Homilías

Domingo III de Pascua (Ciclo A)

Homilía del Domingo III de Pascua (Ciclo A)

La Resurrección de Cristo, más que una creencia, es una auténtica experiencia transformadora. La fe cristiana en la resurrección supone empezar a sentir y a vivir aquí y ahora el triunfo de la vida, aunque no sea plenamente. Sabemos que el reino de los cielos todavía no ha llegado, pero ello no significa que esté tan lejos como pudiéramos pensar.

Dios, lejos de ser un Dios ausente, se acerca a través de Cristo aparecido como compañero de camino en nuestra cotidianidad. La lectura de los Hechos de los apóstoles, nos ofrece un discurso de Pedro en compañía de los once; es decir, un discurso y un testimonio comunitario. El testimonio cristiano no consiste en trasmitir la propia fe de forma individual, sino la fe de la Iglesia. La verdadera fe no está sometida a la tiranía del subjetivismo, sino al diálogo compartido que exige sinceridad, escucha activa y una gran capacidad de asombro y ensimismamiento en los pequeños detalles que exceden nuestro estrecho mundo. Pedro no habla de ideas, sino que parte de la realidad tal y como él y toda la Iglesia la experimentó. La fe no es un sistema teórico, sino una lectura de la vida, una interpretación de los acontecimientos históricos en los cuales Dios ha actuado mostrándonos su rostro. La fe siempre va enganchada a la realidad. Dicho de otra forma: la realidad es como un lugar o un espacio teológico de encuentro con el Señor.

Pero para tener esta experiencia hemos de estar en camino; un camino que no se hace en solitario, sino sinodalmente (caminando juntos). Por ello en el salmo cantamos “el Señor nos enseñará el sendero de la vida”. No importa que el camino sea un camino de miedo o de huida, como es el caso de los discípulos de Emaús, pues lo importante es estar en movimiento, caminar, seguir buscando.

El pasaje de los discípulos de Emaus, es una joya literaria y pedagógica que sintetiza la experiencia cristiana a la luz de la resurrección. Bien merece analizarlo por partes, aunque sea un poco largo: 1. Todo comienza con un camino de derrota y huida; los discípulos huyen de Jerusalén, lugar de la muerte y del fracaso, buscando el refugio de una pequeña aldea: Emaús. Se conforman con un pequeño consuelo frente al terrible naufragio de sus grandes sueños. ¿No buscamos también nosotros nuestro “Emaús” particular, esos pequeños lugares de consuelo lejos de la realidad y de la verdad de la que huimos? 2. Pero en ese camino, Jesús se pone a caminar con ellos, sin tratar de convencer, sin aspavientos; Jesús se hace el compañero de camino adaptándose al ritmo de los discípulos, simplemente escuchando el gemir de su corazón.3.

Jesús escucha y su escucha es sanadora. ¡Cuánta necesidad tiene nuestro mundo de ser escuchado! El camino sigue siendo errado, pero a Dios no le importa andar por caminos equivocados porque Él está donde están sus hijos, aunque caminen por sendas de fracaso. Dios no vive anclado en la verdad reclamando desde la distancia a los que andamos perdidos que caminemos hacia Él. Nuestro Dios sabe perderse con los perdidos para que todo el mundo pueda encontrar su camino. Pero no dirige, sino que acompaña; y no recrimina más que cuando en el corazón no quedan fuerzas para una queja más. Cuando toda queja y pena ha logrado ser extirpada por el poder de la confesión y de la escucha activa, el corazón queda listo para la siembra. 4. Jesús interpreta lo sucedido. Se trata de recomponer el vestido deshilachado y retejerlo nuevamente hasta formar un traje nuevo con el mismo hilo. La resurrección que comenzamos a experimentar en este mundo no desprecia la materia previa (el cuerpo); no se trata de una reencarnación que valora sólo el alma, sino que también dignifica el cuerpo que junto con esa alma forman un único e irrepetible ser. La palabra y el desahogo dejan paso a la voz del amigo, al “machete” que en la espesura de nuestra selva de ideas y sentimientos confusos y caóticos abre sendas y despeja el camino para que podamos ver el horizonte escondido tras la frondosidad que nos envuelve. 5. “Quédate con nosotros”. Es el corazón el que habla ante una oscuridad iluminada súbitamente por alguien que nos entiende, encendiendo llamas de pasión en el corazón. No lo sabemos, pero lo intuimos; no comprendemos, pero atisbamos que tras esa persona hay vida; por ello no queremos separarnos de él.

Dios no se autoinvita a nuestra casa ni a nuestra mesa; él se deja invitar, sin forzarnos. Hubo veces en las que pasó de largo en nuestra vida. ¡Qué tristeza dejar que Dios pase sin quedarse!

¡Qué pena dejar ir a Dios! No será así en este caso; los discípulos le piden quedarse; y nosotros con ellos clamamos: ¡Quédate con nosotros que la noche nos envuelve y sólo tus palabras nos iluminan y alientan! 6. Eucaristía: la fracción del pan. Dios se mete por los ojos antes que por la boca; en el hecho de romperse, de partirse y repartirse, descubrimos su presencia y reinterpretamos el camino andado. De repente todo se llena de sentido; la luz se abre paso en la noche y el corazón aprende a ver lo que las pasiones cegaban. Su presencia física ya no es necesaria porque nuestra vida no se agota en lo empírico; comprendemos que la Vida de Dios transciende nuestro pequeño mundo, abrazándolo, pero nunca suprimiéndolo.7. ¡Es verdad!

¡Ha resucitado! El testimonio de los otros es entendido ahora desde la propia experiencia; tarde o temprano, en la sinceridad del corazón, cada ser humano ha de responder a esa llamada de Dios en la fracción del pan; en ese darse generoso en la misa de la vida, en la Eucaristía del mundo. Los discípulos cambian el rumbo, olvidan el pequeño consuelo de Emaús y, renovados, regresan a Jerusalén, lugar del sufrimiento, del fracaso, de la cruz y del martirio. Pero ahora vuelven como testigos para compartir con los compañeros la alegría del encuentro con Cristo.

Los testigos del Dios vivo somos mensajeros de vida para aquellos que andan enredados en sombras de muerte, naufragando a la deriva por caminos mediocres que sólo llevan a. un pequeño “Emaús”. Salgamos a los caminos sin importarnos si vamos de ida o de vuelta, buscando peregrinos con los que hacernos los encontradizos. En el camino hemos de escuchar con paciencia ayudándoles a interpretar sus vidas a la luz de la fe. Y cuando llegue el momento, dejémonos invitar a compartir el pan y el vino, pues en ese gesto será sencillo descubrir la fraternidad divina, el Dios con nosotros que nos abre los ojos para ver más allá de lo aparente ensanchando nuestros estrechos horizontes.

Notemos por último que el pasaje de los discípulos de Emaús, es a la vez una representación del itinerario de la iniciación cristiana que lleva a la fe. La búsqueda de consuelo y de sentido de la vida; el encuentro con Jesús y el desahogo son parte de una primera etapa, denominada “misión”. La escucha de su Palabra y la invitación a quedarse con él se corresponde con el periodo de la catequesis. Finalmente, la celebración de la Eucaristía nos introduce en el sentido y en la necesidad de expresar sacramentalmente la experiencia de la fe, iluminando la vida para regresar al lugar de origen como misioneros y testigos. Así, el camino de Emaús no es un camino sólo de ida, sino de ida y vuelta, pero una vuelta renovada y renovadora, transformada y transformadora.

Al mismo tiempo (y he aquí la maravilla de este texto) se representa la liturgia de la celebración Eucarística, culmen y fuente de nuestra fe.

Si miramos bien podremos descubrir en el esquema del relato de los discípulos de Emaús los momentos más importantes de la celebración eucarística: La venida a la Iglesia buscando el consuelo, el encontrarse con Jesús en la comunidad, la confesión previa de nuestros pecados, la escucha de su Palabra, la fracción del pan en la que reconocemos su presencia y, finalmente, la vuelta a nuestra vida cotidiana, renovados y convertidos en testigos de la fe en el resucitado. Vemos así la íntima unión entre el itinerario del creyente y la expresión de su fe. Vida y liturgia se convierten así en los raíles paralelos que nos trazan el camino y nos permiten avanzar en nuestra vida espiritual.

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Para la celebración

Lecturas

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles (2,14.22-33)

El día de Pentecostés Pedro, poniéndose en pie junto a los once,

levantó su voz y con toda solemnidad declaró:

«Judíos y vecinos todos de Jerusalén, enteraos bien y escuchad

atentamente mis palabras. A Jesús el Nazareno, varón acreditado por

Dios ante vosotros con los milagros, prodigios y signos que Dios realizó

por medio de él, como vosotros mismos sabéis, a este, entregado

conforme al plan que Dios tenía establecido y previsto, lo matasteis,

clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos. Pero Dios lo

resucitó, librándolo de los dolores de la muerte, por cuanto no era posible

que esta lo retuviera bajo su dominio, pues David dice, refiriéndose a él:

-Veía siempre al Señor delante de mí,

pues está a mi derecha para que no vacile. Por eso se me alegró el

corazón, exultó mi lengua, y hasta mi carne descansará esperanzada.

Porque no me abandonarás en el lugar de los muertos, ni dejarás que tu

Santo experimente corrupción. Me has enseñado senderos de vida, me

saciarás de gozo con tu rostro-.

Hermanos, permitidme hablaros con franqueza: el patriarca David murió

y lo enterraron, y su sepulcro está entre nosotros hasta el día de hoy.

Pero como era profeta y sabía que Dios -le había jurado con juramento

sentar en su trono a un descendiente suyo-, previéndolo, habló de la

resurrección del Mesías cuando dijo que -no lo abandonará en el lugar

de los muertos. y que -su carne no experimentará corrupción-.

A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.

Exaltado, pues, por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la

promesa del Espíritu Santo, lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo

y oyendo».

Salmo responsorial (Sal 15,1-2.5.7-8.9-10.11)

Señor, nos enseñarás el sendero de la vida.

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.

Yo digo al Señor: «Tú eres mi Dios».

El Señor es el lote de mi heredad y mi copa,

mi suerte está en tu mano. R/.

Bendeciré al Señor, que me aconseja,

hasta de noche me instruye internamente.

Tengo siempre presente al Señor,

con él a mi derecha no vacilaré. R/.

Por eso se me alegra el corazón,

se gozan mis entrañas,

y mi carne descansa esperanzada.

Porque no me abandonarás en la región de los muertos,

ni dejarás a tu fiel ver la corrupción. R/.

Me enseñarás el sendero de la vida,

me saciarás de gozo en tu presencia,

de alegría perpetua a tu derecha. R/.

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro (1,17-21):

Queridos hermanos:

Puesto que podéis llamar Padre al que juzga imparcialmente según las

obras de cada uno, comportaos con temor durante el tiempo de vuestra

peregrinación, pues ya sabéis que fuisteis liberados de vuestra conducta

inútil, heredada de vuestros padres, pero no con algo corruptible, con oro

o plata, sino con una sangre preciosa, como la de un cordero sin defecto

y sin mancha, Cristo, previsto ya antes de la creación del mundo y

manifestado en los últimos tiempos por vosotros, que, por medio de él,

creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de

manera que vuestra fe y vuestra esperanza estén puestas en Dios.

Evangelio

Lucas (24,13-35):

Aquel mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos

de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de

Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo

que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona

se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces

de reconocerlo. Él les dijo: «¿Qué conversación es esa que traéis mientras

vais de camino?». Ellos se detuvieron con aire entristecido, Y uno de ellos,

que se llamaba Cleofás, le respondió: «Eres tú el único forastero en

Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?». Él les dijo:

«¿Qué?». Ellos le contestaron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un

profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo;

cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo

condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba

a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde

que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos

han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no

habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían

visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los

nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho

las mujeres; pero a él no lo vieron». Entonces él les dijo: «¡Qué necios y

torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que

el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?». Y, comenzando por

Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a

él en todas las Escrituras. Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él

simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:

«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».

Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el

pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les

abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista. Y se

dijeron el uno al otro: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba

por el camino y nos explicaba las Escrituras?». Y, levantándose en aquel

momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los

Once con sus compañeros, que estaban diciendo: «Era verdad, ha

resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón». Y ellos contaron lo que

les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el

pan.

Acción de gracias

Te doy la espalda, Señor; huyo del lacerante fracaso,

de los decapitados sueños, de las desvanecidas ilusiones.

Tú caminas conmigo; me sales al encuentro en cada paso,

en casa recodo del camino, en cada paisaje.

Caminas a mi ritmo, respetando mi cadencia;

no puedo dejarte atrás; me faltan fuerzas;

ni caminar tras de ti; siempre me esperas.

Preguntas y te bebes mis respuestas.

Empapado de mis quejas y lamentos

eres el único que escucha en un mundo de sordos;

el único que enseña desde el sagrado silencio que extiendes,

como un manto de respeto, que hace digno mi camino.

Porque haces mío tu silencio cuando vacío en ti mis soledades,

volcando en tu corazón abierto la pus que rebosan mis adentros.

Sólo entonces se abre tu boca como una flor en primavera

para llenar de color mi mundo en blanco y negro

y preparar la lámpara con la que soportar la amenazadora noche.

Porque siempre se hace de noche; siempre aparecen los miedos;

siempre se encoje en alma ante el oscuro manto y la negra niebla

que envuelve los pasos de quien camina solo.

“¡Quédate conmigo!”, grito, gritándome a mí mismo,

porque no eres tú sino yo quien teme ese tiempo maldito

que secuestra al sol, convirtiéndome en un náufrago

aplastado por la negrura de un indomable universo.

Soy yo el que te invito sin saberme el invitado;

y en la cálida y fraterna cena compartida

eres tú quien parte el pan con tus manos heridas;

manos habitadas por llagas que gritan tu nombre

en el silencio de la contemplación gozosa.

Sólo entonces comprendo que eres tú, mi Señor,

quien desde siempre has habitado mis miedos,

enterrado bajo incontables capas de losas temblorosas

que ahora se rompen, una a una, en mi interior.

Es cierto: ya no estás; desapareces de mis ojos,

pero tu presencia se hace más real que nunca.

Siento un viento tras de mí que no me deja seguir huyendo.

Me haces volver, Señor, al centro de mi fracaso,

al lugar donde la cruz forjó el terror de mi alma,

al espacio que hice fuente de mi inseguridad.

Pero ya no vuelvo solo, porque Tú vas conmigo;

ya no soy el mismo, porque Tú me renuevas

y en ti soy capaz de abrazarme a lo imposible;

porque estás vivo y con tu vida, que traspasa la mía,

eres el único capaz de sembrar en mí

la semilla de la vida.

¿Necesitas ayuda?

Acude al Centro Social (subida San Diego, 2) o llama al teléfono de la parroquia:

968 50 02 57