En la biblia los sueños son muy importantes porque mientras los hombres duermen Dios se revela sin que nuestras ideas o raciocinios le estorben. Según el bellísimo relato de la creación, Dios crea a la mujer durante el sueño del hombre; durante otro sueño, José es convencido para que acepte a María; y a Isaías se le revela un maravilloso futuro de paz. Ciertamente la paz mundial no deja de ser un sueño que nos parece inalcanzable cuando estamos despiertos; sin embargo ¿Quién se atrevería a calificarlo de utopía o falsa ilusión sin estar dando el primer paso para la desesperanza, sembrando así el camino de la guerra? La realidad de muerte y calamidades que nos rodean, las pesadillas que impiden nuestra felicidad se verán rotas por los sueños e ilusiones de muchos hombres y mujeres a los que Dios les ha revelado esta gran noticia: Vendrá la Paz, no está lejos que llegue, pero conviene prepararse para ella. Sí, llegará el día en el que Dios gobernará de nuevo, restablecerá el orden, no con la Justicia de los hombres sino con su entrañable misericordia. Entonces podremos ver cómo los misiles pasarán a ser fuegos de feria; los portaviones, destructores o corvetas se convertirán en barcos de recreo o las armas químicas en aroma de azahar. ¿Es una ilusión? Por desgracia lo sigue siendo para mucha gente.
Es hermoso empezar el año litúrgico en este tiempo de adviento con este viejo y fundamental sueño de paz. Es hermoso soñar, pero ¿Cómo entender entonces la llamada del texto de la carta a los Romanos que nos pide despertar?
¿En qué quedamos? ¿hay que soñar o hay que despertar? Para aclararnos, conviene distinguir entre dos clases de sueños: unos que destruyen y otros que construyen. a) Los sueños que destruyen son aquellos que creamos nosotros mismos como fruto de nuestras propias fantasías. Se distinguen porque son siempre alcanzables en esta vida y no tienen proyección más allá de lo visible; tienen sus símbolos en ciertos modelos que la publicidad y el consumismo impone. Aunque se logren, nunca llenan y siempre retrasan para mañana la felicidad plena. Este tipo de sueños prometen la dicha, pero cuando parece que la has logrado siempre te remiten a la letra pequeña, obligándote a seguir en una búsqueda permanente nunca satisfecha, como burro corriendo tras una zanahoria colgada por quien lo monta, con una caña ante sus ojos, haciendo que el animal se esfuerce por alcanzar un premio al que nunca llega. b) Los sueños e ilusiones buenos: Son los que nacen de dentro; no vienen de fuera, sino que emanan de lo más hondo de nuestro ser, porque Dios los ha insuflado en el alma humana. Esos sueños son las promesas que vienen para nunca irse; hacen que la vida deje de ser sólo una espera pasiva y se convierta en un despertar para iniciar y llevar a término (vigilantes y atentos) los más nobles deseos.
Soñar con los sueños de Dios no es dormir, sino despertar, estar alerta, no bajar la guardia para no perderse detalle; no agotar todas las fuerzas en un momento, sino administrar bien las energías para que el placer de vivir no sea una sucesión de instantes fugaces bañados por un mar de mediocridad, sino una permanente dicha, un constante paladear.Al igual que el verdadero peregrino no siente sólo alegría cuando llega a la meta, sino también en cada paso del camino, el creyente no pasa por la vida con resignación o alienado por un “mañana será mejor”, sino que sabe saborear cada momento, incluso los amargos, porque está bien despierto para ello.
Adviento es un tiempo para renovar esta dimensión tan importante en nuestras existencias: Dios viene, pero no sabemos cuándo; así que más nos vale estar siempre bien preparados. Como san Pablo dirá, es posible que vengamos de una larga noche oscura, pues de todos es sabido que el creyente no está exento de ellas; pero precisamente el principio de superación de esa noche oscura no está en dejarse vencer por su sinsentido, sino en mantenerse en guardia esperando la alborada. De la misma forma que cuando uno entra en un túnel no cede ante el pánico porque sabe que hay salida, el verdadero creyente sabe mantenerse en marcha dentro de los túneles de la vida, porque sabe que tarde o temprano verá en el horizonte un punto pequeño de luz, una salida.
Adviento nos recuerda que el día está llegando; por tanto, es tiempo para levantarnos, aunque nos cueste trabajo; es tiempo de quitarnos el pijama y revestirnos de Cristo. Vistámonos de ese hombre nuevo, vistámonos de gala, pertrechémonos con esas armas de luz de las que nos habla san Pablo dejando atrás el lastre de nuestras noches oscuras en las que el pecado nos pellizca hasta hacernos llorar de dolor.
Como Jesús dice en el Evangelio, cuando el Hijo del hombre llegue, será a la hora menos esperada. Un buen pintor ha de estar pintando siempre, o al menos con una paleta cerca, pues no sabe cuándo le llegará la inspiración. Para lograr una buena pintura ha de pintar cientos sin valor o, mejor dicho, con el valor de la espera. Dios vendrá como el amanecer. No lo esperemos en grandes acontecimientos. Recordemos que se hace de día poco a poco; la luz de sol no se enciende con un interruptor a una hora determinada de la mañana, sino que amanece lentamente. Navidad se vuelve a repetir cada año y los hombres continuaremos esperando a Dios en los grandes sucesos mientras que Él sigue llamando a nuestras puertas en forma de una pareja de inmigrantes sin hogar donde parir su esperanza, de un anciano con el corazón mordido por la soledad o de un pobre que sólo encuentra en el mundo que le rodea el cáncer de la indiferencia. Estemos atentos a esas pequeñas llamadas, porque en ellas viene prendido Dios. En la vida del espíritu hay que tener ojos muy grandes para lo pequeño y ojos muy pequeños para lo grande, porque donde mejor se puede encontrar a Dios es en lo cotidiano.
No durmamos. La gente dormida parece despierta, pero su vigilia es artificial: derrochan energía y juventud viviendo felicidades enlatadas y virtuales; necesitan hacer siempre algo para no pensar; viven tan ocupados buscando lo bueno que se olvidan de serlo.
Que este tiempo de Adviento reavive los sueños de nuestro corazón, pero sueños que no nos adormezcan ni nos atonten, sino que nos hagan soñar despiertos con esas utopías que emergen en la historia y germinan en las cosas pequeñas. Vayamos a ellas como al pesebre y sepamos adorar en ellas al Dios sencillo que se nos ofrece como el mejor de los regalos posibles.
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