Tras el primer paso del Adviento, en el que se nos invitaba a soñar bien despiertos, nos disponemos a dar el segundo, siempre mirando al horizonte navideño que no está lejos, apoyados en el camino hecho, pero sin detenerse en él, sino siguiendo avanzando y profundizando en esta hermosa senda que el Espíritu de Dios que vive en el tiempo y en la historia, nos ofrece. De esta forma, no olvidamos lo que ya dijimos sobre la necesidad de tener esperanza, de no confundirla con los sueños e ilusiones alienantes, sino de afianzar y asegurar una actitud bien atenta y despierta para que los cantos de sirena de este mundo no nos distraigan ni adormezca nuestra fe. Profundicemos ahora en este camino abierto sobre las lecturas que la Iglesia nos ofrece en este segundo escalón pre- navideño.
Una vez vista la necesidad de proyectarse hacia el futuro cargados de los mejores deseos de paz, a lomos de ese caballo indomable que es la esperanza, hemos de planificar ahora el viaje, teniendo en cuenta que vendrán momentos de desánimo (si no han llegado ya) y que por tanto habrá etapas duras y áridas, donde las tentaciones de mirar atrás y abandonar serán muchas. ¿Cómo ser constantes en este camino?
Al igual que nadie puede vivir sin alimento, los deseos y aspiraciones más nobles que anidan en nuestro corazón necesitan también alimentarse, nutrirse para no desaparecer. ¿De qué se alimentan nuestros deseos? Ciertamente no todos los alimentos son iguales: así, no es comparable una buena pierna de cabrito a la brasa saboreada en una cena amistosa y entrañable, que una hamburguesa engullida con prisas en una tienda de comida basura… De la misma forma, cualquier alimento no es válido; al igual que nuestros cuerpos, los anhelos y deseos también pueden ser mal alimentados, engordados con grasas sebosas que matan el hambre, pero dejan al cuerpo sin las vitaminas y proteínas necesarias para vivir de una forma sana.
Siguiendo el ejemplo, ya sabemos que, si comemos mal el cuerpo se resiente y termina por desfallecer. De la misma forma, si alimentamos mal los deseos, estos se debilitarán y terminarán desapareciendo. Todos conocemos casos de personas que se han entusiasmado mucho con alguna ilusión, pero que ante las primeras de cambio han abandonado el camino emprendido. Un refrán castizo habla así de “arranques de caballo y paradas de burro”. No se trata sólo de que haya deseos o ilusiones que por el hecho de ser falsas están abocadas necesariamente al fracaso, sino que incluso los anhelos más nobles y verdaderos pueden fracasar si no están bien gestionados; es decir, sino se alimentan y se cuidan de forma adecuada. En estos casos es importante tener como referencia a los grandes forjadores de esperanza que la tradición de la Iglesia nos ofrece en la Palabra de Dios, como Isaías, Juan Bautista o Pablo.
Isaías sigue anhela y profetiza un futuro de paz, como veíamos la semana pasada. En este caso, ese futuro se representa no ya por el cambio de las armas en aperos de trabajo, sino por la convivencia en paz de animales considerados enemigos. Si hermosa era la comparación de la semana pasada, también esta es muy bella y bucólica. ¿Cómo es posible que el lobo viva con el cordero o el león con el buey, o que el niño juegue con la serpiente sin que esta le pique? Son símbolos de lo que ocurrirá cuando toda la tierra esté llena del “conocimiento” de Dios; cuando los hombres caigamos en la cuenta de algo tan evidente y cercano que no somos capaces de ver todavía. En nuestra misma vida decimos de alguien que hace niñerías o locuras estúpidas que “parece que no tiene conocimiento”. Muchas estupideces no se hacen por maldad, sino por falta de conocimiento; por no darse cuenta exactamente de qué es lo mejor. El pecado no estaría entonces en el acto en sí mismo, sino en la falta de preparación y formación; en resumidas cuentas, en la falta de hondura espiritual.
El mal que pulula a nuestro alrededor nos hiere muchas veces de forma sibilina, no empujándonos directamente al mal (pues casi nadie hace algo malo buscando el mal directamente), sino trastornando nuestro conocimiento para que confundamos el bien con el mal. Por usar el símil de Isaías podemos decir que muchas veces el mal corta nuestras vidas y nos deja sin fruto, como el hacha o la sierra corta el árbol y parece que no aniquila. Y digo “parece”, porque si miramos bien, un árbol no es solo lo que se ve. La mayoría de nosotros pensamos en un árbol como una planta grande formada por tronco, ramas y hojas, olvidándonos de su parte fundamental: su raíz.
El mal puede cortar nuestro fruto, doblegar nuestras ramas, incluso cortar nuestro tronco; pero no puede (si nosotros no queremos) que afecte a nuestras raíces, a lo más profundo de nosotros, a nuestro ser más íntimo, que es el centro donde Dios nos habita y posee, lo más sagrado de nuestras vidas. De esta forma, Isaías prevé que, incluso en los momentos más oscuros, siempre hay esperanza, porque el mal se rige por la apariencia, pero el Espíritu habita en lo que no se ve; no juzga por lo externo sino por lo interno, siendo como es un dinamismo desde abajo y desde lo profundo. Como las heridas, el Espíritu de Dios cura de dentro a fuera; por ello es posible que a cualquier tronco de un árbol talado le surja un retoño, un pequeño brote que con el tiempo será un tronco nuevo y fuerte. Hermosa imagen, ciertamente.
Si nuestras vidas han sido taladas por algún acontecimiento triste, no hemos de perder de vista esta imagen; no hemos de dejarnos llevar solo por las apariencias, pues también hay vida bajo tierra, una vida que tarde o temprano germinará a poco que confiemos en su fuerza interna y sigamos confiando en los sueños. Para ello hace falta creatividad y un espíritu de Conversión permanente, de continua vigilancia y revisión de nuestra vida y actitudes. Aquí nos surge por vez primera otra palabra también importante: “conversión”.
Ciertamente tendrá mucha más relevancia en el tiempo de cuaresma, pero no cabe la menor duda de que la Iglesia nos quiere hacer ver desde los mismos inicios del año litúrgico su importancia, pues sin conversión permanente nuestra vida nunca germinará. Para iniciarnos en ella, nada mejor que su primer apóstol y mensajero en el Nuevo Testamento: la figura curiosa y un tanto estrambótica de Juan Bautista, a quien podríamos considerar como la bisagra o el eslabón que Dios ofreció a su creación para unir el primer Testamento (o Antiguo Testamento) con el Nuevo Testamento.
En Juan Bautista hay tres datos curiosos: El primero es que vive en el desierto. El segundo es que lleva una vida de pobreza y radicalidad espiritual y el tercero es que es un profeta valiente de una conversión verdadera constatada por los frutos, no por las apariencias. Estudiemos brevemente estos tres elementos: a) Vive en el desierto: El desierto es lugar de muerte, donde la vida apenas se abre paso. Al igual que la imagen del árbol talado, la imagen del desierto nos habla de esterilidad, de aparente vida sin futuro… Sin embargo, Juan Bautista comprende que es precisamente en esos lugares donde al hombre le resulta más fácil encontrarse con Dios; por eso se retira al desierto; y es desde el desierto desde donde desempeña su tarea. Como él, un buen cristiano no puede eludir esta realidad. Vivir de espalda a los desiertos de la vida, a los pesebres de la historia, a las cruces del camino, es vivir en las apariencias, en el escaparate, en el marketing, sin echar nunca raíces. b) Lleva una vida de pobreza y radicalidad espiritual: Juan bautista se desembaraza de las cosas de este mundo y hace de Dios su riqueza. Comprende que solo desde la pobreza es posible la autenticidad y la abraza con todas sus fuerzas. Por otro lado, es una persona radical, entendiendo por radical no al fanático (esa es la definición de aquellos que quieren cercenar la esperanza) sino al que vive “enraizado”, al que tiene fundamentos y cimientos sólidos. La radicalidad es un valor fundamental en la vida de cualquier cristiano. c) Es profeta valiente de la conversión verdadera: con ella entendemos que no tenía pelos en la lengua, que no le importa llamar al pan, pan y al vino, vino. Muchos de nosotros nos movemos en esa melodía diabólica a la que llamamos “diplomacia”, confundiéndola con la astucia, la prudencia o la sensatez. Hay momentos en que hay que aparcar lo “políticamente correcto”, si no queremos que lo “políticamente correcto” apague lo “evangélicamente verdadero”. Así lo entendió Juan y así lo llevó a la práctica, pidiendo una conversión verdadera, no un mero cambio de actitudes, sino un cambio radical.
Este tercer punto es fundamental para entender la verdadera conversión, entendida como el remedio contra todo atontamiento o adormecimiento espiritual. El creyente no ha de “dormirse en los laureles”, comprobando permanentemente cuál es la hondura de su conversión, mirando a su vida y a sus frutos, aunque esos frutos sean tan pequeños como un retoño nuevo en un tronco talado. Juan Bautista lo dice de una forma más plástica cuando habla con los hipócritas y fariseos que lo buscaban: no se trata de cambiar sólo las vidas, sino el corazón. El ser cristianos no nos da ninguna ventaja con respecto a otras personas, pues Dios no mira los títulos, ni las apariencias, sino que mira el corazón. Dios es capaz de hacer hijos suyos hasta las piedras, lo cual significa que, ante la presencia de Dios, no vale ningún currículum, ni cartas de recomendación, ni títulos o trayectorias profesionales, pues la conversión que nos lleva a Dios se mide por las obras, por los frutos, por la vida, y no por las influencias que tu nombre y ocupación te dan.
Al igual que en la carta a los Romanos se nos dice, en Juan vemos como la conversión es para todos, no sólo para los judíos como pueblo elegido, o para los cristianos como nuevo pueblo de Dios, sino para todos, creyentes y no creyentes. Ciertamente Dios cumple su promesa con los suyos, con aquellos que primeramente le han reconocido explícitamente en la historia, pero no se encierra en esos “hijos adelantados”, sino que, tal vez, con más pasión se lanza a la búsqueda de aquellos que aún no le conocen, a los que nosotros, sus hermanos, les hemos puesto el nombre de “paganos”.
Entendemos ahora también la misión que Juan Bautista se atribuye a sí mismo como el adelantado del hijo de Dios, el enviado. El dice de sí mismo bautizar con un “bautismo de agua”, pero que el verdadero bautismo es el “bautismo de fuego” que sólo puede hacer aquel al que él precede. La sensibilidad de Juan es exquisita. Como hombre, sabe que sólo puede bautizar con agua, ayudando a cambiar la vida, lo cual no es suficiente pues él no puede salvar a nadie. Es necesario que venga el Hijo del hombre a bautizar con Espíritu Santo y fuego. Ese bautismo de fuego no será un mero rito de “borrón y cuenta nueva”, sino una verdadera conversión desde la raíz; no será un cambio a una vida mejor, sino el definitivo cambio a una vida plena y eterna. Juan Bautista es sólo un hombre, pero el Hijo del Hombre es Dios mismo entretejido en nuestra historia.
Como hombres, al igual que Juan Bautista, nosotros sólo podemos ayudar a la salvación de los demás; pero nosotros no salvamos, sino que es Cristo el que salva y da la vida en plenitud. Nosotros administramos un bautismo que no nos pertenece en el que se manifiesta el misterio radical de la vida plena a la que se llega tras una vida terrena de conversión permanente. Es Juan Bautista quien nos enseña esto precisamente.Para concluir, podemos decir de Juan Bautista que representa a todas las tradiciones religiosas verdaderas de la tierra, las cuales, precisamente por ser verdaderas, no son ajenas ni se cierran a la realidad de la Palabra de Dios encarnada, que es Cristo. Estas tradiciones hermanas en nuestra historia, esas “otras” religiones, no nos deberían ser extrañas, pues la presencia del Mesías entre nosotros no ensombrece la figura de Juan Bautista, ni la anula, sino que la lleva a su máxima expresión y dignidad. No seamos como los fariseos o saduceos del Evangelio, tan orgullosos de sus verdades que ni tan siquiera son conscientes de la necesidad de conversión permanente, radical y profunda, acaban en el cinismo más rastrero; pues si Dios puede hacer hijos suyos hasta las piedras, ¡cuánto más serán hijos suyos aquellos hombres y mujeres que buscan la verdad, la justicia y el amor con un corazón sincero, vengan de la religión que vengan o incluso de la increencia!
Sigamos siendo hombres y mujeres de esperanza, como Juan Bautista, siendo conscientes de que nuestros deseos son como un nuevo retoño que ya está surgiendo. Al igual que la flor invernal del almendro es un anticipo de la primavera, el retoño de un nuevo vástago es la certeza de que el Reino de Dios ya ha empezado y una eterna primavera está en marcha. No son falsas ilusiones, sino realidades. Que nuestros deseos se alimenten, como san Pablo nos recuerda, de alimentos verdaderos, como son la constancia y el consuelo que nos procura la Palabra de Dios. Con ellos, siendo fieles a ese trabajo día a día, a esa bendita rutina que nos hace avanzar y al encuentro diario con la voz de Dios que emana de la Biblia y de la Tradición de la Iglesia, nuestros anhelos no morirán ni engordarán artificialmente, sino que serán fuertes y robustos, y estarán preñados de una esperanza que ya empieza a ser realidad. Convertirse a esos deseos no es fantasear ni soñar ingenuamente, sino vivir y luchar cada día para que empiecen a ser una realidad, aunque esta sea tan pequeña como un nuevo retoño en un tronco talado, pero todavía con raíces.
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