Homilías

Domingo II de Pascua (Ciclo A)

Homilía del Domingo II de Pascua (Ciclo A)

Que Cristo viva no es sólo un eslogan, ni uno de los muchos artículos de fe que aprendemos en el catecismo, ni tan siquiera un acontecimiento más de los que cuentan los evangelios; que Cristo viva es lo que da verdadero y pleno sentido a toda nuestra existencia como creyentes; es una verdad que sobrepasa incluso al acontecimiento histórico que lo provoca para elevarse por encima de todo tiempo y espacio. De esta forma, cuando hablamos de la resurrección de Jesucristo estamos hablando de la columna vertebral de la fe, del cénit y la cumbre de toda la historia, del hecho que nos abre las puertas de la eternidad y alimenta cada día nuestra esperanza.

La resurrección es una “experiencia” personal que todo el mundo puede alcanzar a poco que supere los prejuicios científico-empíricos con los que solemos evaluarlo todo. No se trata de negar la ciencia, sino de no convertirla en el único medio para conocer la verdad. Las lecturas de hoy, y sobre todo la experiencia de Tomás, nos ayudarán a entender qué tipo de posicionamiento hemos de tomar para llegar a la fe de los primeros apóstoles.

Si la resurrección de Cristo es un hecho tan crucial, no nos podemos tomar el tema a la ligera. No estamos hablando de una opinión, ni de un simple hecho histórico, sino de aquello que cambia la humanidad para siempre abriéndonos un horizonte de eternidad. De esta forma, aceptando que los científicos e intelectuales tengan que estudiar este acontecimiento desde las “ciencias” humanas, el que busca la fe no puede agotar su búsqueda en esas ciencias, sino que debe adentrarse también el conocimiento y la sabiduría de Dios, cuyo silencio parece una huida, pero cuya acción, a poco que se mire detrás de lo aparente, se descubre asombrosa en la llegada de la primavera, en el amor, la solidaridad, la justicia, la reconciliación… hechos que por ser tan cotidianos no suelen ser noticia.

De eso que el mundo no hace noticia, de lo aparente, de lo evidente, nosotros los cristianos hacemos la expresión máxima de nuestra fe, porque hemos aprendido a mirar las llagas de Cristo aparecido con un soplo de Paz en el corazón. Vivir en primavera es un pórtico fantástico para templar nuestras almas en esta irrupción de Dios en la vida; pero aún será más importante una segunda condición: vivir esta experiencia en comunidad. Porque la experiencia de la resurrección de Cristo es una experiencia comunitaria, o cuando menos, siempre lleva a la vida en comunidad. Esta es la razón por la que Tomás duda; él no estaba allí, no participaba de la reunión, estaba ausente y como ausente se incapacitaba para tener la misma experiencia de Dios de sus hermanos reunidos. Tal es así, que, aunque sus amigos le comuniquen de palabra que han visto al Señor vivo, él no lo cree. Ni tan siquiera podría decir el refrán “si no lo veo no lo creo”, pues no se conforma con ver, sino que tiene que tocar, palpar, hurgar en las llagas.La resurrección de Cristo es real, pero las llagas siguen abiertas y así seguirán hasta la consumación del Reino de los cielos. Las llagas de Cristo son las llagas de su cuerpo místico; son las llagas abiertas de la Iglesia y también de toda una humanidad que sufre. Las buenas gentes que viven su fe en comunidad, ven esas llagas y no reaccionan con ira, ni con venganza, miedo u odio, pues saben que no son las llagas de un muerto, sino de un Dios vivo. El verdadero creyente sabe contemplar las llagas abiertas de la humanidad y no descorazonarse ante ellas. El mundo está lleno de estos cristianos, testigos del Dios vivo en donde quiera que haya llagas abiertas por el odio, la injusticia, el hambre o la guerra. Vivir con alegría la contemplación de esas llagas no es alegrarse de los males que las provocan, sino del amor que expresan; un amor más fuerte que la muerte. No podemos evitar el sufrimiento, pero sí podemos activar la alegría de manera que podamos ir por el mundo con la paz de Dios en el corazón, aunque sea en medio de un valle de lágrimas.

En cambio, las personas sin fe no pueden creer que esas llagas sean llagas de vida; No les basta con verlas, han de tocar, hurgar, meter el dedo. y Dios se deja hacer para demostrar hasta qué punto es real. La experiencia de los “incrédulos” lleva al bochorno que se expresa en la oración de Tomás: “Señor mío y Dios mío”. No hay más palabras; todo está dicho en esa expresión. La reacción de Jesús es hermosísima: no descalifica a Tomás por su actitud, sino que, asumiéndola, afirma con rotundidad que los dichosos son los que creen si haber visto, los que son capaces de abrirse como niños a la visión de Dios que nos llega resucitado tras la muerte.

Muchos de nosotros somos como Tomás; al no creer en la experiencia de la comunidad no gozamos de forma directa de la alegría de la resurrección. ¿Es nuestra experiencia una experiencia comunitaria?

¿Afronta nuestra Iglesia esta pascua desde la unidad o desde la división?

En caso negativo, la primera lectura de los hechos de los apóstoles nos hace un espléndido retrato de lo que una comunidad cristiana está llamada a ser. Lo sintetiza en cuatro puntos: 1. La escucha de los apóstoles: doctrina o formación constante (Martiría o testimonio) 2. la vida en común (Koinonía o comunión) 3. La fracción del pan (Entendida como una Diakonía que es el reverso de la litrugia) 4. La oración (liturgia).

Sería bueno revisar cada uno de estos cuatro puntos y considerar en qué medida se dan en nuestras comunidades.Al igual que en las primeras comunidades, la vivencia de estas cuatro actitudes lleva a despertar la curiosidad de muchas personas. Si no hay más conversiones tal vez sea porque nuestro testimonio es muy pobre y sigue alejado de la realidad, es decir, de las llagas de Cristo aparecido. Sólo el testimonio abre las puertas a los que Dios salva. Como dice el texto de Hechos, es Dios quien salva, no nosotros; es Dios el protagonista, no nuestras dudas ni nuestras vacilaciones. No hurguemos en las llagas ajenas; contemplémoslas con amor, pues son el reclamo con el que Dios nos atrae hacia sí para hacernos ver que es Dios de vivos, no de muertos. No juzguemos a los que Dios salva, sino abrámosles las puertas de nuestras comunidades para que la gracia del resucitado sea como una buena nueva de Paz para el mundo, una Paz que irradiamos y extendemos donde quiera que dos o más nos reunimos en su nombre.

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Para la celebración

Lecturas

1ª Lectura

Lectura de los Hechos de los apóstoles (2,42-47)

Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles,

en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones. Todo el mundo

estaba impresionado por los muchos prodigios y signos que los apóstoles

hacían en Jerusalén. Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo

en común; vendían posesiones y bienes, y lo repartían entre todos, según

la necesidad de cada uno. A diario acudían al templo todos unidos,

celebraban la fracción del pan en las casas y comían juntos, alabando a

Dios con alegría y de todo corazón; eran bien vistos de todo el pueblo, y

día tras día el Señor iba agregando al grupo los que se iban salvando.

Salmo responsorial: 117

Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia.

Diga la casa de Aarón: eterna es su misericordia.

Digan los fieles del Señor: eterna es su misericordia. R.

Empujaban y empujaban para derribarme, pero el Señor me ayudó;

el Señor es mi fuerza y mi energía, él es mi salvación.

Escuchad: hay cantos de victoria en las tiendas de los justos. R.

La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular.

Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente.

Éste es el día en que actuó el Señor:

sea nuestra alegría y nuestro gozo. R.

2ª Lectura.

Lectura de la primera carta de Pedro (1Pe 1,3-9)

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran

misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos

ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia

incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo. La

fuerza de Dios os custodia en la fe para la salvación que aguarda a

manifestarse en el momento final. Alegraos de ello, aunque de momento

tengáis que sufrir un poco, en pruebas diversas: así la comprobación de

vuestra fe -de más precio que el oro, que, aunque perecedero, lo aquilatan

a fuego- llegará a ser alabanza y gloria y honor cuando se manifieste

Jesucristo. No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis

en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así

la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación.

EVANGELIO.

Juan 20,19-31

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos

en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto

entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros.” Y, diciendo esto,

les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría

al ver al Señor. Jesús repitió: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha

enviado, así también os envío yo.” Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre

ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los

pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan

retenidos.”

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando

vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor.” Pero

él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto

el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no

lo creo.”

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomas con ellos.

Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: “Paz

a vosotros.” Luego dijo a Tomás: “Trae tu dedo, aquí tienes mis manos;

trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.”

Contestó Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!” Jesús le dijo: “¿Porque me has

visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.”

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la

vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es

el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su

nombre.

Acción de gracias

Acción de gracias.

Dichosos los que creen si haber visto,

con esa bendita ingenuidad con la que nacemos,

pero que la vida nos hurta cuando crecemos.

Yo necesito ver para creer;

y aún viendo, no brota fácil la fe;

necesito pesar, tocar, medir

en el laboratorio de la razón

esta realidad impertinente

que se oculta en mi soledad

para mostrarse sólo

cuando anudo mi corazón a los demás.

Ahora entiendo por qué el que vive

sigue teniendo en su cuerpo llagas.

Son puertas abiertas al infinito,

caminos que invitan a ser pisados

con los pesados pies de la increencia;

arenas movedizas donde se hunde la ciencia

cuando se hace cómplice de las excusas.

He de aprender a ver el reverso

de esta interrogación que me atenaza

hasta descubrir la senda

por la que adentrarme en la espesura

de lo desconocido.

Dudo, luego existo;

porque la duda es una tumba abierta

en la que entrar para quedarse

o para salir abrazado a las sombras

que sólo pueden ser engendradas por la luz.

¿Necesitas ayuda?

Acude al Centro Social (subida San Diego, 2) o llama al teléfono de la parroquia:

968 50 02 57