En contra de lo que se pueda pensar, el adviento no es un tiempo litúrgico que prepare a la Navidad. Aunque la sociedad comercial nos quiera imponer un ambiente externo donde “ya es navidad”, hemos de evitar por los medios caer en la trampa de pretender celebrar una Navidad que no haya pasado primeramente por el adviento.
En realidad, el adviento es como el pórtico de todo el año litúrgico.
Ciertamente la Navidad es la primera fiesta de relevancia de cada año, pero no podemos reducir el adviento a una simple preparación navideña. Los cuatro domingos que tenemos por delante nos introducirán a cuatro temas aparentemente desconectados unos de otros, aunque unidos por el común denominador de la esperanza:
El primer domingo (que nos ocupa) nos introduce en la esperanza previa a la llegada del Mesías.
El segundo domingo nos remitirá a su nacimiento.
El tercero se centrará en su vida pública y en las diferentes reacciones que provocó.
El cuarto y último se centrará en la vuelta definitiva del Mesías al final de los tiempos.
Si la esperanza es el común denominador de los temas centrales de los siguientes cuatro domingos, no estaría de más hacernos preguntas como ¿qué debemos esperar? o ¿cómo debemos esperar?
La primera lectura de este domingo nos abre ante una primera espera: la de la paz. Se trata de una visión utópica, pero que no remite sólo a un mañana donde las armas se transformen en herramientas al servicio de un mundo más justo, sino que también remite al origen de una creación en la que fuimos creados para el amor, no para la guerra. La violencia no entraba en los planes de Dios. Una primera esperanza es, por tanto, la recuperación del espíritu abierto y universal de todo verdadero creyente.
¿Fomento con mis pensamientos y obras este espíritu universal o caigo fácilmente en las redes de los nuevos nacionalismos excluyentes?
Dios viene. Es lo que celebramos. En los textos apocalípticos que hemos estado escuchando en los últimos domingos esta llegada viene precedida de grandes señales; sin embargo, este domingo se nos hace ver que, a pesar de esas señales, Dios vendrá de improviso, cuando menos lo esperemos. De ahí el llamamiento a estar siempre vigilantes. La cultura actual invita a todo lo contrario, tratando de vendernos una falsa seguridad. Ante la gravedad de la crisis sociocultural y económica y la evidente decadencia social a la que estamos asistiendo, la tentación es la de atrincherarse, asegurarse el futuro, construirse una especie de búnker donde aislarse de los males del mundo, sean cuales fueren.
Sin embargo, la Palabra de Dios no invita precisamente a esto, sino invita a una esperanza activa y a una preparación creativa, incluso aunque no sea comprendida. De Noé se rieron cuando se puso a construir un arca, pero a él poco le importaron las risas. Sabiendo de la decadencia del mundo se puso manos a la obra yendo contra corriente, fabricando con sus manos una nave que salvara no sólo a él y a su familia, sino a un trocito de la creación. Se trata, a veces, de ser contraculturales, si hay que serlo, para no dejarnos arrastrar por la superficialidad de la cultura actual; atrevernos a ser diferentes sin caer en posturas sectaristas o mesiánicas, construyendo arcas exclusivas en lugar de un gran arca abierta a todo el que quiera colaborar.
¿Cuál es el arca que estoy construyendo ante un mundo cada vez más alejado de Dios? ¿Es un arca grande y abierta a los míos y a la creación o es un arcón estrecho y cerrado?
Jesús nos invita a la vigilancia con el ejemplo de la llegada del ladrón. Nos dice que vigilemos, pero no nos dice exactamente a qué tipo de vigilancia se refiere. Es así porque la vigilancia es una actitud abierta. Por ejemplo, cuando vamos a conducir un coche, aquellos que nos quieren nos dicen algo así como: “lleva cuidado”; no se entretienen en decirnos la interminable lista de peligros que pueden asaltarnos cuando conducimos… el mero hecho de estar vigilante ya nos dispone para lo que venga, sea lo que sea. Es esta la vigilancia que Jesús nos pide. Esta actitud de vigilancia no es algo ajeno al mundo. No todo está perdido. Hay fragmentos de bondad y de belleza; gestos de nobleza y generosidad que nos hace seguir creyendo en la humanidad.
Adviento es también un bonito momento para mirar con fe y descubrir estas semillas de esperanza en nuestro mundo. Se trata de una búsqueda diferente, esperanzada, alegre, confiada en la bondad de la creación.
Adviento es un tiempo para recordar dos grandes realidades.
La primera es que, a pesar de los pesares, seguimos manteniendo intacta nuestra condición de criaturas hechas a imagen y semejanza de Dios; es decir, no hemos perdido nuestra capacidad de ser seres humanos, en el más noble sentido de la palabra.
La segunda, es que el Espíritu de Dios sigue actuando en la historia y en el corazón de cada persona. Es Dios quien conduce la historia. Invitados a sumergirnos en esta corriente que lleva a la salvación, entremos de lleno en el adviento, vigilantes, pero profundamente esperanzados.
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