No somos más que frágiles criaturas de barro; nuestra belleza está esculpida por las manos entrañables de Dios; nuestro respirar es su aliento. Somos hechura de Dios preciosa y viva, pero también libre. En esta libertad reside a la vez nuestra grandeza y nuestra fragilidad. Vulnerables al encanto de la serpiente, a sus palabras engañosas con las que mete en nosotros el veneno de la envidia. Porque el mal es siempre envidioso: envidia a Dios y nos envidia a nosotros por el simple hecho de ser amados. La envidia es la simiente del pecado. Envidiar es vivir sin agradecer lo que se es y lo que se tiene; querer ser y poseer al otro. Podriamos pasarnos la vida comiendo los infinitos frutos de amor y misericordia que nos rodean; encontrariamos en cada uno de ellos un gozo que nunca cesa; nuestro corazón se renovaría en cada banquete. Pero preferimos el alimento de los dioses a la comida de los hombres, queremos ser dioses, decidir entre lo bueno y lo malo sin más criterio que nuestro apetito, juzgar entre la vida y la muerte como si fueramos dueños del universo y no meras criaturas perdidas en su espesura.
Hay un hombre que no ha sucumbido al encanto de la serpiente, a sus insinuaciones cargadas de veneno. Fue tentado tres veces. Cada tentación fue más intensa que la siguiente; pero él no dejó de ser quien era ni quiso convertir a los otros en lo que no eran. El vivió hasta el final agradeciendo y aceptando sin buscar la dicha más allá de sus límites. Ese hombre fue tentado primeramente para satisfacer su hambre de pan, el más elemental de los instintos que remite al hambre de afecto y cariño en un mundo lleno de corazones de piedra. Pero él no vino para cambiar los corazones a la fuerza, ni para alimentarse del afecto y la gratitud de sus hermanos, sino para hacerse a sí mismo pan de los pobres y alimento de miserables.
Luego, el mal se vistió de confianza y providencia para tentarle como se tienta a las almas santas. La voz del mal imitó a la de Dios para tentar a la fe. Es la tentación de las personas buenas empujadas a estirar su fe hasta que se rompe. Tentar a Dios es lo más fácil cuando se cree sólo con el corazón, sin usar la cabeza. Pero ese hombre no era un mago de feria, ni usaba sus dones para impresionar u obligar a Dios a realizar el trabajo que sólo a los hombres les corresponde.
Finalmente, el mal siempre da la cara directamente, sin tapujos, poniendo toda la carne en el asador, despertando la pasión de poseer y dominar que todo ser humana lleva dentro. El mal ofrece el mundo porque en él campa y porque tiene la potestad de darlo a quien se le rinda. Sólo cabe ante ello exigir distancia, abrir un abismo entre nuestros pies y los tronos de este mundo para mantener nuestros cuerpos vírgenes de todo afán de poseer y acaparar, así como nuestros ojos protegidos para no ser deslumbrados por las luces cegadoras del poder y la riqueza.
Ese hombre es un nuevo Adán, aliento divino y barro humano fundidos, siempre fiel a la voluntad del hálito de vida del que procede y capaz de re insuflar en nuestra carne malherida un soplo renovado de libertad que sane nuestras heridas y nos recupere para la gran batalla final en la que alzarnos definitivamente con la victoria. En nuestras manos está elegir cada día entre su triunfo o el fracaso disfrazado de éxito y honores. Por ese hombre merece la pena dar la vida, vivir en el desierto de esta vida superando las tentaciones y fortaleciendo con ello nuestros pasos.
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