Homilías

Domingo III del tiempo ordinario (Ciclo A)

Homilía del Domingo III del tiempo ordinario (Ciclo A)

Las tierras fronterizas siempre son tierras de conflicto, cruces de caminos donde se mezclan razas, pueblos, ideas y culturas diferentes.

Vivir en este ambiente no es fácil y a menudo los conflictos estallan. Jesús vivió y se educó en este contexto: la región de Zebulón y Neftalí, que más tarde pasaría a denominarse “Galilea de los gentiles”, es decir, de los extranjeros, de los judíos influenciados por paganos, considerados poco ortodoxos, díscolos o peligrosos, y siempre sospechosos por vivir en las afueras. Era una tierra de paso, camino del mar; y como tierra de paso, tierra sufrida y golpeada, condenada por las circunstancias a vivir en las tensiones que llevan consigo los conflictos.

Dios elige esa tierra para hacerse hombre porque, como Pablo, no busca hablar con palabras elocuentes que oscurezcan la gloria de Dios, sino que prefiere lo aparentemente inútil para que en ello resplandezca con más nitidez la obra de Dios, no como mérito humano sino como acción de la gracia divina. En tiempos de oscuridad y de conflicto, sólo Dios puede ser nuestra luz, la mano que nos alivia de los bastones de mando de los opresores, de los yugos que nos someten y de los látigos que nos azotan. ¿Cuáles son hoy día esos bastones de mando, esos yugos o látigos? ¿Dónde están esas tierras oscurecidas por los hombres, pero iluminadas por Dios? Es importante contestar a estas preguntas para no convertir la palabra de Dios en un simple cuento del pasado, sino vivirla como una revelación actual que nos interpela en el aquí y el ahora.

También nosotros, como el pueblo de Israel y como la comunidad de Corinto (sumida en luchas y divisiones internas) o como Jesús ante el arresto de Juan Bautista, experimentamos el fracaso y la oscuridad. En esos momentos, hay que volver a las raíces, aunque no nos quede más remedio que huir del peligro renunciando a heroísmos narcisistas.

Cuando las luces de este mundo nos ciegan con su fulgor y oscurecen la luz de Dios, hay que ser sabio para no confiar en ellas, volviendo si es preciso a las tierras de sombras para ser iluminados por la luz de Cristo, el único capaz de iluminarnos sin herirnos o cegarnos.

Es en la crisis, en la “oscura” Galilea, donde Jesús encuentra el hábitat ideal para iniciar su misión. No lo hace desde el centro, sino desde la periferia, porque el mensaje de Dios siempre comienza desde lo más básico. Ese mensaje tiene dos carriles sobre los que avanzar: uno es la llegada inminente del Reino de Dios y el otro la conversión como condición indispensable para recibir ese reino. Conversión y reino son así las dos líneas maestras del mensaje de Jesús, como lo han de ser también de nuestra misión en el mundo. Sólo quien ha experimentado la oscuridad sabe buscar la verdadera luz y es capaz de entender estos dos pilares de todo creyente.Buscar las luces de Dios supone no dejarse cegar por las luces de los hombres: por los Apolos, Pablos o Cefas de este mundo, sino buscar la luz en su estado original; en Cristo, luz de Dios para todos. Mirando a Cristo es posible seguir creyendo en una Iglesia con un mismo sentir y un mismo pensar sin caer en posturas buenistas o ilusorias, sino partiendo de una realidad que tiene sus sombras, pero en donde también podemos encontrar brotes de esperanza. Se trata de partir de lo que somos, aunque no nos guste, pero construyendo sobre los firmes pilares que Dios va forjando de forma lenta y discreta, pero verdadera.

Jesús nos llama a la misión en comunidad. Convocar a los hombres es lo primero que hace tras el anuncio de la conversión y de la misión.

Jesús sabe que este mensaje es para ser vivido en comunidad, como pueblo; no de forma privada, sin protagonismos ni heroísmos; es por ello que el paso inmediatamente posterior al anuncio de la salvación es la convocatoria del pueblo de Dios, con nombres y apellidos. Nombres que no son de sabios y maestros, sino de personas trabajadoras, habitantes de esa Galilea oscura para que a través de sus penumbras los demás hombres puedan sentir la gloria de la luz divina y no el resplandor del orgullo o la prepotencia humana.

Nosotros somos también llamados por esta Palabra a formar parte del grupo de Jesús. Proclamemos desde nuestras oscuridades que el Reino de Dios está cerca y que necesitamos convertirnos a él de corazón.

Acompañemos a Cristo en ese dar luz a todas las oscuridades de este mundo, llevando esperanza, curando, estando cerca de quien sufre para que la luz de Cristo ilumine y salve. No nos convirtamos en protagonistas de ningún trabajo por el reino de Dios, sino en servidores del mismo. No nos empeñemos tanto en bautizar o imponer nuestros ritos y religiones cuanto en anunciar francamente la Palabra liberadora. Dejemos a Dios ser Dios y nosotros limitémonos a ser ventanas transparentes de su gloria.

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Para la celebración

Lecturas

1ª Lectura

Lectura del profeta Isaías (8,23b-9,3)

En otro tiempo el Señor humilló el país de Zabulón y el país de

Neftalí; ahora ensalzará el camino del mar, al otro lado del

Jordán, la Galilea de los gentiles. El pueblo que caminaba en

tinieblas vio una luz grande; habitaban tierra de sombras, y

una luz les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se

gozan en tu presencia, como gozan al segar, como se alegran

al repartirse el botín. Porque la vara del opresor, y el yugo de

su carga, el bastón de su hombro, los quebrantaste como el

día de Madián.

Salmo responsorial (26)

El Señor es mi luz y mi salvación.

El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?

El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar? R.

Una cosa pido al Señor, eso buscaré:

habitar en la casa del Señor por los días de mi vida;

gozar de la dulzura del Señor, contemplando su templo. R.

Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida.

Espera en el Señor, sé valiente,

ten ánimo, espera en el Señor. R.

2ª Lectura

Lectura de la 1ª carta a los Corintios (1,10-13.17)

Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo:

poneos de acuerdo y no andéis divididos. Estad bien unidos

con un mismo pensar y sentir. Hermanos, me he enterado por

los de Cloe que hay discordias entre vosotros. Y por eso os

hablo así, porque andáis divididos, diciendo: “Yo soy de Pablo,

yo soy de Apolo, yo soy de Pedro, yo soy de Cristo.” ¿Está

dividido Cristo? ¿Ha muerto Pablo en la cruz por vosotros?

¿Habéis sido bautizados en nombre de Pablo? Porque no me

envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el Evangelio, y no con

sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo.

EVANGELIO

Mateo 4,12-23

Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan, se retiró a Galilea.

Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio

de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que habla dicho el profeta Isaías:

“País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del

Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio

una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una

luz les brilló.” Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: “Convertíos,

porque está cerca el reino de los cielos.”

[Pasando junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, al que

llaman Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando el copo en

el lago, pues eran pescadores. Les dijo: “Venid y seguidme, y os haré

pescadores de hombres.” Inmediatamente dejaron las redes y lo

siguieron. Y, pasando adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago,

hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes

con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron

la barca y a su padre y lo siguieron. Recorría toda Galilea, enseñando en

las sinagogas y proclamando el Evangelio del reino, curando las

enfermedades y dolencias del pueblo.]

Acción de gracias

En tierra oscura se derramó la gracia.

Todo empezó con la sombra

que cubrió a la Nazarena

para que en ella la humanidad entera

diera a luz en tierra de penumbra

bajo la luz de una estrella.

Así vino al mundo

La Luz que brilla, pero no quema,

en el claroscuro de los rostros apagados

que siguen conservando

la esperanza de ser iluminados.

Bendita la sombra porque en ella

las luces pequeñas soles se tornan.

Bendita la tiniebla que encoge el alma

abatida por la culpa

y la torna bella

para que el hombre quede de su orgullo

todo derrotado.

Al calor de tu gracia incombustible

se abre como un retoño florecido

una llamada,

un latido recién amanecido.

La voz en el desierto se hace grito

que clama en los adentros

de la creación herida,

encendiendo ascuas que yacían dormidas

tras el oscuro manto de los ritos

vacíos de luz

y llenos de fulgores que deslumbran y ciegan

sin alumbrar la noche ni derretir el frío.

Es hora al fin de hacer salir de las sombras

los anhelos más nobles, escondidos,

de despertar el valor de los que esperan

a que les llegue el día en que el Aliento

aliente de nuevo sus suspiros.

¿Necesitas ayuda?

Acude al Centro Social (subida San Diego, 2) o llama al teléfono de la parroquia:

968 50 02 57