Homilías

Domingo II después de navidad (Ciclo A)

Homilía del Domingo II después de navidad (Ciclo A)

Las lecturas de este domingo intermedio entre la solemnidad de Santa María Madre de Dios y de la Epifanía, suponen una ocasión para recapitular lo ya vivido y celebrado en esta Navidad, dando una vuelta de tuerca el misterio de “Dios con nosotros”. Es una oportunidad que carece de la intensidad de las solemnidades precedentes y sucesivas, pero que precisamente por ello nos brinda la oportunidad de ahonda en el misterio que estamos tratando de vivir y celebrar durante estos días.

La Palabra de Dios se abre con una reflexión sobre la sabiduría. Nos movemos en los comienzos del siglo II antes de Cristo, en un contexto de crisis cultural ante la prevalencia de un pensamiento filosófico griego, que poco a poco iba condicionando la forma del pensar tradicional del judaísmo. Como suele ocurrir, son precisamente los momentos de crisis cultural los tiempos en donde con más fuerza surge la esencia de la fe; porque una fe amenazada necesita redescubrirse y reafirmarse frente a un universo cultural que, aunque tenga cosas buenas, no deja de plantear una seria amenaza. Es en el este contexto en el Ben Sirá escribió el libro del Eclesiastés y nos legó esta hermosa reflexión sobre la sabiduría.

De su lectura aprendemos muchas cosas e intuimos (muchos años antes de Cristo) la percepción de que Dios ya tenía prevista una intervención especial para redimir al mundo definitivamente. Evidentemente en este momento nada hacía pensar lo que más tarde sucedería, aunque sí se comienza a barruntar la idea de la preexistencia de la Sabiduría, considerándola, si no divina, algo así como un atributo muy cercano a Dios mismo; tanto, que incluso a veces parece un ser personal.

Una de las acciones de la sabiduría según la percibe Israel es que es ella la que echa raíces en un pueblo determinado (elegido). Es decir, no se trata de que ninguna persona o pueblo haya llegado a ella a través del esfuerzo intelectual, apoyándose únicamente en la razón humana. De lo que se trata es de experimentar esta sabiduría como un don divino que ha de ser primero acogido, para luego ser profundizado. Dicho de otra manera, el sujeto protagonista de la sabiduría no es el ser humano, sino Dios que la hace brotar en un pueblo elegido; pueblo que sólo puede mantenerla y transmitirla desde la fidelidad a la Alianza. Es más, es lógico identificar en el Antiguo Testamento a la sabiduría con la Ley, cuando en realidad habría que completarla con la Gracia.

La sabiduría no se queda en la superficie, sino que ahonda en los corazones, pero en los corazones de un pueblo que camina. Cuando este pueblo se hace sedentario (se instala y acomoda), Sión deja de ser un centro de gravedad espiritual para mutar en una simple localidad geográfica, no en la ciudad abierta que siempre remite a la Jerusalén celestial hacia la que caminamos sino una capital con un templo, como tantos hay en el mundo por los que sus defensores están dispuestos a morir e incluso a matar.

De esta manera, lo que empieza siendo una experiencia de elección gratuita y de revelación incondicional de Dios, puede convertirse en el insano orgullo de sentirse elegido desde una actitud excluyente, confundiendo las raíces terrenales con las celestiales. Las raíces que han de ahondar en nosotros no son las mundanas, sino aquellas que nos capacitan para ahondar en la vida en todo su dinamismo y evolución. En esto se diferencian los creyentes maduros de los fanáticos religiosos. Mientras que el creyente maduro ahonda en una fe que le capacita para recorrer los caminos de la historia sin quebrarse en sus principios, por muy fuertes que sean las amenazas, el fanático religioso ahonda únicamente en las formas, convirtiendo la fe en un fortín que hay que defender en lugar de una casa abierta. Mientras que el creyente maduro tiene la flexibilidad del bambú o del ciprés, el fanático mantiene la rigidez de los árboles de raíces que no profundizan en la tierra y que, por tanto, son incapaces de sostener al tronco cuando azotan las tormentas.

De la misma manera que la sabiduría es un don a recibir, también lo es la Palabra de Dios. Ella viene al mundo; no es el mundo el que la crea ni el que la inventa, sino el que debe recibirla. Según el prólogo de san Juan, que una vez más volvemos a escuchar en este tiempo de Navidad, la Palabra se hace carne y acampa entre nosotros. Esto quiero decir que no hay nada profano que no sea potencialmente sagrado. Se trata de que la Palabra, al igual que antes lo hizo la sabiduría, ahonde en la realidad y no la use como una simple superficie a decorar.

La verdadera sabiduría es don que hay que recibir en el corazón, pasándola siempre por el tamiz de la experiencia de la vida tal y como es y no de las ideas o elucubraciones mentales. De la misma forma, la Palabra de Dios ha de ser recibida como una luz que viene a iluminar nuestro ser. Su presencia busca echar raíces, y por eso no puede hacer otra cosa sino encarnarse; es decir, hacerse semejante a sus criaturas asumiendo todo lo humano, sin condiciones ni reservas, pero sin perder su esencia e identidad.

Este misterio de la encarnación cambia radicalmente la manera en que las religiones (incluida la nuestra) están llamadas a relacionarse con Dios. Hoy es muy importante recalcar esto porque nos encontramos en un contexto de nueva búsqueda de lo espiritual. Hay signos de un repunte de lo religioso, sobre todo entre los jóvenes. Pero hemos de llevar mucho cuidado para no desvirtuar esta búsqueda reconduciéndola hacia experiencias de simple conocimiento o emoción que no comprometa a nada. Se trata de que la Palabra eche raíces en nosotros, no en que nosotros echemos raíces en determinadas formas espirituales que cuando son miradas detenidamente pueden esconder la búsqueda de uno mismo (auto referencialidad) mediante experiencias excesivamente emotivas y descarnadas. La mejor vacuna contra ello es la confrontación con la realidad, tal cual es, sobre todo con la realidad más trágica y cruel: los pesebres y cruces de hoy en día.Todo lo que no lleve a ello no dejará de ser mero escapismo o moda que, bajo capa de espiritualidad, en el fondo esconde el intento del mal de perpetuar modelos religiosos que no sólo no transforman la realidad, sino que además adormecen, atontan y generan creyentes espiritualmente inmaduros y psicológicamente infantilizados.

Hemos sido elegidos, bendecidos y destinados a ser los interlocutores de Dios. Ninguna criatura de la creación ha llegado a este nivel de intimidad con Él. Ello se realiza gracias a la Palabra encarnada, es decir, a Jesucristo, presencia del Verbo de Dios en forma de luz que ilumina a toda la creación para que la creación descubra la verdad, la custodie y la trasmita. Contrario a esta dinámica son tanto la filosofía conceptual y abstracta como el empecinamiento religioso en quedarse anclado en una Ley sin alma. De esta forma, tanto el materialismo cientificista como el fanatismo religioso son la antítesis de la experiencia mística del creyente, pero de una mística que hunda sus raíces en la vida, tal cual es, con sus sombras, injusticias y “sinrazones”. Y esto, no por ideología o planteamiento de una determinada escuela teológica, sino porque es la forma que Dios tiene de abrazar al mundo y fundirse con él para redimirlo.

Pensemos si la religiosidad que domina nuestra vida o la configuración mental de nuestra forma de vivir la fe responde más a un modelo religioso anclado en la seguridad de la Ley y de los dogmas que al modelo de Jesús, basado ciertamente sobre la Ley y la recta doctrina, pero con una flexibilidad suficiente como para hacer que la Gracia de Dios cubra y dinamice todo lo humano, incluso aquello que aparentemente pueda estar más alejado de lo religiosamente “puro”. Porque puede ser que Dios venga a su casa y los suyos no lo reconozcamos, o que la luz quiera abrirse paso en nuestros castillos y templos y estos se encuentren con las puertas y ventanas permanentemente cerradas.

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Para la celebración

Lecturas

1ª Lectura. Lectura del libro del Eclesiástico (24, 1-2.8-12).

La sabiduría se alaba a sí misma, se gloría en medio de su pueblo, abre la boca

en la asamblea del Altísimo y se gloría delante de sus Potestades. En medio de

su pueblo será ensalzada, y admirada en la congregación plena de los santos;

recibirá alabanzas de la muchedumbre de los escogidos y será bendita entre los

benditos. El Creador del Universo me ordenó, el Creador estableció mi morada:

«Habita en Jacob, sea Israel tu heredad». Desde el principio, antes de los siglos,

me creó, y no cesaré jamás. En la santa morada, en su presencia, ofrecí culto

y en Sión me establecí: en la ciudad escogida me hizo descansar, en Jerusalén

reside mi poder. Eché raíces entre un pueblo glorioso, en la porción del Señor,

en su heredad, y resido en la congregación plena de los santos.

SALMO RESPONSORIAL (147)

La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros.

La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros.

Glorifica al Señor, Jerusalén; alaba a tu Dios,

Sión: que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,

y ha bendecido a tus hijos dentro de ti ®

Ha puesto paz en tus fronteras, te sacia con flor de harina;

Él envía su mensaje a la tierra, y su palabra corre veloz ®

Anuncia su palabra a Jacob, sus decretos y mandatos a Israel;

con ninguna otra nación obró así, ni les dio a conocer sus mandatos. ®

2ª Lectura. Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los efesios

(Ef 1, 3-6.15-18).

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en

la persona de Cristo con toda clase de bendiciones espirituales y celestiales. Él

nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos

santos e irreprochables antes él por el amor. Él nos ha destinado en la persona

de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su

gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde

en alabanza suya. Por eso yo, que he oído hablar de vuestra fe en el Señor Jesús

y de vuestro amor a todos los santos, no ceso de dar gracias por vosotros,

recordándoos en mi oración, a fin de que el Dios de nuestro Señor Jesucristo,

el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo.

Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza

a la que os llama, cuál la riqueza de la gloria que da en herencia a los santos.

EVANGELIO

Juan 1,1-18

En el principio ya existía la Palabra,

y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios.

La Palabra en el principio estaba junto a Dios.

Por medio de la Palabra se hizo todo,

y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho.

En la Palabra había vida, y la vida era luz de los hombres.

La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió.

Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como

testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No

era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra

a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por

medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la

recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si

creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de

amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros,

y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de

gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo:

«Este es de quien dije: “el que viene detrás de mi pasa delante de mí, porque

existía antes que yo”».

Pues de su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia. Porque la ley se

dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.

A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, es

quien lo ha dado a conocer.

Acción de gracias

Tu palabra, Señor, no pasa desapercibida;

con ella quieres iluminar el mundo,

pero este hace tiempo que prefiere

las luces led a tus estrellas,

las líquidas fiestas donde se ahogan las raíces

a la gozosa celebración de reconocerte presente

en todas y cada una de nuestras realidades.

Tu sabiduría abre el camino,

y pretende echar raíces en los corazones inquietos.

Pero hoy preferimos buscar frente al espejo

nuestra propia imagen

a levantar la vista para verte en los demás,

inclinar el oído al silencio que envuelve las palabras,

respirar sin miedo el aire limpio que viene del mar,

abrazar el barro sin temor a mancharnos

o saborear la copa compartida con el amigo.

Acampas, Señor en nuestra tierra,

pero todavía no sabemos recibirte.

Iluminas, Señor, nuestra pobreza,

pero nos empeñamos en seguir disfrazados

con las máscaras que ocultan nuestras lágrimas.

Nace de nuevo, Señor, cada día,

en estas temblorosas manos que hoy te acogen

Como un oscuro pesebre iluminado sólo por tu presencia.

¿Necesitas ayuda?

Acude al Centro Social (subida San Diego, 2) o llama al teléfono de la parroquia:

968 50 02 57