La Resurrección de Cristo, más que una creencia, es una auténtica experiencia transformadora. La fe cristiana en la resurrección supone empezar a sentir y a vivir aquí y ahora el triunfo de la vida, aunque no sea plenamente. Sabemos que el reino de los cielos todavía no ha llegado, pero ello no significa que esté tan lejos como pudiéramos pensar.
Dios, lejos de ser un Dios ausente, se acerca a través de Cristo aparecido como compañero de camino en nuestra cotidianidad. La lectura de los Hechos de los apóstoles, nos ofrece un discurso de Pedro en compañía de los once; es decir, un discurso y un testimonio comunitario. El testimonio cristiano no consiste en trasmitir la propia fe de forma individual, sino la fe de la Iglesia. La verdadera fe no está sometida a la tiranía del subjetivismo, sino al diálogo compartido que exige sinceridad, escucha activa y una gran capacidad de asombro y ensimismamiento en los pequeños detalles que exceden nuestro estrecho mundo. Pedro no habla de ideas, sino que parte de la realidad tal y como él y toda la Iglesia la experimentó. La fe no es un sistema teórico, sino una lectura de la vida, una interpretación de los acontecimientos históricos en los cuales Dios ha actuado mostrándonos su rostro. La fe siempre va enganchada a la realidad. Dicho de otra forma: la realidad es como un lugar o un espacio teológico de encuentro con el Señor.
Pero para tener esta experiencia hemos de estar en camino; un camino que no se hace en solitario, sino sinodalmente (caminando juntos). Por ello en el salmo cantamos “el Señor nos enseñará el sendero de la vida”. No importa que el camino sea un camino de miedo o de huida, como es el caso de los discípulos de Emaús, pues lo importante es estar en movimiento, caminar, seguir buscando.
El pasaje de los discípulos de Emaus, es una joya literaria y pedagógica que sintetiza la experiencia cristiana a la luz de la resurrección. Bien merece analizarlo por partes, aunque sea un poco largo: 1. Todo comienza con un camino de derrota y huida; los discípulos huyen de Jerusalén, lugar de la muerte y del fracaso, buscando el refugio de una pequeña aldea: Emaús. Se conforman con un pequeño consuelo frente al terrible naufragio de sus grandes sueños. ¿No buscamos también nosotros nuestro “Emaús” particular, esos pequeños lugares de consuelo lejos de la realidad y de la verdad de la que huimos? 2. Pero en ese camino, Jesús se pone a caminar con ellos, sin tratar de convencer, sin aspavientos; Jesús se hace el compañero de camino adaptándose al ritmo de los discípulos, simplemente escuchando el gemir de su corazón.3.
Jesús escucha y su escucha es sanadora. ¡Cuánta necesidad tiene nuestro mundo de ser escuchado! El camino sigue siendo errado, pero a Dios no le importa andar por caminos equivocados porque Él está donde están sus hijos, aunque caminen por sendas de fracaso. Dios no vive anclado en la verdad reclamando desde la distancia a los que andamos perdidos que caminemos hacia Él. Nuestro Dios sabe perderse con los perdidos para que todo el mundo pueda encontrar su camino. Pero no dirige, sino que acompaña; y no recrimina más que cuando en el corazón no quedan fuerzas para una queja más. Cuando toda queja y pena ha logrado ser extirpada por el poder de la confesión y de la escucha activa, el corazón queda listo para la siembra. 4. Jesús interpreta lo sucedido. Se trata de recomponer el vestido deshilachado y retejerlo nuevamente hasta formar un traje nuevo con el mismo hilo. La resurrección que comenzamos a experimentar en este mundo no desprecia la materia previa (el cuerpo); no se trata de una reencarnación que valora sólo el alma, sino que también dignifica el cuerpo que junto con esa alma forman un único e irrepetible ser. La palabra y el desahogo dejan paso a la voz del amigo, al “machete” que en la espesura de nuestra selva de ideas y sentimientos confusos y caóticos abre sendas y despeja el camino para que podamos ver el horizonte escondido tras la frondosidad que nos envuelve. 5. “Quédate con nosotros”. Es el corazón el que habla ante una oscuridad iluminada súbitamente por alguien que nos entiende, encendiendo llamas de pasión en el corazón. No lo sabemos, pero lo intuimos; no comprendemos, pero atisbamos que tras esa persona hay vida; por ello no queremos separarnos de él.
Dios no se autoinvita a nuestra casa ni a nuestra mesa; él se deja invitar, sin forzarnos. Hubo veces en las que pasó de largo en nuestra vida. ¡Qué tristeza dejar que Dios pase sin quedarse!
¡Qué pena dejar ir a Dios! No será así en este caso; los discípulos le piden quedarse; y nosotros con ellos clamamos: ¡Quédate con nosotros que la noche nos envuelve y sólo tus palabras nos iluminan y alientan! 6. Eucaristía: la fracción del pan. Dios se mete por los ojos antes que por la boca; en el hecho de romperse, de partirse y repartirse, descubrimos su presencia y reinterpretamos el camino andado. De repente todo se llena de sentido; la luz se abre paso en la noche y el corazón aprende a ver lo que las pasiones cegaban. Su presencia física ya no es necesaria porque nuestra vida no se agota en lo empírico; comprendemos que la Vida de Dios transciende nuestro pequeño mundo, abrazándolo, pero nunca suprimiéndolo.7. ¡Es verdad!
¡Ha resucitado! El testimonio de los otros es entendido ahora desde la propia experiencia; tarde o temprano, en la sinceridad del corazón, cada ser humano ha de responder a esa llamada de Dios en la fracción del pan; en ese darse generoso en la misa de la vida, en la Eucaristía del mundo. Los discípulos cambian el rumbo, olvidan el pequeño consuelo de Emaús y, renovados, regresan a Jerusalén, lugar del sufrimiento, del fracaso, de la cruz y del martirio. Pero ahora vuelven como testigos para compartir con los compañeros la alegría del encuentro con Cristo.
Los testigos del Dios vivo somos mensajeros de vida para aquellos que andan enredados en sombras de muerte, naufragando a la deriva por caminos mediocres que sólo llevan a. un pequeño “Emaús”. Salgamos a los caminos sin importarnos si vamos de ida o de vuelta, buscando peregrinos con los que hacernos los encontradizos. En el camino hemos de escuchar con paciencia ayudándoles a interpretar sus vidas a la luz de la fe. Y cuando llegue el momento, dejémonos invitar a compartir el pan y el vino, pues en ese gesto será sencillo descubrir la fraternidad divina, el Dios con nosotros que nos abre los ojos para ver más allá de lo aparente ensanchando nuestros estrechos horizontes.
Notemos por último que el pasaje de los discípulos de Emaús, es a la vez una representación del itinerario de la iniciación cristiana que lleva a la fe. La búsqueda de consuelo y de sentido de la vida; el encuentro con Jesús y el desahogo son parte de una primera etapa, denominada “misión”. La escucha de su Palabra y la invitación a quedarse con él se corresponde con el periodo de la catequesis. Finalmente, la celebración de la Eucaristía nos introduce en el sentido y en la necesidad de expresar sacramentalmente la experiencia de la fe, iluminando la vida para regresar al lugar de origen como misioneros y testigos. Así, el camino de Emaús no es un camino sólo de ida, sino de ida y vuelta, pero una vuelta renovada y renovadora, transformada y transformadora.
Al mismo tiempo (y he aquí la maravilla de este texto) se representa la liturgia de la celebración Eucarística, culmen y fuente de nuestra fe.
Si miramos bien podremos descubrir en el esquema del relato de los discípulos de Emaús los momentos más importantes de la celebración eucarística: La venida a la Iglesia buscando el consuelo, el encontrarse con Jesús en la comunidad, la confesión previa de nuestros pecados, la escucha de su Palabra, la fracción del pan en la que reconocemos su presencia y, finalmente, la vuelta a nuestra vida cotidiana, renovados y convertidos en testigos de la fe en el resucitado. Vemos así la íntima unión entre el itinerario del creyente y la expresión de su fe. Vida y liturgia se convierten así en los raíles paralelos que nos trazan el camino y nos permiten avanzar en nuestra vida espiritual.
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