Siempre ha resultado inquietante el hecho de que en el día donde celebramos la entrada “triunfal” de Jesús en Jerusalén, aclamado por todo el pueblo, el Evangelio que se proclama sea el de su pasión y muerte. ¿Por qué “aguar la fiesta” con lecturas trágicas en un día de aparente triunfo?
En realidad, así es la vida misma: un día estamos en la cresta de la ola y al otro tirados por tierra; no es de extrañar que los mismos que hoy aclaman a sus héroes, mañana los traten como villanos. Y es que todos los sentimientos que se mueven en la superficie de nuestro ser son extremadamente maleables; están a expensas de manipulaciones y giran como una veleta al son del viento que sopla. Hay un paso del amor al odio, una delgada línea que encierra lo mejor y lo peor del ser humano cuando todo queda bajo la tiranía de las emociones o de los sentimientos, sin terminar de arraigar y convertirse en experiencias radicales.
Esto ha ocurrido siempre. Hoy se habla mucho de “amor”, pero en realidad no es más que un afecto que, embriagado por lo atractivo del momento, sucumbe a lo fácil sin ahondar en lo que significa. Es la experiencia del “amor superficial” de los que aclaman a Jesús en su entrada en Jerusalén. Jesús no entra sólo montado a lomos de un borrico, sino de muchos “borricos” que lo aclaman el domingo y lo condenan a muerte unos días más tarde. Nosotros somos esos borricos, como lo demuestran las contradicciones de nuestra vida: por un lado, aclamamos a Dios y creemos en él; pero por otro huimos, negamos o le damos la espalda cuando sobreviene el momento crucial y el amor se pone a prueba y exige la rúbrica de la sangre. Sólo entonces caemos en la cuenta: lo que creíamos amor no era más que un espejismo; sucumbimos al miedo y las emociones nos llevaron al odio, ya sea contra nosotros mismos, por no ser capaces de amar como Él nos amó, o incluso contra Él, por habernos prometido tanto y enmudecer y rendirse en el momento crucial ante una injusticia.
Dios sabe que esta experiencia es necesaria para enterrar ese “amor light” e infantil, de manera que pueda emerger el amor verdadero, libre de las ataduras de las emociones o los sentimientos pasajeros. Este tránsito es necesario para madurar en la fe. La Pascua significa precisamente eso: “el paso” de una forma de creer centrada en nosotros mismos a otra en la que dejamos todo el protagonismo a Dios, poniendo nuestras vidas en sus manos de forma incondicional.
Hemos de evitar esta semana santa centrar el paso de Dios en nosotros mismos; pues lo que tratamos no es sólo de elevarnos de un amor inmaduro e irreal a otro más auténtico, sino de descubrir que el protagonista de esa transición es Dios mismo, no nosotros.Es indudable que madurar en la fe es muy importante. Una fe basada en imágenes distorsionadas de Dios sólo puede llevar a la frustración y al odio a Dios o la religión que lo predica erráticamente. ¿Cómo no culpar a un Dios del que esperamos tanto, cuando lo vemos derrotado, mudo y entregado a la injusticia? ¿Cómo encontrar ayuda en nuestro “héroe” fracasado y humillado? La traición de Judas, la negación de Pedro o la huida de los discípulos sólo se entienden desde este final dramático y necesario de una fe que no era más que la prolongación de las expectativas humanas, hermosas pero amputadas de toda mística.
Con todo, en la pascua no celebramos la transición de una fe inmadura a otra madura, por muy importante que sea este hecho. Lo que realmente celebramos en la Pascua es el paso de Dios por nuestras vidas.
Es la contemplación de su pasión, muerte y resurrección lo que transforma nuestras vidas si contemplamos esos hechos y los meditamos. Por tanto, no es tiempo de mirarnos a nosotros mismos, como hizo Judas, sino de mirarle a Él siguiéndole, aunque sea en la distancia y con miedo, como hizo Pedro.
La diferencia es crucial: cuando nos miramos a nosotros mismos ahogamos nuestro ser bajo el peso de la culpa; pero cuando miramos y seguimos a Jesús con sinceridad, incluso aunque haya negación expresa o huida, siempre habrá un lugar para las lágrimas, nunca para la desesperación.
Sobreviene, eso sí, la muerte de nuestras mentiras, prepotencias o bravuconerías (“yo nunca te negaré”); sobrevienen las lágrimas de la impotencia y del dolor ante la muerte del amigo que se entrega por amor para darnos vida, demostrándonos que el éxito final no depende de los triunfos humanos, sino del mantenimiento de la coherencia y de la sinceridad por encima de todo.
Esta coherencia es la clave y sólo se puede descubrirse en el crisol de la cruz. Amar es peligroso porque supone morir a nosotros mismos, a nuestras ideas y esquemas humanos, incluyendo los religiosos. Por eso no es infrecuente que el ser humano tema al amor y construya artificios que le llevan insensatamente al extremo contrario: el odio. Es fácil pasar de una orilla a la otra: lo hacen los políticos que buscando el bien terminan siendo tiranos; incluso lo hacen las religiones que, buscando salvar al ser humano pueden alinearse cuando no venderse a los poderes de este mundo. ¿Cómo salir de este círculo vicioso? En realidad, no podemos; por ello en la semana santa estamos invitados a contemplar a Dios, que no duda en adentrarse en la otra orilla, la del odio, aunque le cueste la vida; porque sabe que estando donde están los suyos, estos siempre tendrán la oportunidad de regresar de nuevo a donde nunca debieron salir.Dios habita en los miedos y también en los odios (en el credo decimos que “descendió a los infiernos”) para encontrarse con los que han sucumbido a ellos y poder así recuperarlos para una vida nueva. Dios sufre en Cristo las tentaciones de ceder ante lo fácil, pero su victoria es total desde el momento en que no dejar de SER ÉL. Dios, revelado en Cristo, mantiene sus convicciones a golpe de lágrimas y sangre, porque sabe que la coherencia y la autenticidad de la víctima es la única gota de dignidad y libertad en este inmenso océano de hipocresías, mentiras y miedos que los hombres hemos creado a lo largo de la historia.
Definitivamente no estamos solos. Dios no nos ha abandonado, aunque así lo pensemos, tentados como lo fue el mismo Cristo en la cruz.
Por ello, el salmo que reza en la cruz no puede terminar más que como alabanza. Dios no niega el derecho a hacerse esta pregunta: “¿Dios mío, por qué me has abandonado?”; incluso Él mismo se la hace; pero siempre que estemos dispuestos a responder con sinceridad, pues nadie que responda con honestamente estará ciego para ver que Dios no nos ha abandonado, sino que vive sufriendo en nuestro sufrimiento, haciéndose uno de tantos, víctima y sufriente para abrirnos, en la negrura de la noche, una brecha por donde entre la luz de la vida.
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