Hace unos días celebrábamos la fiesta de la Epifanía. Las lecturas de este domingo no hacen más que profundizar en este gran misterio. Dios no esconde su amor, sino que lo manifiesta e insufla permanentemente en su creación. El amor de Dios no es algo ajeno a nuestras vidas. El amor de Dios es su gloria; una gloria que sólo busca una cosa: la vida del hombre y su felicidad. Dios, como un Padre y Madre buenos, se satisface en la felicidad y la dicha de sus hijos. Dios manifiesta su gloria y su amor para que encontremos en ella nuestra felicidad. Si supiéramos mirar bien la realidad que nos rodea, descubriríamos que la gloria de Dios nos envuelve por doquier, y que la vida es un indescriptible grito de alegría y de esperanza.
Pero la gloria de Dios se encuentra oculta y eclipsada por el pecado y por los males de este mundo. El hombre busca su felicidad por otros caminos, construye otros mundos artificiales y se inventa otros dioses. Nuestro corazón está llamado a la fiesta, pero para hacer esa fiesta usamos un vino que se acaba pronto; y sin vino no es posible la verdadera alegría. Muchos jóvenes llegan a la adultez con su crédito de alegría ya agotado; no tienen razones ni ilusiones para disfrutar; el futuro les parece más una amenaza que una aventura. Se vive demasiado rápido perdiendo el sentido de una vida armónica. Hay muchas personas que tienen un cuerpo joven pero un corazón viejo; no tienen más expectativa que ver pasar los días nutriéndose con los espejismos de este mundo, nadando en un mar de zafiedad y vacío. Hoy no se vive, se sobrevive. Sobrevivir es algo así como comer sin el sentido del gusto: uno se alimenta para subsistir, pero la vida deja de ser recreo. Los vehículos que nos llevan y nos traen de nuestras ocupaciones son como féretros que contienen corazones muertos, elegantemente amortajados a la última moda, una moda dictada por la sociedad de consumo. Muchos jóvenes, ya antes de entrar en esta dinámica, malgastan sus vidas ante una pantalla hipnotizados por las plataformas digitales, los videojuegos, las drogas, el sexo o el consumismo salvaje. Es difícil encontrar la gloria de Dios en estas circunstancias, pero no imposible.
Este mundo es como la vieja Jerusalén, desolada y abandonada, pero que desposada de nuevo por Dios; porque Dios siempre es fiel, siempre espera y siempre perdona. Para Dios las oportunidades nunca se agotan; siempre estamos a tiempo de decirle “sí quiero”, aceptando así su propuesta de amor. Nuestro corazón está hecho para la alegría, pero no para una alegría con minúsculas, sino para la alegría eterna que sólo nos da aquel que realmente nos ama: Dios. Porque la verdadera alegría es un reflejo en este mundo de la gloria de Dios. Dios se derrama en nosotros a través de su Espíritu Santo. Hay muchas personas con dones, y muchos jóvenes con vocación; el problema es que todavía no lo saben. En realidad, Jesucristo no viene a traer otra gloria que la que ya está en el mundo desde la creación.
Cristo no trae nada nuevo, simplemente nos abre los ojos para que veamos una gloria que emana de nuestra propia naturaleza de criaturas y de la vida misma que fluye a nuestro alrededor. Creer no es más que aprender a mirar y a vivir. Si así lo hacemos, lo que ahora llamamos “milagros”, no serán más que manifestaciones del poder infinito de Dios reflejado en nuestra pobreza. Dones como el de curación, como el arte de leer e interpretar la palabra, como el de profecía o predicación o como tantos otros, podemos encontrarlos entre creyentes y no creyentes, porque la gracia de Dios no hace distinciones. Sin embargo, todos esos dones no son repartidos para el propio beneficio de quien los recibe, sino para el bien común.
Ya dentro de la Iglesia, esos dones se desarrollan a través de servicios. Así, todos los servicios y trabajos han de emanar de los dones que, a pesar de ser diferentes, provienen de un único Dios y de un único Espíritu; por ello han de ser orientados para que todos participemos en un único banquete. Al igual que nadie celebra un banquete solo, nosotros unimos nuestros talentos y dones para celebrar juntos nuestra fe y nuestra alegría. A través de la colaboración y de la fraternidad, la Iglesia refleja la gloria de Dios. No usamos los dones en beneficio propio, ni tan siquiera en beneficio de la Iglesia, sino en beneficio de toda la humanidad. El símil de la boda nos ayuda a entender la importancia de poner nuestros dones a disposición de los demás. Hay unos novios que se aman, pero el resto de invitados y responsables de la boda participan de ese amor, cada uno a su manera y de forma armónica: unos se encargan de la decoración, otros de la liturgia, otros de la cocina, otros de la limpieza, otros del servicio, otros de la música… si cada uno ejerce este servicio, no como una función ni como una obligación sino como una expresión de lo que sabe hacer bien casi sin esfuerzo (sus carismas), el resultado es una fiesta rebosante de gozo y alegría, verdadera expresión de aquello en lo que deberíamos convertir el mundo.
Siguiendo el consejo de María, hagamos lo que Él nos diga, aunque su petición sea “increíble”. No tengamos miedo de usar las tinajas y el agua que para nuestras purificaciones, porque lo que Dios nos pide no es que seamos puros, ni guapos ni limpios, ni perfectos… Él nos pide algo más sencillo y a la vez más radical: nos pide que confiemos en Él para que con su vino podamos celebrar un verdadero banquete; un banquete que no se acaba porque no está cimentado sobre las alegrías pasajeras de este mundo, sino sobre la alegría que es reflejo de la gloria de Dios. Eso sí, el milagro de la alegría no es posible si no llenamos las tinajas hasta el borde. No hay que ser cicateros ni quedarse a medio camino. Dios hace el milagro, pero sólo si llenamos con nuestro esfuerzo nuestras vidas hasta el límite, hasta el borde, confiando en que lo que parece un esfuerzo baldío, Dios es capaz de transformarlo en alegría. Por eso el pan y el vino que ofrecemos, una vez consagrado, se convierte en el mayor alimento espiritual que podemos recibir, saciando nuestro ser e impulsando nuestra vida para hacer presente el Reino de Dios.
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