Nos estamos adentrando en el corazón de la cuaresma. Los domingos 3º, 4º y 5º (especialmente en el ciclo A) vienen marcados por textos litúrgicos relacionados con los llamados “escrutinios”. Se tratan de unos ritos de preparación inmediata al bautismo. Tal preparación utiliza los símbolos del agua, la luz y la vida. Pero no es el caso del ciclo C en el que nos encontramos. Con todo, no debemos reducir la cuaresma a nuestro entorno personal, sino pensar universalmente, pues en muchos lugares del mundo no pocos adultos se preparan en estos tres últimos domingos de cuaresma para celebrar su bautismo y por él, el nacimiento a una nueva vida que les hará hijos de Dios y miembros de la Iglesia.
En cuanto a nosotros, como pueblo de Dios, tenemos la oportunidad de renovar nuestro bautismo para tratar de evitar que la gracia de Dios, en él abierta, se acabe oxidando y cayendo en saco roto.
San Pablo nos lo advierte en su primera carta a los corintios poniendo como símbolo (“figura” lo llama él) al pueblo de Dios que, aún llamado a ser liberado a través del desierto, “no agradaron a Dios”, quedando su camino de libertad atascado en el camino que se suponía debía conducirle a la libertad. Se nos ha dicho muchas veces que el desierto en la biblia es más un símbolo que un lugar geográfico. Hablar de desierto es hablar de crisis necesaria, de prueba, de falta de apoyo, de incomodidad o esfuerzo… pero todo ello siempre ante el horizonte de la auténtica libertad y felicidad. No obstante, la Palabra de Dios no esconde la posibilidad de quedarnos instalados permanentemente en los procesos sin acabar de salir de ellos, bien por falta de fe o incluso por comodidad.
Ningún creyente debería sentirse seguro en este mundo porque esta vida no deja de ser un desierto pasajero (un valle de lágrimas) a través del cual comenzamos una salvación que sólo encuentra su plenitud tras la muerte.
No hemos de descartar la posibilidad de perecer. La cuaresma es un tiempo para recordar nuestra caducidad y límites, aprendiendo a situarnos antes ellos de una manera que nos haga crecer y madurar. Esta constatación no ha de utilizarse para infundir miedo, pues el miedo no es una buena herramienta pedagógica. Se trata, simplemente, de ser honestos y leales a la verdad; y si hay una verdad incontestable para creyentes o no creyentes es que todos sufrimos y todos morimos. Ahora bien, la forma de situarse y de explicar la injusticia de la muerte es muy variada, y ahí sí que Jesús tiene algo importante que decirnos para que la religión sea realmente liberadora y no una fuente manipuladora que use el miedo como método de manipulación o dominación.En el evangelio que hoy se nos propone vemos como ante la pregunta del porqué de la muerte de unos galileos a manos de Pilatos por defender la pureza del templo (por ello la alusión a la mezcla con la sangre de los sacrificios), Jesús amplía la dimensión del problema de la muerte injusta. Porque ya no es sólo que la maldad del ser humano provoque sufrimiento y muerte, sino que también los accidentes (como el derrumbe de la torre de Siloé) o los fenómenos naturales provocan un dolor, sufrimiento y muerte difíciles de explicar. Tanto en los males provocados por el hombre como por los accidentes o la naturaleza, el mal no discrimina, llevándose por delante vidas buenas y malas, inocentes y “merecedoras” de castigo. Aquí Jesús supera la teología de la retribución, según la cual Dios debería premiar a los buenos y castigar a los malos en este mundo. La realidad nos dice que no es así.
Todos hemos escuchado como uno de los motivos para no creer en Dios es la incongruencia que muchas personas tienen para asumir que, de existir Dios, pueda permitir la muerte injusta, ya sea a través de guerras, danas, terremotos, accidentes o cualquier otra calamidad imaginable. ¿Dónde estaría Dios en estas situaciones? Vemos así cómo Jesús no escurre el bulto ni oculta una realidad cruel que es al mismo tiempo desencadenante de creyentes o “fábrica” de ateos. Todos conocemos a personas que han empezado a creer y practicar su fe a raíz de la muerte de un ser querido y otras que han perdido la fe ante una experiencia similar. Jesús sólo responde a este dilema con su propia vida, abrazando la muerte, asumiendo su cruz y muriendo de la forma más cruel para redimir del mal desde dentro, incluso descendiendo a los infiernos.
Ahora bien, el problema no es tanto el porqué de las injusticias y de la muerte (pregunta trampa que no tiene respuesta en este mundo), sino el “para qué”. La forma de afrontar el problema es diferente, suponiendo el reto que Jesús nos hace: toda una propuesta de vida que no esconde el trágico final de toda vida humana, incluida la suya. Jesús descarta categóricamente que Dios esté detrás del sufrimiento y de la muerte. Dios no es la causa del mal, sino aquel que lo combate. Y lo hace sumergiéndose dentro de la injusticia y del dolor de sus hijos, incluso dentro del pecado, para desde dentro reclamar su conversión. Es decir, al igual que se hace con una llave de Judo, Dios utiliza la fuerza del mal y de la muerte para derrotar al enemigo. Ya que está ahí y que el mal y la muerte perturban su creación, Dios lo utiliza como palanca para provocar la reacción de sus criaturas, llegando incluso a valerse del pecado como la mejor “excusa” para amar más y esperar con más claridad el regreso de sus hijos pródigos.
La paciencia y la espera de Dios no tiene límites, pero nuestra vida humana sí. Una vida sin “fecha de caducidad” tal vez pudiera convertirse en un cheque el blanco para que las vidas laxas o mediocres se instalen en el conformismo o la comodidad, que es una muerte peor que la muerte biológica.Dios utiliza la muerte no como una amenaza ni como un castigo, sino ya que está ahí y es inevitable, como un aldabón que nos recuerda los límites de nuestra vida; no para asustarnos sino para prevenirnos.
Porque no hay mayor muestra de sinceridad y honestidad que decir a aquel que se ama lo que necesita oír, no lo que quiere oír. No queremos que nadie nos recuerde que vamos a sufrir y vamos a morir, pero es que esa es la realidad. Ante ella, con la misma sinceridad con la que Jesús nos habla, nos deja bien claro que él puede esperar todo el tiempo que sea necesario. Aunque no demos fruto, él no quiere talar la higuera sino trabajarla y dar un año más de plazo… El límite no lo marca Dios, sino la vida misma pues, aunque la paciencia de Dios es infinita, como ya hemos dicho antes la de la madre naturaleza no lo es; las leyes de este mundo no esperan a nadie, sea bueno o malo; nadie conoce el momento del desenlace final de su vida o del problema súbito que nos mutile o condicione física o psíquicamente. Este hecho, más que una amenaza, Jesús lo plantea como un aliciente para la conversión; un aviso a navegantes hecho con claridad y dureza, pero por puro amor y fidelidad a la humanidad.
El problema es cómo encontrarnos con Dios si nuestra vida es una huida permanente de su presencia. Cómo descubrir a Dios en la sequedad del desierto, o en la esterilidad de una vida que sólo da espinas… pues bien, la experiencia del encuentro de Moisés con Dios en la zarza que arde sin consumirse es un ejemplo fantástico de que este encuentro es siempre posible, sea cual sea nuestro momento vital. Sin duda, este texto bien merecería todo un retiro espiritual imposible de condensar en una homilía. De momento, baste recordar algunos detalles para introducir nuestra meditación sobre la escena y lo que ella puede significar en nuestra vida.
Pensemos en Moisés como un hombre “fracasado”, que se encuentra en el desierto porque tuvo que huir de Egipto. Su vida parece abocada a sobrevivir como pastor hasta su muerte. Su vida es, en realidad, como una zarza que sólo produce espinas, pero dentro de la cual existe todavía un fuego que arde y no se consume. Lo primero que hemos de hacer para encontrarnos con Dios es reconocer la esterilidad de nuestra vida, nuestra mediocridad. Sobrevivimos, pero no vivimos realmente. Buscamos la felicidad en la suma de pequeños placeres y satisfacciones inconexos, pero no hay nada que vertebre nuestro ser y lo haga suspirar por lo que hay más allá del horizonte. Vivimos acomodados en nuestros desiertos, resignados y autoconvencidos de que no hay nada que hacer.
Todos y cada uno de nosotros tiene una zarza dentro. Zarza en hebreo se pronuncia “seneh”, que fonéticamente se parece a “Sinaí”, montaña en la que la igual que en el Horeb, Moisés se encontrará con Dios; un encuentro que transformará por completo su vida.Hay detalles que merecen una atención espiritual mayor, como la curiosidad que siente Moisés hacia el fenómeno de la zarza, la dos veces que Dios pronuncia el nombre de Moisés o la petición de acercase descalzo a ese misterio. Podemos preguntarnos ¿Cuál es mi Horeb? ¿Es mi vida como una zarza de la que siento no haber fruto, sólo espinas?
¿Llevo algún fuego en mi corazón que no se consume a pesar de mis fracasos? ¿Mantengo viva alguna ilusión que haya resistido los años y permanezca instalada en mí como una voz incansable? ¿Soy una persona que cultiva la curiosidad como una forma inicial de apertura a un conocimiento mayor o me he instalado en actitudes dogmáticas y cerradas que no dejan crecer y madurar en mi fe? ¿Soy lo suficientemente humilde como para descalzarme ante Dios, quitándome aquello que me separa del suelo: mis ideas, criterios, prejuicios….?
Sólo tras esa primera experiencia nos será posible escuchar la voz de Dios. Así descubriremos que antes que nosotros miremos, Dios ya estaba mirando el sufrimiento y el dolor del mundo. Mucho antes de que nadie escuchara el clamor de los que sufren, Dios está escuchando permanentemente cada uno de los gritos del mundo; para Él no hay ningún grito que le sea indiferente. Mucho antes de que fijemos nuestra atención en la injusticia, Dios ya tiene sus ojos fijos en esa injusticia y quiere combatirla… pero nos necesita como sus ojos, sus oídos, sus manos y sus pies.
Por ello, toda experiencia de encuentro con Dios, especialmente la que se hace tras un fracaso vital que nos humilla, es una experiencia de apertura al sufrimiento de los demás. Dios no llama para aislarnos del dolor del mundo prometiéndonos un paraíso más allá de este. Él quiere que ese paraíso comience aquí y ahora, con una esperanza de la que somos portadores. Esa esperanza no es una ideología, sino gestos y acciones concretas encaminadas a sacar de la opresión a todos los que viven aplastados por las esclavitudes e injusticias de este mundo, incluyendo el pecado. Por eso el camino de la cuaresma es un camino de libertad a través del desierto. ¿Estás en ese camino? Sigue a tu corazón, déjate llevar por la atractiva curiosidad de la verdad y esa senda te llevará a Dios, aunque sea a través de la contemplación de una zarza que hay en tu corazón y que arde sin consumirse.
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