El “paz a vosotros” con que Jesús saluda a sus discípulos siempre que se encuentra con ellos tras la resurrección, es mucho más que un saludo. Sólo quien ha conocido la guerra sabe lo que es el anhelo de la paz; solo quien ha experimentado la honda amargura del sufrimiento es capaz de reconocer y experimentar la alegría del mensaje del resucitado.
Humanamente no hay solución cuando nos dejamos atrapar por los miedos y fracasos de la vida. Sin embargo, desde la experiencia de la resurrección, los cristianos celebramos al Dios que rompe nuestros miedos, revienta nuestras cerraduras, traspasa nuestros muros y entra en nuestra casa de una forma sorprendente, sin saber cómo ni por dónde. Con Él viene el deseo de paz; una paz que los discípulos no tenían todavía.
El miedo nos hace confundir la paz con la tranquilidad. ¿Qué se busca cuando nos aislamos? ¿Qué pretendemos cuando nos cerramos en banda? ¿Cuál es nuestra meta cuando evitamos todo contacto con el mundo exterior? Muchas veces decimos: “déjame en paz”, pero confundimos la palabra “paz” con la palabra “tranquilidad”; y no es lo mismo. Mirando el ejemplo de los discípulos lo entendemos rápidamente: ellos buscan estar tranquilos, seguridad, bienestar… Para ello nada mejor que encerrarse. Pero con encerrarse no se soluciona nada; al contrario, el ambiente se enrarece. Por ello Dios resucitado rompe ese cerrojo e irrumpe en nuestras vidas de una forma tan impresionante que nos cuesta reconocerlo. A veces es más fácil seguir aferrados a las dudas que tener el valor de aventurarse en el camino de la confianza. La duda nos aprisiona; tal vez nos da seguridad, pero nos quita la paz rompiendo en equilibrio de nuestras vidas. Esta falta de equilibrio y armonía vital es un síntoma de que todavía no acabamos de encontrarnos con el Resucitado. ¿Qué otra cosa puede traer Dios más demoledora contra nuestras inseguridades y miedos que su paz? Por eso el saludo “Paz a vosotros” sigue siendo tan necesario.
Es más fácil velar la memoria de un muerto que festejar su paso a la vida. Seguimos anclados en el hombre viejo sin destapar el regalo de la inmortalidad que recibimos en el bautismo. Muchas personas convierten a sus difuntos más en un lastre para sus vidas que en un aliciente para seguir luchando y anhelando el día del reencuentro con ellos. Nada más alejado de la fe en el Resucitado.
Esta es una de las asignaturas pendientes más importantes de los cristianos en el mundo de hoy: recuperar la dimensión de victoria y triunfo frente a un mundo decadente; anunciar con nuestras vidas, y sin lutos, que nuestro Dios es el Dios de la vida; que hay una esperanza que aparece cuando menos la esperamos; que hay un camino abierto en la jungla de nuestros miedos; que la victoria final no sólo es una posibilidad, sino una realidad.
Pero la paz es peligrosa porque nos hace libres y nos obliga a abrir los ojos. Vivir encerrados en nuestros miedos es la tentación más fácil; por eso dudamos y nos resistimos al Resucitado. Él nos dice “¿Por qué os alarmáis? ¿Por qué surgen dudas en vuestro interior?” Ver la verdad es duro porque nos obliga a movernos de sitio, y hemos de reconocer que el cristianismo de hoy es una religión perezosa, empeñada todavía más en conservar las viejas tradiciones que en abrir nuevas sendas en el desierto. No nos gustan las cosas malas, por ello cuando sobrevienen preferimos darles la espalda, enterrar nuestra cabeza como el avestruz y no aceptar la cruz. Tal vez así pongamos algo de sosiego en el corazón, aunque sea un sosiego falso; pues no vivir ni aceptar nuestras cruces supone incapacitarse para la vida que siempre se abre tras ellas.
Cristo come con nosotros, demostrándonos que no predicamos a un fantasma; que la realidad de la resurrección no es sólo un efecto psicológico, una alucinación o una escapada hacia adelante. Resucitar no sólo es posible, sino que es una experiencia de la cual podemos empezar a disfrutar ya. Nuestras vidas muertas por el pecado y sepultadas por el miedo están empezando a ser recuperadas por Dios, un Dios que muere en nosotros y baja a nuestros infiernos para, desde ahí, hacer banquete con nosotros, mostrarnos sus llagas abiertas y tendernos la mano para que le acompañemos en una aventura que empieza en el preciso momento en el que damos el primer paso hacia el horizonte.
Es tiempo de optar por la esperanza. La vida es posible. El mal hay que asumirlo, pero superarlo; el viernes santo no ha sido el final de la pascua. Dejemos que el Señor nos abra el entendimiento para reconocerle; comprendamos que Dios escribe en la biblia de la vida, aunque sea con la tinta roja de su propia sangre derramada en la cruz. Ese gesto supremo de amor es una Palabra de vida pronunciada en silencio; una Palabra que nos sigue interpelando hoy, llamándonos a la libertad. Pues bien, ya estamos liberados. Aprendamos ahora a sacudirnos las cadenas y demos el primer paso hacia la plena libertad en este tiempo de gracia y alegría.
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