Estrictamente hablando, el segundo domingo tras la Navidad se encuentra ya fuera de la octava de esta fiesta, aunque todavía dentro de su radio de acción. No obstante, es el domingo que antecede a la solemnidad de la Epifanía que ya está llamando a nuestras puertas. Se trata de un tiempo para serenar el cuerpo después de tantos encuentros familiares y del diluvio de emociones al celebrar el nacimiento del Señor. La abundancia de lecturas, la frecuencia de las celebraciones y la alegría desbordante que la religiosidad popular ha dado a este tiempo, nos puede distraer del calado que el misterio de la encarnación del Señor tiene en nuestras vidas. No nos viene mal un domingo como este, para profundizar en lo vivido, haciendo como una especie de memoria de la natividad.
La primera lectura nos introduce en el sentido de la sabiduría, tal y como ha sido comprendida a lo largo de los siglos. La sabiduría aparece revelada de varias maneras en el Antiguo Testamento, aunque hay algunos elementos comunes; por ejemplo, sabemos que existe antes de la creación, que tiene capacidad de darse gloria a sí misma sin que eso ofenda a Dios y que ha puesto su morada en medio del pueblo elegido. Aunque en los textos de este domingo se afirme que “fue creada” (y por tanto, no puede ser divina), desde la perspectiva de Jesucristo es como si esta Sabiduría se hubiera ido revelando con el paso de los siglos como una extensión o prolongación del dinamismo divino, hasta culminar en la manifestación plena de Dios en la historia (que celebraremos pronto en la Epifanía) y que coincide en la persona de Jesucristo.
Si la sabiduría planta su tienda entre nosotros, para Pablo, los humanos estamos bendecidos en la persona de Cristo, que parece ser interpretado así como la encarnación no sólo de la Sabiduría divina, sino también de su mismo “ser en acción”, es decir, del “verbo” (logos en griego); este logos no es un mero discurso pasivo, sino la proyección creativa y creadora de Dios que desea entrar en diálogo con su creación y no puede hacerlo más que asumiendo la condición de criatura, sin serlo.
El objetivo de esta Palabra en acción (de este verbo) es devolvernos a nuestra condición original, eliminando de la creación todo rastro de pecado y de muerte, pues ni lo uno ni lo otro forman parte de lo verdaderamente humano. Por eso podemos decir que Dios asume en su Hijo Jesucristo todo lo humano, incluso haciéndose pecado (“Al que no conocía el pecado, lo hizo pecado en favor nuestro, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en él” 2Cor 5,21) y pasando por la muerte como cualquier criatura.
El maravilloso descubrimiento de un Dios capaz de hacerse pecado sin cometer pecado, dejándose atrapar por la muerte sin que ésta tenga sobre él la última palabra, hace a Pablo estallar en una acción de gracias al ver el efecto que este acontecimiento tiene en el corazón de los que se adhieren a Cristo, poniendo en Él su confianza y entregándose en su seguimiento.
Este seguimiento es fuente de sabiduría, pero una sabiduría que no se aprende en los colegios o universidades, sino en la vida misma; eso sí, hay que mirar la vida con los “ojos del corazón”, es decir, con la luz de Dios y no con las luces de este mundo para descubrir, precisamente en este mundo, la revelación de Dios. De esta epifanía hablaremos en la siguiente solemnidad. Basta con decir ahora que dejarse prender por esta revelación de Dios, nos hace comprender el valor de esa gran virtud que es la Esperanza. Pues si Dios se ha revelado plenamente en Jesucristo, existe una esperanza para todo aquel y todo aquello que creíamos perdido.
En el centro del prólogo del evangelio de Juan resuena la frase: “y la palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”. Esta es la culminación de la sabiduría de Dios para todo ser humano, invitado no sólo a aprenderla, sino también a sumergirse en ella de forma afectiva, contemplando la gloria de un mundo que, a pesar de estar herido por el pecado y la muerte, busca con ansia su esencia y anhela deshacerse de aquello que no le es connatural para refundirse en el creador, regresando así al paraíso perdido. Y esto es precisamente lo que nos trae Jesucristo acampando en medio de nosotros: el inicio del paraíso al que pertenecemos. Sabemos que no hay más camino de regreso a esta situación original que el mundo en el que estamos; un mundo injusto y oscuro, pero también con retazos de grandeza, de unidad, de belleza y de verdad. Por eso, mirar a Dios hecho hombre nos llena de esperanza. Y no porque la salvación prometida se no dé completamente de forma instantánea, sino porque es plantada en nuestro corazón, siendo capaces de intuirla a través del llanto de un niño, de su sonrisa, de sus ojos recién abiertos a la luz, de su desnudez que viste todo de colores… Dios se ha revelado de una vez para siempre. Ya lo hizo a través de los profetas. Pero todos los profetas y la Ley caben en la dulzura de un niño cuya sabiduría se proyecta a través de su fragilidad y desnudez. Él se pone bajo nuestra tutela para que su divinidad se despliegue no sólo en él, sino también en nosotros. Él respeta los procesos, los tiempos y los espacios de la creación; él abraza esta creación, pero sin aprisionarla; la ilumina, pero sin cegarla; la redime, pero no respetando la libertad de quien prefiera vivir de espaldas a este horizonte de libertad.
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