El tercer domingo de adviento es también llamado domingo de “gaudete”, que significa “domingo de la alegría”. Esto es así porque las lecturas de este domingo suelen tener como tema central este sentimiento que hace amable y llevadera la vida.
En la primera lectura vemos como Sofonías pide la alegría a su pueblo, porque Dios está en medio de él, espantando todos los males que lo afligen. Si miramos bien, descubriremos que el motivo de esa alegría es precisamente que Dios está en el centro de la vida para ser apoyo y fortaleza. A Dios le gusta eso: ser nuestro centro, como a los padres les gusta estar con sus hijos, o a los amigos estar con sus amigos sin ser ignorados. Si Dios no está en el centro, si no es lo más importante, nosotros estaremos tristes porque su lugar lo ocuparán otras cosas u otras personas a las que “divinizaremos”. Ya dijo el gran periodista y escritor inglés Chesterton que “cuando el ser humano deja de creer en Dios, empieza a creer en muchas tonterías”. Y lo dice el papa Francisco en Evangelii Gaudium: nuestra tristeza infinita sólo se cura con un amor infinito. Ese amor es Dios. Tenemos que gritar con júbilo la grandeza de nuestro Dios que está en medio de nosotros, evitando caer en la tentación de poner en su lugar otras cosas que, a la larga, nos hacen profundamente infelices.
La alegría no viene llovida del cielo, hay que convocarla y provocarla. Se la convoca esforzándose por pensar en positivo y se la provoca trabajando para que esos pensamientos se cumplan. Las preocupaciones no pueden ser el centro de nuestras vidas; tenemos que sacarlas fuera. Podemos preguntarnos ahora, ¿De qué forma saco fuera mis preocupaciones? ¿A quién se las digo? El mundo nos ofrece cauces para disimular y maquillar lo que nos preocupa, pero no nos quita su peso porque no nos escucha… usamos muchos medios para expresarnos, pero no sabemos comunicarnos porque nos escuchamos poco. Por eso seguimos tristes; cada vez más tristes, porque las preocupaciones que no se dicen se pudren en el corazón. Hay que aprender a hablar con Dios y desahogarnos con Él. Sólo así la paz de Dios custodiará nuestros corazones y evitará que otras tristezas acampen en él.
Sentir tristeza es inevitable, pero dejar que anide en nuestro corazón se puede evitar; depende de nosotros. “No podemos evitar que los pájaros revoloteen sobre nuestra cabeza, pero sí podemos evitar que construyan su nido en ella”. De nosotros depende aceptar con buen humor los pensamientos negativos que nos sobrevuelan o pasarnos la vida lamentándonos de que establezcan sus nidos en nuestros corazones. Callarse, no hacer nada, no sacudirse esos pensamientos negativos o no pedir ayuda para que alguien nos ayude a quitárnoslos es nuestra exclusiva responsabilidad. No culpemos a la vida o a Dios por ello.
Para construir la alegría hay que salir de uno mismo, de la propia comodidad; buscar a alguien con quien hablar de verdad, no para tapar la tristeza bajo la máscara de las apariencias, sino para poder expresarnos con sinceridad. Por eso el adviento es un buen tiempo para celebrar el sacramento de la reconciliación, cosa que es altamente aconsejable.
Somos convocados a hacer lo que tenemos que hacer. No son cosas nuevas, son cosas de sentido común que todos llevamos en nuestra conciencia. Pero eso no es suficiente. Eso es “agua” y lo que el mundo necesita es “Espíritu Santo y fuego”. Por ello tenemos que esperar a Dios y prepararle el camino. Nosotros ponemos el esfuerzo y Dios va discerniendo, separando lo bueno de lo malo para ir purificándonos interiormente. Esto es un proceso, no sucede de golpe; por ello hay que ponerse en camino. El adviento es un buen tiempo para iniciar este camino, sin prisas, pero sin pausas. Hay que recuperar los procesos vitales para que la vida no se convierta en una sucesión compulsiva de arrancones y frenazos, sino en un fluir sereno que se doble sin romperse y se eleve sin pisar a nadie. Hoy podemos iniciar ese camino si aceptamos el reto de poner a Dios como nuestra meta, sin temor, con la valentía del bien-aventurado, que no es un aventurero insensato, sino un peregrino humilde que se siente seducido por la felicidad.
El camino de Dios siempre provoca un síntoma: la alegría. Pero la alegría es una cosa y la risa fácil es otra. Reír es sencillo, pero estar alegre es un estado que necesita ser construido poco a poco, no a golpe de chistes. Iniciemos el camino en este adviento, pongamos lo que queda de sagrado en nosotros en el centro de nuestra vida; no en un rincón como se pone un hobby o un capricho. Sin duda constataremos como Dios nos ilumina y nos hace rebosar de alegría, llenado con esa alegría un mundo que está tan necesitado de ella como sobrado de frivolidad y superficialidad.
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