Que Cristo viva no es sólo un eslogan, ni uno de los muchos artículos de fe que aprendemos en el catecismo, ni tan siquiera un acontecimiento más de los que cuentan los evangelios; que Cristo viva es lo que da verdadero y pleno sentido a toda nuestra existencia como creyentes; es una verdad que sobrepasa incluso al acontecimiento histórico que lo provoca para elevarse por encima de todo tiempo y espacio. De esta forma, cuando hablamos de la resurrección de Jesucristo estamos hablando de la columna vertebral de la fe, del cénit y la cumbre de toda la historia, del hecho que nos abre las puertas de la eternidad y alimenta cada día nuestra esperanza.
La resurrección es una “experiencia” personal que todo el mundo puede alcanzar a poco que supere los prejuicios científico-empíricos con los que solemos evaluarlo todo. No se trata de negar la ciencia, sino de no convertirla en el único medio para conocer la verdad. Las lecturas de hoy, y sobre todo la experiencia de Tomás, nos ayudarán a entender qué tipo de posicionamiento hemos de tomar para llegar a la fe de los primeros apóstoles.
Si la resurrección de Cristo es un hecho tan crucial, no nos podemos tomar el tema a la ligera. No estamos hablando de una opinión, ni de un simple hecho histórico, sino de aquello que cambia la humanidad para siempre abriéndonos un horizonte de eternidad. De esta forma, aceptando que los científicos e intelectuales tengan que estudiar este acontecimiento desde las “ciencias” humanas, el que busca la fe no puede agotar su búsqueda en esas ciencias, sino que debe adentrarse también el conocimiento y la sabiduría de Dios, cuyo silencio parece una huida, pero cuya acción, a poco que se mire detrás de lo aparente, se descubre asombrosa en la llegada de la primavera, en el amor, la solidaridad, la justicia, la reconciliación… hechos que por ser tan cotidianos no suelen ser noticia.
De eso que el mundo no hace noticia, de lo aparente, de lo evidente, nosotros los cristianos hacemos la expresión máxima de nuestra fe, porque hemos aprendido a mirar las llagas de Cristo aparecido con un soplo de Paz en el corazón. Vivir en primavera es un pórtico fantástico para templar nuestras almas en esta irrupción de Dios en la vida; pero aún será más importante una segunda condición: vivir esta experiencia en comunidad. Porque la experiencia de la resurrección de Cristo es una experiencia comunitaria, o cuando menos, siempre lleva a la vida en comunidad. Esta es la razón por la que Tomás duda; él no estaba allí, no participaba de la reunión, estaba ausente y como ausente se incapacitaba para tener la misma experiencia de Dios de sus hermanos reunidos. Tal es así, que, aunque sus amigos le comuniquen de palabra que han visto al Señor vivo, él no lo cree. Ni tan siquiera podría decir el refrán “si no lo veo no lo creo”, pues no se conforma con ver, sino que tiene que tocar, palpar, hurgar en las llagas.La resurrección de Cristo es real, pero las llagas siguen abiertas y así seguirán hasta la consumación del Reino de los cielos. Las llagas de Cristo son las llagas de su cuerpo místico; son las llagas abiertas de la Iglesia y también de toda una humanidad que sufre. Las buenas gentes que viven su fe en comunidad, ven esas llagas y no reaccionan con ira, ni con venganza, miedo u odio, pues saben que no son las llagas de un muerto, sino de un Dios vivo. El verdadero creyente sabe contemplar las llagas abiertas de la humanidad y no descorazonarse ante ellas. El mundo está lleno de estos cristianos, testigos del Dios vivo en donde quiera que haya llagas abiertas por el odio, la injusticia, el hambre o la guerra. Vivir con alegría la contemplación de esas llagas no es alegrarse de los males que las provocan, sino del amor que expresan; un amor más fuerte que la muerte. No podemos evitar el sufrimiento, pero sí podemos activar la alegría de manera que podamos ir por el mundo con la paz de Dios en el corazón, aunque sea en medio de un valle de lágrimas.
En cambio, las personas sin fe no pueden creer que esas llagas sean llagas de vida; No les basta con verlas, han de tocar, hurgar, meter el dedo. y Dios se deja hacer para demostrar hasta qué punto es real. La experiencia de los “incrédulos” lleva al bochorno que se expresa en la oración de Tomás: “Señor mío y Dios mío”. No hay más palabras; todo está dicho en esa expresión. La reacción de Jesús es hermosísima: no descalifica a Tomás por su actitud, sino que, asumiéndola, afirma con rotundidad que los dichosos son los que creen si haber visto, los que son capaces de abrirse como niños a la visión de Dios que nos llega resucitado tras la muerte.
Muchos de nosotros somos como Tomás; al no creer en la experiencia de la comunidad no gozamos de forma directa de la alegría de la resurrección. ¿Es nuestra experiencia una experiencia comunitaria?
¿Afronta nuestra Iglesia esta pascua desde la unidad o desde la división?
En caso negativo, la primera lectura de los hechos de los apóstoles nos hace un espléndido retrato de lo que una comunidad cristiana está llamada a ser. Lo sintetiza en cuatro puntos: 1. La escucha de los apóstoles: doctrina o formación constante (Martiría o testimonio) 2. la vida en común (Koinonía o comunión) 3. La fracción del pan (Entendida como una Diakonía que es el reverso de la litrugia) 4. La oración (liturgia).
Sería bueno revisar cada uno de estos cuatro puntos y considerar en qué medida se dan en nuestras comunidades.Al igual que en las primeras comunidades, la vivencia de estas cuatro actitudes lleva a despertar la curiosidad de muchas personas. Si no hay más conversiones tal vez sea porque nuestro testimonio es muy pobre y sigue alejado de la realidad, es decir, de las llagas de Cristo aparecido. Sólo el testimonio abre las puertas a los que Dios salva. Como dice el texto de Hechos, es Dios quien salva, no nosotros; es Dios el protagonista, no nuestras dudas ni nuestras vacilaciones. No hurguemos en las llagas ajenas; contemplémoslas con amor, pues son el reclamo con el que Dios nos atrae hacia sí para hacernos ver que es Dios de vivos, no de muertos. No juzguemos a los que Dios salva, sino abrámosles las puertas de nuestras comunidades para que la gracia del resucitado sea como una buena nueva de Paz para el mundo, una Paz que irradiamos y extendemos donde quiera que dos o más nos reunimos en su nombre.
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