Homilías

DOMINGO DE PASIÓN (Ciclo A)

Homilía del DOMINGO DE PASIÓN (Ciclo A)

Siempre ha resultado inquietante el hecho de que en el día donde celebramos la entrada “triunfal” de Jesús en Jerusalén, aclamado por todo el pueblo, el Evangelio del día sea el de su pasión y muerte, este año en la versión de Mateo ¿Por qué aguar la fiesta con la tragedia de la pasión en un día de aparente triunfo? En realidad, así es la vida: un día se está en la cresta de la ola y al otro en el barro; no es de extrañar, incluso, que los mismos que aclaman como a los héroes, al poco tiempo los traten como villanos. Todos los sentimientos que se mueven en la superficie de nuestro ser son variables e influenciables; están a expensas de manipulaciones y giran como una veleta al son del viento o las “fake news” que le soplen.

Hay un paso del amor al odio, una delgada línea que encierra lo mejor y lo peor del ser humano cuando todo queda sometido al sentimiento y no se arraiga en fuertes convicciones y experiencias profundas.

Esto ha ocurrido siempre, no es nuevo; en el mundo de hoy se habla mucho de “amor”, pero en realidad no es más que un afecto que, embriagado por lo emotivo del momento, sucumbe a lo placentero sin valor para ahondar cuando la tierra se pone árida. Es la experiencia del “amor superficial” de los que aclaman a Jesús en su entrada en Jerusalén, pero callan o lo condenan al día siguiente. Jesús no entra solo montado a lomos de un borrico, sino de muchos que lo aclaman el domingo para enviarlo al patíbulo unos días después. En realidad, nosotros somos como esos “borricos”: por un lado, aclamamos a Dios, creemos en él, tenemos fe; pero, por otro, huimos, negamos y damos la espalda al maestro cuando sobreviene el momento crucial y el amor ha de ser demostrado a fuerza de sangre. Entonces nos damos cuenta que lo que creíamos amor no era más que un espejismo; sencillamente, sucumbimos al miedo; el “amor” se nos torna odio, bien contra nosotros mismos por no ser capaces de amar como él nos amó, o incluso contra él, que nos prometió tanto y ahora calla y enmudece ante la injusticia. Esta experiencia es necesaria para enterrar el “amor light” y hacer que emerja el verdadero “ágape”.

Pascua significa “paso”; pero el paso que damos del amor irreal al miedo o al odio no es un verdadero “paso”, ni lo que en Pascua celebramos.

Lo que celebramos es el PASO del Señor, no el nuestro. Por tanto, no es tiempo de mirarnos a nosotros mismos como hizo Judas, sino de mirarle a él, siguiéndole aunque sea a distancia y con miedo, como Pedro. La diferencia es crucial: cuando nos miramos a nosotros mismos ahogamos nuestra vida bajo el peso de las culpas; pero cuando miramos y seguimos a Jesús desde nuestro miedo, incluso si hay negación expresa o huida, nunca sobreviene la fatalidad; sobreviene, eso sí, la muerte de nuestras mentiras, prepotencias o bravuconerías (“yo nunca te negaré”); sobrevienen las lágrimas de la impotencia y del dolor, pero permanece un vínculo inquebrantable con el Dios de la vida que es capaz hasta de sacrificarse por nosotros.Jesús nos demuestra que el éxito (con mayúsculas) no depende de los triunfos humanos, sino de la coherencia y la sinceridad por encima de todo. Esta coherencia y autenticidad sólo se puede descubrir en la dificultad. Dios vive en la orilla del amor, pero amar es peligroso porque supone morir a nosotros mismos, a nuestras ideas, religiones y esquemas.

Por eso no es infrecuente que el ser humano tema al amor y construya con su temor un puente que le lleva insensatamente a la otra orilla, la orilla del odio. Por ello es tan fácil pasar de una orilla a otra: lo hacen los políticos que buscando el bien terminan siendo tiranos; incluso lo hacen las religiones que buscando salvar al ser humano terminan recurriendo al apoyo en los poderes de este mundo. ¿Cómo salir de este círculo vicioso?

Aparentemente es imposible; por ello en la semana santa estamos invitados a contemplar a Dios que no duda en adentrarse en la otra orilla, la del odio, aunque le cueste la vida, porque sabe que estando donde están los suyos, estos siempre tendrán la oportunidad de regresar de nuevo al lugar del que nunca debieron salir.

Dios habita los miedos y los odios (en el credo decimos que “descendió a los infiernos”) para encontrarse con los que han sucumbido a ellos y recuperarlos a una vida nueva. Dios sufre en Cristo las tentaciones de ceder ante lo fácil, pero su victoria es total desde el momento en que no dejar de SER ÉL, manteniéndose en sus convicciones aún a golpe de lágrimas y sangre, porque sabe que la coherencia y la autenticidad de la víctima es la única gota de dignidad y libertad en este océano de hipocresía, mentiras y miedos que los hombres hemos creado a lo largo de la historia.

Definitivamente no estamos solos. Dios no nos ha abandonado. Por ello el salmo que reza en la cruz no puede terminar más que como alabanza. Dios no niega el derecho a hacerse esta pregunta: “¿Dios mío, por qué me has abandonado?”; incluso él mismo se la hace, no desde la desesperanza, sino desde la sinceridad de su fe porque sabe que nadie que responda con sinceridad estará ciego para ver que Dios no nos ha abandonado, sino que vive sufriendo en nuestro sufrimiento, que se hace uno de tantos, víctima y sufriente como el que más, para abrirnos en la negrura de la noche una brecha por donde entre la luz del eterno amanecer.

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Para la celebración

Lecturas

1ª lectura

Lectura del libro de Isaías (50,4-7)

Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir

al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el

oído, para que escuche como los iniciados. El Señor me abrió el

oído. Y yo no resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que

me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no me

tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos. El Señor me ayuda, por

eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como

pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado.

Salmo Responsorial (21,8-9.17-18a.19-20.23-24)

Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?

Al verme, se burlan de mí,

hacen visajes, menean la cabeza:

«Acudió al Señor, que lo ponga a salvo;

que lo libre, si tanto lo quiere.» R/.

Me acorrala una jauría de mastines,

me cerca una banda de malhechores;

me taladran las manos y los pies,

puedo contar mis huesos. R/.

Se reparten mi ropa,

echan a suertes mi túnica.

Pero tú, Señor, no te quedes lejos;

fuerza mía, ven corriendo a ayudarme. R/.

Contaré tu fama a mis hermanos,

en medio de la asamblea te alabaré.

Fieles del Señor, alabadlo;

linaje de Jacob, glorificadlo;

temedlo, linaje de Israel. R/.

2ª lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses

(2,6-11):

Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su

categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la

condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así,

actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta

someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso

Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-

nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble

en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame:

Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Evangelio:

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Mateo

(26,14–27,66)

Acción de gracias

Se elevan las manos al cielo

como ramas movidas por el viento.

Los gritos de alabanza

paridos hoy en la emoción del momento

mañana se alzarán cual dagas venenosas,

movidas por el caprichoso aliento

de corazones construidos sin cimiento.

Miento si no dijera que un manto de alegría

cubre la tierra entera y sus lamentos;

si negara que un grito de esperanza

envuelve a todo el universo,

abriendo puertas cerradas por el miedo

al son de improvisados instrumentos

que hacen enmudecer la muerte con sus ecos.

No hay quien haga callar al pueblo

cuando de su alma son librados

sus más hondos anhelos.

Hasta las piedras que enlosan las calles,

con sus desafinados cantos lacerantes,

se unen a esta desbordante sinfonía

en busca de consuelo.

Pero una sombra invisible se diluye

en la sonrisa de quien mira en los adentros

de los que hoy claman ¡hosanna! con sus bocas

para servir mañana en holocausto

al que antes proclamaban eterno.

¡Ay Dios! tu creación aún espera

a que regrese su dueño.

La roja sangre que cubrirá tu verso

al alba se tornará en luz amiga

que agriete y rasgue el velo

que separa nuestra tierra de tu cielo.

Entra en mí, amigo y maestro,

Aunque mi alma se resista, sin quererlo,

a esta bendita invasión que tu ternura

procura en mi razón dormida

y en mis deseos despiertos.

¿Necesitas ayuda?

Acude al Centro Social (subida San Diego, 2) o llama al teléfono de la parroquia:

968 50 02 57