Si analizamos la fase previa a todas las caídas de los imperios, éstas han venido precedidas por un momento álgido de éxito, al que sigue un lento pero inexorable proceso de decadencia. Este proceso de decadencia viene marcado por la quimera de pretender conservar y mantener el éxito alcanzado, que es como pretender retener el agua entre las manos. Hay un refrán castizo que expresa muy bien esta experiencia: “dormirse en los laureles”. Es decir, relajarse y atrincherarse en lo logrado, pretendiendo retenerlo sin mantener la misma actitud de sacrificio y esfuerzo que nos llevó hasta la cima.
Lo que decimos de los imperios, podemos decirlo también de las personas. Hay muchas personas que, tras alcanzar un momento feliz en la vida con mucho esfuerzo, pretenden instalarse en él. Pero este proceso de instalación en el éxito (lo que llamamos “bienestar”), no va acompañado de la misma pasión por la búsqueda, ni del mismo esfuerzo que nos hizo triunfar, sino de un miedo a perder lo ya logrado. Como los discípulos en el Evangelio de hoy, pretendemos acaparar el Misterio de la felicidad en tres ridículas tiendas.
Las tiendas son aquellas estructuras o sistemas de vida que nos construimos para tratar de detener lo inevitable. La vida pasa, y con ella tanto los malos ratos como los buenos. Nadie puede detener el reloj ni impedir que todo lo logrado en este mundo (incluso las experiencias más sagradas) se acaben erosionando y perdiendo. Así, perdemos la inocencia de la infancia, la juventud, la salud, el sabor del primer beso, la pasión del primer amor, el ardor de una experiencia religiosa profunda… todo eso termina dando paso, tarde o temprano, a una profunda crisis. Y suele hacerlo porque dejamos de ser creativos, empeñando más tiempo en retener lo ya logrado que en seguir buscando.
La experiencia de los grandes hombres y mujeres que jalonan la historia de la salvación, comenzando por Abraham, es siempre una historia de búsqueda. Esta búsqueda supone asumir una pérdida, aprender a dejar atrás la seguridad de la tierra conocida, la comodidad del mundo burgués que nos tendemos a construir. Creer es hacer del camino nuestra casa. Nada hay más contraproducente para un creyente que enlatar y reducir la experiencia religiosa a un lugar, a una forma o a un único método. La voz de Dios nunca puede grabarse para ser escuchada a nuestro propio gusto. Para escuchar a Dios hay que estar siempre en camino, ligeros de equipaje, sin dejar que la comodidad o la vida aburguesada y cómoda nos atrape.
Por eso Jesús se acerca y toca a los discípulos atrapados por el miedo y les invita a bajar de nuevo del monte. Por eso san Pablo exhorta a Timoteo para que no se canse de asumir los duros trabajos por el Evangelio según la fuerza de Dios. Esta última parte es importante, porque el verdadero esfuerzo siempre tiene su fuente en la fuerza de Dios, no en la nuestra. Apoyarnos en nuestras propias fuerzas termina por fatigarnos inútilmente. Apoyarse en Dios supone asumir que solo Él es nuestra riqueza, nuestro tesoro, un tesoro tan “pesado” que no está hecho para echárselo a las espaldas, sino para ir disfrutándolo a sorbos, mientras caminamos.
La nube que cubre nuestra experiencia religiosa, la crisis que creemos una amenaza porque difumina el rostro resplandeciente y los vestidos refulgentes de Jesucristo, no es más que el espacio vacío necesario para escuchar la verdadera palabra: la que viene de Jesús. Y a Jesús no se le escucha únicamente en la comodidad de una cálida capilla, en la belleza del templo o en la seguridad de una religiosidad perfectamente organizada. El mundo, la cultura, el tiempo… se encargan de desmontarnos todas esas “tiendas”. Lo que creíamos inamovible ayer, hoy ya no sirve para nada. Nos asalta el miedo, la duda, el temor… Pero no nos damos cuenta que es precisamente este aparente fracaso el que nos abre al camino, verdadero lugar en el que escuchar a Dios. Porque a Dios se le escucha caminando tras las huellas de Jesús, como sus discípulos; asumiendo el día a día con la pobreza y la fe de un peregrino.
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