Las tierras fronterizas siempre son tierras de conflicto, cruces de caminos donde se mezclan razas, pueblos, ideas y culturas diferentes.
Vivir en este ambiente no es fácil y a menudo los conflictos estallan. Jesús vivió y se educó en este contexto: la región de Zebulón y Neftalí, que más tarde pasaría a denominarse “Galilea de los gentiles”, es decir, de los extranjeros, de los judíos influenciados por paganos, considerados poco ortodoxos, díscolos o peligrosos, y siempre sospechosos por vivir en las afueras. Era una tierra de paso, camino del mar; y como tierra de paso, tierra sufrida y golpeada, condenada por las circunstancias a vivir en las tensiones que llevan consigo los conflictos.
Dios elige esa tierra para hacerse hombre porque, como Pablo, no busca hablar con palabras elocuentes que oscurezcan la gloria de Dios, sino que prefiere lo aparentemente inútil para que en ello resplandezca con más nitidez la obra de Dios, no como mérito humano sino como acción de la gracia divina. En tiempos de oscuridad y de conflicto, sólo Dios puede ser nuestra luz, la mano que nos alivia de los bastones de mando de los opresores, de los yugos que nos someten y de los látigos que nos azotan. ¿Cuáles son hoy día esos bastones de mando, esos yugos o látigos? ¿Dónde están esas tierras oscurecidas por los hombres, pero iluminadas por Dios? Es importante contestar a estas preguntas para no convertir la palabra de Dios en un simple cuento del pasado, sino vivirla como una revelación actual que nos interpela en el aquí y el ahora.
También nosotros, como el pueblo de Israel y como la comunidad de Corinto (sumida en luchas y divisiones internas) o como Jesús ante el arresto de Juan Bautista, experimentamos el fracaso y la oscuridad. En esos momentos, hay que volver a las raíces, aunque no nos quede más remedio que huir del peligro renunciando a heroísmos narcisistas.
Cuando las luces de este mundo nos ciegan con su fulgor y oscurecen la luz de Dios, hay que ser sabio para no confiar en ellas, volviendo si es preciso a las tierras de sombras para ser iluminados por la luz de Cristo, el único capaz de iluminarnos sin herirnos o cegarnos.
Es en la crisis, en la “oscura” Galilea, donde Jesús encuentra el hábitat ideal para iniciar su misión. No lo hace desde el centro, sino desde la periferia, porque el mensaje de Dios siempre comienza desde lo más básico. Ese mensaje tiene dos carriles sobre los que avanzar: uno es la llegada inminente del Reino de Dios y el otro la conversión como condición indispensable para recibir ese reino. Conversión y reino son así las dos líneas maestras del mensaje de Jesús, como lo han de ser también de nuestra misión en el mundo. Sólo quien ha experimentado la oscuridad sabe buscar la verdadera luz y es capaz de entender estos dos pilares de todo creyente.Buscar las luces de Dios supone no dejarse cegar por las luces de los hombres: por los Apolos, Pablos o Cefas de este mundo, sino buscar la luz en su estado original; en Cristo, luz de Dios para todos. Mirando a Cristo es posible seguir creyendo en una Iglesia con un mismo sentir y un mismo pensar sin caer en posturas buenistas o ilusorias, sino partiendo de una realidad que tiene sus sombras, pero en donde también podemos encontrar brotes de esperanza. Se trata de partir de lo que somos, aunque no nos guste, pero construyendo sobre los firmes pilares que Dios va forjando de forma lenta y discreta, pero verdadera.
Jesús nos llama a la misión en comunidad. Convocar a los hombres es lo primero que hace tras el anuncio de la conversión y de la misión.
Jesús sabe que este mensaje es para ser vivido en comunidad, como pueblo; no de forma privada, sin protagonismos ni heroísmos; es por ello que el paso inmediatamente posterior al anuncio de la salvación es la convocatoria del pueblo de Dios, con nombres y apellidos. Nombres que no son de sabios y maestros, sino de personas trabajadoras, habitantes de esa Galilea oscura para que a través de sus penumbras los demás hombres puedan sentir la gloria de la luz divina y no el resplandor del orgullo o la prepotencia humana.
Nosotros somos también llamados por esta Palabra a formar parte del grupo de Jesús. Proclamemos desde nuestras oscuridades que el Reino de Dios está cerca y que necesitamos convertirnos a él de corazón.
Acompañemos a Cristo en ese dar luz a todas las oscuridades de este mundo, llevando esperanza, curando, estando cerca de quien sufre para que la luz de Cristo ilumine y salve. No nos convirtamos en protagonistas de ningún trabajo por el reino de Dios, sino en servidores del mismo. No nos empeñemos tanto en bautizar o imponer nuestros ritos y religiones cuanto en anunciar francamente la Palabra liberadora. Dejemos a Dios ser Dios y nosotros limitémonos a ser ventanas transparentes de su gloria.
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