El dolor, el miedo y la angustia son experiencias humanas. No hace falta explicar los efectos que estos sentimientos provocan en nosotros, pero sí proclamar que ninguno de ellos tiene la última palabra en nuestras vidas. Que Cristo resucite venciendo a la muerte no es únicamente algo que tengamos que creer por fe, sino ante todo una experiencia interior de vida que acontece abriéndose paso en la oscuridad de nuestros miedos y angustias. Si en los momentos duros de la vida nos dejamos llevar sólo por los sentimientos externos, sucumbiremos a la desesperanza; pero si profundizamos en el sentido del dolor, descubriremos que detrás de cada cruz hay una oportunidad para descubrir al Dios que viene a nuestro encuentro con el objetivo de liberarnos. En realidad, Dios está llegando siempre, aunque no nos damos cuenta porque los vicios, distracciones y preocupaciones de esta vida nos tienen completamente adormecidos. Adviento es un tiempo en el que se nos invita a descubrir que Dios está permanentemente llegando, incluso a lomos del dolor o el sufrimiento.
Podemos diferenciar dos tipos de sufrimientos: los que vienen solos fruto de nuestra débil naturaleza, y los que uno asume fruto de su fe. Como hemos dicho antes, ambos, lejos de ser sólo una barrera que se alza entre nosotros y la felicidad, pueden ser una oportunidad maravillosa para liberarnos de las cadenas que lastran nuestro camino y encontrar la senda de la eternidad. Pero vayamos por partes:
Los sufrimientos que vienen solos no hacen más que recordarnos una dura realidad: somos criaturas débiles, fugaces y terriblemente vulnerables, cuyos días están contados. Las lágrimas del dolor no son sólo fruto de nuestra desesperación o expresión de nuestra frustración; también la son como el agua de una fuente en la que limpiar nuestros ojos de las impurezas que no nos dejan ver la realidad de nuestra desnudez. El llanto aclara la vista para ver lo que se ES, dejando en evidencia la mentira de lo que se ha soñado o se ha pretendido ser. En este sentido las lágrimas nos devuelven a la realidad y, al descubrir nuestra pobreza, allanan el camino para poder contemplar a Cristo llegar a nuestras vidas. Sólo un corazón que se sabe y se siente necesitado es capaz de descubrir a Dios viniendo al encuentro. En cambio, un corazón seguro de sí mismo y embriagado de prepotencia está ciego para contemplar la maravilla que supone descubrir a Dios acercándose por su propia iniciativa amorosa.
El segundo dolor, es el dolor que se acepta como consecuencia del amor y se asume como lugar privilegiado de encuentro con Dios. No es que el dolor sea bueno, pues los cristianos no somos masoquistas, pero cuando el dolor es desposeído del “sobredramatismo” que provocan nuestros apegos, descubrimos bajo su cáscara una presencia divina liberadora que hay que adorar.
Huir del dolor nos lleva a huir también del pesebre, de la cruz y del compromiso que estas realidades nos exigen; porque nadie puede permanecer indiferente ante el dolor de unos padres que han traído al mundo a su hijo en un pesebre o ante la tragedia de un hombre justo cruelmente ajusticiado. Son experiencias que exigen un posicionamiento. No cabe término medio: o huimos o las encaramos para comprometernos en la liberación que estas pruebas llevan consigo.
Por ello el cristianismo es una religión que conduce hacia el prójimo y no hacia uno mismo. Sobre todo, cuando el prójimo es vulnerable, débil, enfermo o marginado, el cristiano descubre en los dolores, angustias y sufrimientos de las personas un lugar de encuentro único con Cristo liberador. ¿Qué hizo Cristo si no estar cerca de estas personas y liberarlas de sus ataduras físicas y espirituales? Huir de estas realidades por miedo a perder nuestras vidas es huir también de la presencia de Dios que las habita.
Adviento es un tiempo para buscar estas realidades; un tiempo que nos conduce al pesebre; un anticipo de la cruz y de la tumba. Decimos que adviento es un tiempo de espera, pero esta espera no es pasiva, sino dinámica. Velar y orar no supone sentarse a esperar que todo se nos dé hecho. Tenemos en nuestras manos el regalo, pero somos nosotros los que hemos de abrirlo y disfrutarlo.
Adviento es esperar como espera la mujer embarazada la llegada de un hijo al que siente vivo antes incluso de nacer. La embarazada no se sienta pasivamente. Su espera es un sin fin de revisiones médicas, preparativos y cuidado personal hasta que pueda abrazar al hijo que lleva en su seno. De la misma manera que los novios que se preparan para una cita se acicalan y se engalanan para un encuentro que todavía no se ha producido pero que ya les pone nerviosos y en tensión, nosotros hemos de preparamos para encontrarnos con Dios. En realidad, todo preparativo es ya parte del encuentro. Vivamos este adviento no con una actitud pasiva, sino con el dinamismo de una vida espiritual intensa, velando, orando y saliendo al encuentro de todos los que sufren cerca de nosotros para encontrarnos en ellos con el “señor nuestra justicia”.
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