El desierto al que tanto nos referimos en el adviento y en la cuaresma, no es tanto un lugar cuanto una situación vital. Supone la pérdida de todo apoyo humano y de toda consolación que pueda venir de este mundo. En un mundo donde cada vez necesitamos más las nuevas tecnologías para sentirnos “conectados”, aunque sea virtualmente, el desierto supone una llamada a la soledad más profunda. En un mundo en el que no podemos vivir sin ruido, el desierto nos abre a la voz del silencio; en un mundo en el que se nos obliga a creer que la felicidad se obtiene consumiendo y teniendo cada vez más y más cosas, el desierto nos regala la pobreza. En un mundo en el que se educa para creer que cada uno puede hacer lo que quiera y que nada de lo que nos apetece es malo, el desierto reclama una profunda conversión y la confesión de los pecados.
El desierto saca de nosotros lo mejor y lo peor; por eso es tan necesario entrar en él de vez en cuando. Sólo desde esta situación extrema es posible distinguir a los verdaderos profetas de los profetas aduladores que sólo proclaman lo que todo el mundo quiere oír. Vivimos en una cultura superficial, con muy pocas raíces y sumamente caprichosa. En este ambiente es casi imposible escuchar la buena noticia y llegar a ser verdaderamente libres. Por ello es necesario buscar en este desierto un oasis sin ceder a la tentación de beber las aguas estancadas de los charcos.
Queramos o no, tarde o temprano todos tendremos que ir al desierto. En el desierto caemos, por ejemplo, a causa de nuestros pecados o errores, como le ocurrió al pueblo de Israel. En ese contexto, como hace Isaías, el profeta lanza un mensaje de consolación, porque Dios no es un juez que busca el castigo, sino un padre que sufre con las caídas de sus hijos y les tiende la mano para levantarlos. Por eso hay que rellenar de fe nuestras dudas y volcar millones de capazos de alegría en los valles de nuestras depresiones y tristezas.
El anuncio del evangelio no puede ir precedido de otro grito más que el de una llamada radical a la conversión; esta conversión se expresa de forma práctica en la confesión de los pecados. La conversión es la llave que abre nuestro corazón para que la buena noticia entre en él. Si nuestras vidas están torcidas, hay que enderezarlas sin más demora. Si nuestro corazón rebosa de recelos, envidias, malhumor o pesimismo, es hora de igualar lo escabroso para encontrar un equilibrio sano, tanto físico como mental. Si caminamos por las nubes, subidos a lomos de nuestro orgullo y prepotencia, hay que abajarnos para que Dios tenga fácil acceso a nuestro corazón.
Preparar el camino del Señor es tratar por todos los medios de que nuestra vida no sea demasiado complicada: ni tan escarpada que nadie la pueda ascender ni tan depresiva que provoque la caída de quien camine a nuestra orilla; ni tan retorcida que nadie nos entienda ni tan áspera que a todos hiera. Se trata de rebajar, rellenar, enderezar o pulir, según el caso, para que cada uno de nosotros sea un camino por el que Dios venga, primero a nosotros mismos y luego a los demás.
Este trabajo ha de ser continuo; no podemos agobiarnos por los tiempos ni por los resultados; Dios tiene toda la eternidad para lograr lo que quiere, así que no podemos pretender cosechar el mismo día de la siembra; a veces sólo se puede sembrar esperando que otros recojan el fruto. Nuestro trabajo ha de ser doble: en primer lugar, buscar en los desiertos de este mundo la voz de los profetas verdaderos que como Juan Bautista nos invitan a la conversión. Los reconoceremos porque, aunque sus palabras o vidas nos provoquen y sacudan, sentiremos que en ellas hay vida, esperanza, luz y consuelo. En segundo lugar, una vez metidos en el desierto, debemos aprender también a ser camino llano para los demás. La buena nueva no es algo que termina en nosotros; es más, cuando la buscamos de forma egoísta siempre se nos escapa; la buena nueva es siempre para dar y compartir. Somos administradores de un bautismo de agua, del trabajo, del signo, del esfuerzo; pero el fuego y la vida de ese bautismo no son nuestros; Dios no nos pertenece. Busquemos el desierto donde Dios nos hable al corazón, consuele nuestro llanto, perdone nuestras culpas y nos convierta en profetas de la buena nueva.
Documento de la semana
Lecturas, homilía y oraciones para leer, imprimir o compartir · 103,1 KB