Padre. En realidad, con esta actitud se delata a sí mismo, pues por encima del perdón y de la alegría que supone recuperar a su hermano perdido, antepone su deseo de recompensa por su actuar, que se demuestra interesado.
El problema del hijo mayor no es de orden moral, sino espiritual.
Ha vivido siempre unido al Padre, pero no ha tenido la confianza para hacer una fiesta con él. Vemos así cómo podemos vivir juntos, a veces en la misma casa, sin transgredir normas ni hacer nada malo, pero sin una actitud de fiesta; es decir, sin disfrutar la vida que llevamos. Es curioso, pero a veces una vida sin pecado basada en el mero cumplimiento, lleva a la tristeza. En cambio, una vida de pecado puede ser el camino para la salvación, pues tras toda miseria sólo cabe responder con sinceridad a través de un único dilema posible: o la conversión o cerrarse obstinadamente en uno mismo sin posibilidad de encontrar el camino de vuelta a casa por falta de humildad.Lo que Jesús pone de manifiesto con la parábola no es únicamente el arrepentimiento del hijo menor o la misericordia infinita del padre, sino también la obstinación del hijo mayor, quien a pesar de vivir en la misma casa del padre se encuentra espiritualmente más lejos que su hermano menor; y lo que es peor, sin la humildad suficiente para reconocerlo y emprender el camino de regreso, que en su caso es un camino no geográfico, sino espiritual.
No estamos diciendo con esto que haya que pecar para salvarse, ni mucho menos; no lo decimos porque no hace falta, pues en realidad todos pecamos. Basta con asomarnos a nuestras vidas y descubrir que estamos derrochando lo mejor de nosotros mismos. En realidad, descubrir el “hermano mayor” que llevamos dentro es descubrir el mayor de nuestros “pecados”: la hipocresía o la falta de profundidad para disfrutar de la presencia de Dios. A veces la forma de estar más lejos de Dios es estando demasiado cerca de la religión, de sus normas, dogmas y demás estructuras, tal vez necesarias, pero en muchas ocasiones distorsionadoras de la verdadera experiencia creyente.
Las entrañas de misericordia son la esencia de Dios. Tener entrañas de misericordia supone “sentir con”; no mirar los sentimientos del otro desde fuera, sino hacerlos propios. Ser como el otro es, sin hacer lo que el otro hace. Esto es a lo que se refiere san Pablo cuando nos dice que a Cristo Dios lo “hizo pecado” o en otras versiones lo hizo “expiación”, expresiones que resultan realmente duras. Que Cristo se haga pecado es una alusión directa a la encarnación. Cristo no peca, pero como Palabra viva de las entrañas de misericordia de Dios, no puede venir al mundo de visita. Cristo se hace pecado sin haber pecado para salvarnos desde el interior del pecado. Sólo sintiendo lo que un pecador siente puede Dios entender el dolor de nuestras infidelidades; eso es lo que mueve a Dios a morir por nosotros. Nosotros creemos en un Dios encarnado que se hace pecado porque sabe que no es posible salvar con recetas, sino entrando en nuestra propia miseria y abriéndonos en ella el camino de la salvación a costa de su sufrimiento.
De esta forma, el pecador arrepentido no ve ira, venganza o reproche en los ojos del padre, sino lágrimas de alegría por habernos recuperado. Las lágrimas de alegría tienen más poder que todas las normas o mandamientos porque apelan a nuestro ser más sagrado; no se quedan en las razones que nos exigen un comportamiento racionalmente justo, sino que se incrustan en nuestras almas para desde ellas movernos a la compasión. Cuando agredimos a alguien a quien queremos el dolor es infinitamente más grande por el sentimiento de ingratitud que se genera que por la certeza intelectual del mal realizado.
Si la empatía es lo que provoca que lo que clásicamente se ha denominado el “dolor de los pecados”, también es la que nos provoca la conversión.
No es suficiente conocer el mal que hemos hecho, sino sentirlo como propio, dejándonos afectar por la herida causada contra la creación, contra el prójimo, contra Dios e incluso contra nosotros mismos.
Al igual que el pueblo judío dejó la esclavitud de Egipto y pudo celebrar el paso a una tierra libre (la Pascua), nosotros hemos de liberarnos también de nuestras esclavitudes; no sólo del pecado, sino también de nuestras hipocresías, juicios de valor y falta de profundidad para entender las entrañas de misericordia de Dios. Solo así podremos también celebrar nuestra Pascua, una Pascua de verdadera liberadora, porque habremos dejado de vivir bajo el yugo de la religión antigua y empezado a ser verdaderamente criaturas nuevas, reconciliadas, salvadas y en eterna acción de gracias en la casa del Padre.
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