Una vez terminada la explosión primaveral con la que celebramos la resurrección de Cristo, nos disponemos a desplegar poco a poco el maravilloso significado que este acontecimiento tiene para la historia de la humanidad en general y para nuestras vidas en particular.
Contamos para ello, como siempre, con la riqueza de la Palabra de Dios que la liturgia nos ofrece. A través de esta Palabra descubrimos cómo unos hombres desorientados por la muerte del maestro y amigo, y atemorizados por la persecución que desencadena la continuación del anuncio de su mensaje, son capaces de asumir con valentía y coraje la tarea de continuar la misión que recibieron. ¿Qué pudo ocurrir para que se produjera este cambio? ¿Qué tendría que ocurrir en nuestras vidas para que también nosotros fuéramos capaces de dar ese giro radical? Lo que ocurrió lo encontramos implícitamente en el primer anuncio (llamado “Kerigma”) de aquellos hombres. Este primer anuncio es como un resumen de su experiencia de fe sintetizado en tres mensajes centrales que podemos ver en la primera lectura: o El poder de este mundo crucificó a Cristo, pero Dios los resucitó y ahora VIVE. o Jesús resucitado es el SEÑOR que culmina la Alianza de Dios con los hombres. o Ante este hecho transcendental, debemos convertirnos y cambiar de vida.
Con la experiencia de la resurrección ya no hay fracaso humano que no se pueda superar. Los poderes de este mundo buscan personas “obedientes” que, como corderitos, sigan sin rechistar sus dictámenes; se trata de inocular una obediencia PASIVA en la que los de arriba piensan y deciden, mientras que los de abajo sólo acatan. Pero Cristo resucitado rompe con esta metodología que usa el miedo y el castigo como amenaza.
Cristo nos ofrece un tipo de obediencia nueva: la obediencia a Dios, que no es pasiva, si no ACTIVA. Porque obedecer a Dios no implica la dejación del deber de pensar y actuar en conciencia. Obedecer a Dios supone estar en sintonía con él; no es una mera recepción de órdenes y preceptos que nos llegan a través de intermediarios, sino una relación personal que nos abre a una vivencia en libertad, incluso asumiendo el error de negarle (como Pedro), y siempre desde la certeza de estar vinculados por un lazo irrompible, cimentado sobre el amor divino y no sobre la frágil condición humana. Se trata de obedecer no como corderos que deben ser protegidos, si no como creyentes que siguen al Cordero que se inmola por amor, sin más protección ni defensa que la verdad.Una de esas experiencias de encuentro con el resucitado que nos cambia la vida la tenemos en el evangelio de hoy. Al margen de las resonancias que tiene con otros textos evangélicos (la pesca milagrosa, la multiplicación de los panes o las negaciones de Pedro), en este evangelio podemos encontrar un proceso de fe por el que, desde el fracaso y la oscuridad, se puede encontrar la luz del resucitado que transforma la vida. Veamos brevemente la secuencia del evangelio y algunas posibles implicaciones en nuestras vidas.
El contexto inicial es de fracaso. Los discípulos, tras la muerte del maestro, han vuelto a sus orígenes: su trabajo cotidiano. No hay ningún ambiente especial de oración que haga presagiar lo que está a punto de ocurrir. Por el contrario, es de noche (noche también espiritual); Pedro se ha empecinado en trabajar por su cuenta (algo muy acorde con su carácter); los otros discípulos no lo dejan solo y se van con él. Son siete discípulos (número de plenitud y de apertura a toda la humanidad).
Como era de esperar, el trabajo es en vano.
Amanece; y con esa luz del nuevo día aparece una figura en la orilla que primero pregunta por el resultado de la faena y luego ofrece una vía alternativa. No hay nada que perder y en su nombre se vuelven a echar las redes. ¿Quién ese hombre que sin ser pescador conoce mejor que los pescadores profesionales qué hacer para dar fruto? Es Jesús resucitado; pero únicamente el “discípulo amado” es capaz de reconocerlo. Pedro, el más bravucón de todos, está semidesnudo; comenzó a perder su ropa y a mostrar sus vergüenzas cuando negó a Jesús tres veces, pero ahora, el mero hecho de oír que es el Señor le hace ceñirse la túnica, como vio que se la ciñó el maestro cuando le lavó los pies, y lanzarse al mar de la vida porque no puede esperar ni un segundo más para comprobar si es él de verdad o sólo un espejismo en la orilla.
Jesús se adelanta y les prepara un banquete en el que les dará de comer, porque él ya no lo necesita. Es él, resucitado. Su presencia, sin embargo, no agota el misterio de su resurrección. No se trata de una aparición definitiva, pues de ser así los discípulos ya estarían en el paraíso y no necesitarían comer ni reafirmar su fe. Sin duda es él, pero su aparición únicamente es reconocida desde la fe. Cristo aparecido tiene cuerpo, pero el cuerpo no deja de ser un medio necesario para relacionarse. La experiencia de la resurrección es sin duda una experiencia de RELACIÓN con Cristo vivo; por ello necesitamos de su cuerpo y del nuestro; necesitamos su comida, sus palabras, su presencia encarnada incluso tras su paso por la tumba… con todo, ello no agota el misterio; no podemos identificar el cuerpo aparecido de Cristo resucitado con la totalidad de su SER eterno; de ser así y como ya hemos dicho, estaríamos plenamente en su presencia; y basta con mirar nuestras vidas y las de aquellos pobres pescadores de Galilea para darnos cuenta que nos queda un largo camino hasta que aprendamos a no ceñirnos por nosotros mismos el cincho de nuestra razón y de nuestro orgullo, dejando que sea Dios el que nos ciña y nos lleve a donde no queremos ir.De lo que se trata es de dar el paso de la prepotencia a la confianza, de la razón empírica a la fe, de las apetencias al amor desinteresado… he ahí la pascua, el proceso a través del cual Cristo resucitado nos invita a seguirle para resucitar con él.
Pedro da ese paso como lo ha dado antes el misterioso “discípulo amado”. Tal vez ese discípulo amado sea el mismo Pedro, aunque él no lo sepa, o tal vez nosotros, o ese niño que llevamos dentro y que cree sin tantas complicaciones. Porque el discípulo amado es aquél que es capaz de relacionarse con Cristo desde lo profundo, en una relación cordial. A Pedro le cuesta ese paso porque todavía no ha dejado salir fuera su identidad de “discípulo amado” que sigue resistiéndose; por eso cuando Jesús le pregunta dos veces si le “ama”, él le contesta simplemente que “le aprecia”. La tercera vez, Jesús parece ponerse serio y usando el mismo verbo que Pedro usa en sus respuestas, le pregunta si le “aprecia” de verdad; Pedro ya no tiene más respuestas; sabe que es incapaz de amar de verdad y por ello no quiere repetir el mismo error que le llevó a negar tres veces al que antes había prometido acompañar hasta la muerte.
Finalmente, Pedro entenderá que amar es hacer lo que Dios espera: obedecerle para ser libre, entregarse para ganarse, morir para vivir a sí mismo y dejar que aflore ese “discípulo amado” capaz de llegar hasta el martirio. Cuando aparece esa intuición, Jesús no tiene más que repetir la misma petición que le dirigió años atrás, cerrando el círculo de la llamada: “Tú sígueme”.
Nosotros, como Pedro, muchas veces hemos caído en el orgullo, en el poder, en la bravuconería. Pero también hemos aprendido que seguirle es algo más que bonitas palabras; seguir a Jesús es dar la vida con él sin esperar nada a cambio, entregándose por completo hasta el último aliento de vida. Nuestro deber, como creyentes, es ahondar en esa experiencia de vida, haciendo nuestra la liturgia de alabanza que se nos propone en el libro del Apocalipsis. Toda la creación es una aparición de Cristo resucitado. Todo nos habla del amor de Dios que supera todo dolor, muerte, enfermedad… Dios es nuestro aliado, esperando no sólo tras la cruz y la tumba, sino dejándose traspasar por nosotros en nuestros sufrimientos y bajando con nosotros a nuestras tumbas. Sólo desde ese amor es capaz de resucitarnos sin que nos escapemos de sus manos irremediablemente. Este Dios no necesita nuestra alabanza, somos nosotros los que no podemos hacer otra cosa más que alabarle; no hacerlo nos esclavizaría a los poderes de este mundo, desdiciendo lo que con tanta claridad el universo proclama. Unamos nuestras voces a la de toda la historia humana representada en los 24 ancianos (12 tribus del antiguo testamento más 12 discípulos del nuevo). Unámonos también a las voces de los cuatro vivientes, símbolo de todo el universo conocido (cuatro estaciones, cuatro elementos, cuatro puntos cardinales…) y a la de los ángeles, para alabar y bendecir no a un cordero que obedece a los poderes de este mundo, sino únicamente al Padre, sacrificándose por esa obediencia para librarnos del poder de la muerte.
Documento de la semana
Lecturas, homilía y oraciones para leer, imprimir o compartir · 256,9 KB