El ser humano necesita leyes; es una cuestión básica de supervivencia. Pero “quien hace la ley hace la trampa”. Es más, hay personas para las que saltarse la ley es motivo de orgullo. Toda religión que quiera dar forma coherente a la fe ha de articularse necesariamente en torno a algunas leyes. Pero, ¿Existen también trampas entre los creadores de leyes religiosas? Si no las hay, al menos lo parece. Una religión con trampas esconde en el fondo una falta de experiencia de Dios, es decir, manifiesta unas costumbres adquiridas en la familia o en la cultura que se realizan más por inercia que por convicción. En estas circunstancias es obvio que las leyes dejan de tener su razón de ser, convirtiéndose en un obstáculo a evitar. No nos extraña así que algunas parejas de novios, en países católicos, intenten eludir los cursillos prematrimoniales; o que los padres de los niños de primera comunión luchen porque sus hijos comulguen antes de que se pongan tan grandes “que parezcan una novia o un novio”, sin importar si están preparados o no; o que haya gente que se confiese para comulgar en gracia de Dios sin intención real de enmendar la conducta, sino simplemente para hacer una especie de borrón y cuenta nueva o por mera higiene psicológica.
Una gran tragedia de las personas religiosas es vivir la fe sin experiencia de Dios. La consecuencia es una religiosidad popular hecha a medida de las propias necesidades, es decir, la fe en un dios que no pasa de ser una burda imitación del Dios verdadero, una prolongación de aquello que nos conviene porque no pone en cuestión nuestro estilo de vida. Hemos olvidado la voz de Dios que nos interpela: ¡Yo soy tu Dios! Perdemos con demasiada facilidad la memoria para recordar que fuimos esclavos y que Él nos liberó. Nos anclamos con demasiada frecuencia en los lodazales de la vida, en los momentos bajos de dolor y muerte para mirar al cielo y clamar a Dios, bien sea pidiendo milagros como los judíos o razones como los griegos; pero pasamos de puntillas por las maravillas cotidianas desde las que Dios nos grita para que despertemos al Reino que está emergiendo en la historia. Siempre caminamos con prisas, sin tiempo para mirar, contemplar y agradecer. Con esta vida tan prosaica es imposible que emerja una fe verdadera. La religión sin experiencia de Dios lleva tarde o temprano a la injusticia: en esa religión las leyes no dan descanso al alma, sino trabajo y agobio; los mandatos no siembran el corazón de alegría sino de pena y remordimientos; las normas no aportan luz para ver, sino que obligan a caminar a ciegas, cumpliendo lo ordenado sin saber por qué y buscando atajos para salir del laberinto espiritual en el que nos ha metido la religión tradicional o nos hemos metido nosotros mismos.
Procurar allanar el camino para que los demás tengan una experiencia de Dios es una de las cosas más nobles que podemos hacer en esta vida. El creyente debería ser un abridor de ventanas a la eternidad, siendo el primero en asomarse por ellas para ensimismarse en la creación, invitando a los peregrinos, con los que comparte jornada, a que hagan lo mismo. Muchos pedirán milagros, como los judíos (símbolo de los prácticos); otros, razones como los griegos (símbolo del mundo racional y científico); pero todo ello no dejará de ser una excusa para no ver lo evidente.
No caigamos en la trampa de convertirnos en magos de feria para dar a los nuevos judíos su ración de milagreo y así calmar su sed de novedades; pero tampoco caigamos en el error de derivar en eruditos creyendo que podremos convertir con razones a los “griegos” de hoy, pues estos solo buscan palabras que se pierden en un círculo vicioso de preguntas y respuestas engarzadas que les anonada para no ver al Dios que está en la vida, no solo en los areópagos. Se puede ser ciego porque sólo se tiene ojos para lo práctico o porque sólo se quiere ver lo teórico. El cristiano es alguien que se reconoce también ciego, pero un ciego curado por Jesús, y al que se le abre un nuevo y maravilloso mundo, escándalo y necedad para muchos, pero para él vida y sabiduría divina.
Las lecturas de hoy son una invitación a renovar los mandamientos. No sirven copias ni variaciones; hay que ir a lo genuino, a lo puro, con radicalidad. Es el caso del evangelio en el que Jesús aparece poniendo los puntos sobre las íes y expulsando a los que comercian con el templo. Es curioso ver cómo trata a unos y otros. Por ejemplo, a los vendedores de animales grandes les echa a correazos, a los cambistas les tira las monedas por el suelo; sin embargo, a los mercaderes más pobres, aquellos que sólo comerciaban con palomas, sólo les pide que se vayan sin mostrar la misma furia de antes. Hoy, al contrario que Jesús, es posible que la religión se muestre hostil con los débiles y servil con los poderosos, porque es más fácil condenar a un pobre que amonestar a alguien influyente. Por desgracia, no siempre la diplomacia y los buenos modales a la hora de decir las cosas son sinónimo de verdad y de justicia.
Jesús ama al templo como expresión de la presencia de Dios, pero lo ama más allá de las piedras; lo ama porque es casa de oración, es decir, lugar donde reza el creyente. ¿Cómo se puede convertir el acto más sagrado del ser humano en un acto mercantil para enriquecer a una clase dominante a costa de la fe? Los dirigentes religiosos no eran tontos y rápidamente comprenden que el mensaje de Jesús va más allá de unos azotes a los vendedores de bueyes. Su verdadero látigo es la verdad de sus palabras y por ello Jesús se revela como una persona “peligrosa”; tanto que la única salida es matarle con tal de no perder la posición social. No será difícil de nuevo manipular la religión para, en nombre de ella y de Dios, dar rienda suelta a nuestras injusticias.
Jesús no mira lo externo, sino el corazón; y mirándolo sabe que en el “sí” de toda criatura hay una simiente incipiente de un “no” que brotará con miles de justificaciones a poco que se baje la guardia. ¿En qué medida nuestras religiones son hoy también un negocio? ¿En qué medida manipulamos a Dios para nuestro propio beneficio? Seamos sinceros y habremos dado el primer paso para empezar a echar de nuestro templo interior al hombre viejo que pretende negociar con la fe.
POESIA
No temo tanto a los sin ley como a quienes viven de ella.
Dios me guarde de mis guardianes: comadrones de amenazas, secuestradores de verdades que encierran en sus murallas.
Del ocio hacen negocio, ponen precio a la gracia, tejen leyes con puerta trasera para que siempre escape el cinismo ciego.
Dios y el dinero se dan la espalda y solo se abrazan en casa del hipócrita.
¡Ay de aquel que se deja seducir por sus lisonjas y cede sin reparo y se acostumbra a rezar al tiempo que las monedas danzan en sus manos!
¡Ay de quien abre su boca para vender plegarias y la cierra para pedir justicia!
¡Ay de mi si no arremeto contra aquellos que hacen de la casa de Dios una cueva de ladrones afamados, revestidos de palabras engañosas a la sombra del poder armado!
¡Ay de mí si mi casa o mi hacienda no son las de Jesús de Galilea; si no hay vergüenza en mis adentros y justifico mis mentiras maquillando de evangelio mis respuestas!