Cuando termina el diluvio y Dios habla a Noé, pone como símbolo de la nueva alianza el arco iris y promete que nunca más volverá a enviar ningún castigo así sobre la tierra. Evidentemente tal diluvio nunca existió de la manera que la Biblia lo cuenta. Ya sabemos que la Biblia no es un libro de historia ni de ciencia, sino de fe. Si esto es así, ¿Cuál es el sentido del diluvio?
San Pedro se refiere a ello algunos siglos después de que el relato del diluvio fuera escrito, aludiendo a él como “símbolo” del bautismo. Ante las experiencias de muerte que el hombre sufre (inundaciones, terremotos, tifones…), primeramente, hay una sensación de impotencia e indefensión que en muchos casos nos hace mirar a lo alto y replantearnos el sentido caduco de la existencia. Más tarde se abre paso la vida. La necesidad de seguir adelante se impone sobre toda catástrofe, pues tanto lo bueno como lo malo son realidades pasajeras. De las cosas buenas queda el recuerdo y de las malas la cicatriz, pero todo se pasa; tanto el gozo como la pena sólo se pueden vivir intensamente durante un periodo corto de tiempo; si no fuera así moriríamos de placer o de dolor.
De esta forma, tanto el que se apega al placer buscándolo a ciegas, como el que se atrinchera en el dolor y en la pena, enloquecen o mueren irremediablemente. Como ya dijimos el domingo pasado, las realidades de desiertos y de encuentros intensos con el Misterio, necesariamente han de ser breves. Tal es la experiencia a la que se refiere san Pedro en su carta y para la que nos preparamos en esta cuaresma; aquello que denominamos como “Misterio Pascual” y que constituye el núcleo de la fe del cristiano: la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo como modelo de lo que es la vida en si misma: un sufrir, morir y resucitar.
Tal vez los dos sacramentos que mejor reflejan esta experiencia sean el Bautismo y la Eucaristía. No es de extrañar por ello que la cuaresma haya sido desde siempre un tiempo de preparación para los mismos, sobre todo para el Bautismo, que constituye la fuente de la vida que mana incesantemente en aquel que lo recibe. Como Pedro recuerda en su carta, no es simplemente una limpieza, sino una verdadera renovación interior, un volver a nacer que trae consigo la adquisición de una nueva y definitiva identidad.
El Bautismo es un sacramento olvidado. Se piensa en él como algo que ocurrió, pero pocas veces somos conscientes de que es una fuente que mana aquí y ahora, no un simple rito que nos hicieron cuando éramos niños. El bautismo es un misterio que nos acompaña siempre, haciendo que de nuestro corazón mane un agua nueva que ahoga y anega todo mal, haciendo emerger al hombre nuevo.
Esta es el agua de Dios, aquella que anega y sumerge para luego hacer salir el arco iris que anuncia una eternidad para los que guardan la alianza y siguen las sendas de misericordia y lealtad que Dios traza.
La cuaresma nos da la oportunidad de prepararnos para volver a celebrar la renovación de nuestro bautismo. No es extraño, por tanto, que en la noche de la Vigilia Pascual no sólo se celebre este sacramento, sino que los bautizados renovemos nuestras promesas bautismales. El desierto y la sed no son más que la preparación para saciarnos del agua nueva. A veces necesitamos carecer de las cosas para apreciarlas más; pedagógicamente el desierto y la cuaresma nos ayudan a templar nuestro espíritu de cara a prepararnos para vivir y sentir este misterio.
Quien huye del desierto por comodidad se priva del gozo de sentir a Dios y convierte su fe en una experiencia virtual, de palabras y fórmulas sin vida. Es cierto que el desierto es un lugar de alimañas y de tentaciones, pero si Jesús va a él es porque tanto unas como otras nos ayudan a destapar nuestra realidad; y a la larga esta lucha nos fortalece. Ignorar o huir de las alimañas y tentaciones de este mundo es como negarse a salir a la calle por miedo a un accidente o a un atraco. En casa todo nos parece más seguro, pero no afrontar la vida que hay más allá del umbral de nuestra puerta no sólo no nos deja crecer y madurar, sino que nos infantiliza y hace vulnerables a las mismas tentaciones de las que pretendemos ingenuamente protegernos. En realidad, no se trata de salir al desierto, sino de reconocer el desierto que todos llevamos dentro.
Sólo quien ve sus pecados y los anchos y cómodos caminos que a ellos conduce puede cambiar y ayudar que otros cambien. No hay medias tintas: taparse los ojos es claudicar ante la ceguera; por ello no hay más tiempo; es hora de dar el paso y de caminar al desierto para iniciar nuestra conversión. El Reino de los cielos está cerca, la religión de Jesús de Nazaret no es la religión de un dios lejano, sino del Dios amigo que comparte nuestra vida y vive en nuestros corazones. La llamada de Jesús es una invitación a la valentía de aceptar nuestra verdad; a mirar y reconocer que estamos hechos para creer. No tengamos miedo; dejémonos inundar por este nuevo diluvio llamado Jesucristo, muriendo con Él bajo sus aguas de amor para ser resucitados con Él a una tierra donde el arco iris sea como la eterna sonrisa de Dios.
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