Vivir es estar en permanente cambio. La vida es cambiar sin que podamos hacer nada por detener este proceso. Todo cambio es incómodo; cuando nos acostumbramos a una nueva realidad, ésta deja de serlo y nos vemos obligados a tener que adaptarnos a otra nueva. Así, cuando uno empieza a tener conciencia de las ventajas de la infancia se ve sorprendido por la irrupción de la adolescencia, y más tarde de la juventud que exige el aprendizaje y la asimilación de las primeras obligaciones y decisiones serias; no acabamos de enamorarnos cuando descubrimos que todo amor exige sacrificio, y cuando el sacrificio empieza a dar fruto, descubrimos que nos faltan las fuerzas o nos falla la salud para disfrutarlo.
La cuaresma es un tiempo que no elude este fluir natural de la vida; más bien nos sumerge de lleno en él por muy incómodo que parezca.
La cuaresma es un tiempo que nos enseña y nos adiestra para el cambio.
A eso es a lo que llamamos “conversión”. Usamos para ello las armas del ayuno, la oración y la limosna, pero no somos masoquistas ni locos; sabemos que todo este esfuerzo tiene un sentido y que, en el fondo, esconde una gran felicidad. La cuaresma previene y protege contra el peligro de instalarnos, dormirnos o aburguesarnos. Estos defectos son muy humanos, aunque suponen un grave riesgo para nuestro proceso de maduración en la fe; son riesgos que han asumido los grandes personajes de la biblia, de los cuales podemos aprender mucho.
Abraham, por ejemplo, fue sacado de la tienda para que pudiera ver las estrellas e intentar contarlas; y es que en la seguridad de la tienda no es posible el encuentro con Dios ni la asimilación de su promesa. Pablo se enfrenta a los cristianos judeizantes que pretendían conservar la ley y la tradición judía (excluyente de las demás razas y naciones), imponiendo las prácticas judías a todo aquel que quisiera ser discípulo de Jesús.
Pablo predicará que nuestro reino no es de este mundo y que todos somos peregrinos hacia la patria celeste. Por otro lado, Pedro reacciona ante la transfiguración de Cristo queriendo construir tres tiendas para retener e instalarse en aquella maravillosa experiencia. No sabía lo que hacía, como no lo sabemos nosotros cuando nos empeñamos en prolongar inútilmente los buenos momentos en los que a veces Jesús se transfigura mostrándonos hermosos instantes de una eternidad a la que estamos llamados, pero de la que no formamos parte todavía en plenitud. Los buenos ratos son buenos precisamente porque son pasajeros; en este mundo ninguna luz es capaz de reflejar totalmente la gloria de Dios.
Únicamente podemos asistir a retazos del Misterio que nos aguarda, bien en forma de rayos potentes pero fugaces, bien en forma de estrellas que brillan tenuemente. Estos instantes nos enseñan que, incluso en nuestra oscuridad, siempre hay lugar para la luz de Dios.En realidad, vivir es caminar a oscuras sin una certeza absoluta.
Ni tan siquiera el creyente vive seguro al 100% de la verdad que cree, porque creer es confiar. No todas las personas son capaces de aceptar esta oscuridad o este silencio de Dios; por ello se construyen luces de artificio o ruidos vacíos. La tentación está en detener la búsqueda de la luz, tentados por los falsos dioses de este mundo o por las falsas imágenes de Dios elaboradas a nuestra medida. Incluso la religión puede contribuir a sedentarizar la vida espiritual en lugar de catapultarla hacia un camino que nunca deja de ser incierto.
La oscuridad y el silencio son realidades incómodas, pero tienen su lado bueno e incluso necesario; son un lugar privilegiado para el encuentro con Dios. Abraham ve pasar a Dios en forma de antorcha entre los animales sacrificados y partidos en dos; es una imagen que evoca los antiguos sacrificios rituales. Los apóstoles ven la luz de Dios en el rostro y los vestidos transfigurados de Cristo. Estas experiencias no ocurren a plena luz del día ni en lugares concurridos, sino en plena noche, con miedo, cansancio y sueño, en lo alto de una montaña solitaria a donde se ha subido para orar.
En el salmo responsorial hemos rezado así: “buscaré el rostro de Dios”. Buscar es incómodo; el que busca no puede detenerse en las pistas, sino seguirlas hasta alcanzar el objetivo. Quien busca camina a oscuras apoyado en indicios, pero sin seguridades. Esos indicios son las estrellas de Abraham o la nube que cubre a los apóstoles. A veces son experiencias que infunden temor por su radicalidad, aunque son las únicas experiencias realmente creíbles.
Vivimos en una época en donde más que nunca se hace necesario el silencio y la soledad que prepare los encuentros verdaderos. Pero la sociedad de hoy ha llenado el silencio y la soledad de ruidos y de falsas amistades que, como espejismos, nos distraen del camino y nos alejan de la libertad. Hemos de aprender a escuchar a Dios; su voz se escucha en el imperativo que resuena desde la nube que envuelve a los apóstoles:
“Escuchadle”. Para escuchar no nos hacen falta tiendas, seguridades, certezas… sino silencio, contemplación, capacidad de atención y de una mirada cordial más que racional hacia el misterio de la vida.
Aprendamos a hacer silencio esta cuaresma; aprendamos a escuchar a Dios en cada rama agitada por el viento, en cada gota de lluvia que rompe contra el suelo, en cada gemido de un niño, en cada queja de un enfermo, en cada palabra no dicha porque su silencio dice mucho más… Ese es nuestro monte al que subir como Pedro, Santiago y Juan, para encontrarnos con el rostro resplandeciendo de Cristo.
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