La vida está llena de guiños de Dios, pero para sentir esos guiños es necesario estar predispuestos. Hay personas a las que no sólo les cuesta trabajo reconocer los guiños de Dios, sino también abrirse valientemente a la posibilidad de sentirlos. Es lo que le sucedió al rey Acaz, quien ante la pretensión que tenían algunos de deponerlo del trono, prefería el apoyo del imperio Asirio antes que abrirse a las señales de Dios. Los materialistas y pragmáticos, como el rey Acaz, siempre prescinden de Dios en los momentos cruciales de sus vidas; se apoyan sólo en lo visible confiando en los poderes de este mundo sin darse cuanta del tremendo poder que tienen los signos. A fin de cuentas, ¿Cómo comparar el poder y la fuerza bruta con la debilidad del hijo de una virgen? Así, lo evidente eclipsa el Misterio que se esconde tras las cosas pequeñas. No obstante, esos signos siempre están ahí, esperando a ser descubiertos. Son signos pequeños, sí, aunque preñados de un poder infinito: el poder de la Verdad que siempre prevalece.
El signo de los signos es la presencia de Dios con nosotros en la persona de Jesús de Nazaret. Históricamente es un signo con una estrategia muy diferente a la de los poderes de este mundo. El Enmanuel, o “Dios con nosotros”, no teme a los imperios; ellos pueden controlar lo visible, pero el poder interior, la libertad, la verdad o los sueños más nobles de la humanidad son indestructibles. Sólo hay un ejército capaz de amenazar nuestra conciencia y nuestro ser más íntimo: el poder del mal manifestado en el pecado, cuya expresión terrenal es la muerte. La verdadera lucha es contra el poder de ese ejército “invisible”, aunque a veces lo activen ejércitos terrenales.
“Dios con nosotros” viene a ser la garantía de que no estamos solos en la lucha final. Nuestro general no está en retaguardia, enviando soldados a la lucha para que sean carne de cañón, sino codo con codo con los suyos, en primera línea, encajando los golpes por nosotros, cubriendo con su desnudez nuestras vidas hasta lograr la victoria final.
Ese signo de presencia pobre y sencilla es capaz de dignificar, de dar valor, de poner de nuevo en pie a cualquier persona. He ahí el “peligro” que supone su presencia para los poderes fácticos que pretenden controlar el mundo. Por eso Jesús es tan “peligroso” desde el primer momento de su nacimiento; porque Dios es capaz de conquistar con su paz lo que ningún imperio puede lograr con la guerra.
No sólo Acaz, sino también José tuvo muchos problemas para mirar más allá de lo aparente. A veces, la religión tampoco ayuda. José tuvo que vivir el drama de elegir entre lo que enseñaba la religión o la intuición de su corazón. Recordemos que en el libro del Deuteronomio se dice lo que hay que hacer con una mujer desposada que no es virgen: “sacarán a la joven a la puerta de la casa paterna y los hombres de la ciudad la apedrearán hasta que muera, por haber cometido en Israel la infamia de prostituir la casa paterna” (Dt 22,20ss). José es plenamente consciente del problema que tiene entre manos y, como tantos hombres, no es capaz de solucionarlo de forma racional; lo que debe de hacer choca de lleno con el amor que tiene a María, incluso aunque se sienta engañado. ¿Cómo permitir la muerte de alguien a quien amas de verdad? La violencia siempre es usada por los poderes de este mundo, pero el amor es un poder mucho mayor, transcendente e inexplicable. A fin de cuentas, la ley permitía la denuncia, pero no obligaba a presentarla. Ahí se agarró José para tomar su decisión.
Es en sueños (no consciente como María), como José comprende la voluntad de Dios. Si a María el ángel le habla mientras está consciente, José sólo es capaz de recibir el anuncio de la llegada del Mesías cuando duerme, es decir, cuando su consciente está eclipsado por un sueño en el que Dios tiene más fácil el acceso a su corazón. No obstante, es importante fijarse en el detalle de que sólo cuando José toma la resolución de no denunciar a María, se abre al sueño de Dios en su vida. La racionalidad o el simple cumplimiento de la Ley hubiera provocado el apedreamiento de María. Pero el amor que puede más que la venganza. Así, ese gesto sumo de amor de José fue capaz de abrir su corazón para que el ángel le hiciera ver la voluntad de Dios en su vida.
He aquí como muchos hombres afrontamos nuestra relación con Dios. Si la mujer es más intuitiva, dejándose llevar más fácilmente por el corazón, los hombres solemos ser más racionales. Ello no nos exime de la capacidad de amar; y de amar incluso hasta sacrificar la lógica de la ley. Es precisamente este acto sublime de amor, este sacrificio generoso, el que abre a los hombres al mundo de los sueños donde Dios es capaz de transformar una aparente traición en la oportunidad de ser cauce por el que Dios puede nacer en este mundo.
No sólo eso. José recibe el encargo de renombrar al “Enmanuel” (Dios con nosotros), poniéndole “Jesús”, que significa “Dios salva”. Jesús tiene así dos nombres, siendo este último más completo y profundo, pues Jesús no sólo es una presencia divina, sino sobre todo el que “salva del pecado”. No sólo es quien “perdona” (que también), sino el que “salva”. Porque perdonar no es lo mismo que salvar. Para perdonar basta una palabra, un gesto y un propósito; pero para salvar hace falta dar la vida por el otro, incluso aunque sea un pecador. Por eso el nombre de Jesús es tan importante; y es José quien se lo pone a instancias de Dios. De esta forma, José anticipa con su sacrificio por María el sacrificio que su hijo adoptivo hará posteriormente por toda la humanidad.
La Navidad nos brinda la posibilidad de experimentar al “Enmanuel”. Pero, ¿Cómo tener esta experiencia si nos pasamos la vida buscando sucedáneos para no sentirnos solos? Hemos de ser valientes para reconocer y afrontar la profunda soledad de la vida. Sin esa experiencia de vacío es muy difícil entender la Navidad; porque Dios viene a cubrir esa soledad existencial; no reconocerla es situarse al margen de la salvación. No nos engañemos; muchas personas viven así: sublimando la soledad, llenando el día a día de quehaceres, entretenimiento, diversiones, distracciones… anestésicos para no sentir el vacío del alma. En un corazón así Dios nunca puede entrar, como no pudo entrar en el corazón de José hasta que este se cerró a la lógica de la razón, dando paso a la locura de un corazón enamorado. Sólo así, “Dios con nosotros” se convierte en “Dios salva”.
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