Despedimos el año con una de las fiestas más entrañables del calendario litúrgico: la fiesta de la sagrada familia. La familia es una institución fundamental tanto para la sociedad como para cada ser humano. De su buen funcionamiento depende en gran parte la paz social y también la madurez y estabilidad personal. La familia es la institución que Dios eligió al encarnarse para crecer y madurar. Así, Cristo crece y madura en amor ante su Padre Dios, y ante los hombres en el seno de una familia humilde de Nazaret. Allí pasa la mayor parte de su vida, sin nada especial que reseñar, porque el verdadero amor no se manifiesta en actos espectaculares ni heroicos, sino en el día a día, en la rutina y cotidianidad de una entrega constante, alegre y fiel en lo pequeño para llegar algún día a dar fruto.
Pero, aunque la institución familiar sea la base de cualquier sociedad, no todas las formas de hacer familia son buenas. Por ejemplo, un modelo familiar aburguesado plantea una institución basada en el apego, tanto a las cosas como a las personas. En este modelo de familia, los lazos de sangre son tan grandes que llegan a condicionar de manera directa las decisiones y opciones de sus miembros. Por ejemplo, hasta no hace mucho tiempo era frecuente que los hijos siguieran el negocio familiar heredándolo de los padres: incluso heredaban de forma casi automática sus tradiciones religiosas. Frente a este modelo familiar, que a veces se nos cuela en la Iglesia, la familia evangélica busca la unidad mediante los lazos de fe y amor, no mediante lazos meramente terrenales; de esta manera, la familia no es un cauce que encorseta y cierra los horizontes de sus miembros, sino una lanzadera que los prepara para la libertad, enviándolos al mundo para que ellos mismos desarrollen su vocación y así puedan emparentarse con la única y verdadera familia, la que nunca muere ni falla, que es la familia trinitaria de Dios.
Ya en el antiguo testamento hay personas capaces de superar la tentación del apego y la posesión. Quien más dificultades han tenido siempre para superar la tentación de ese apego han sido las mujeres, por razones fundamentalmente biológicas. Ellas procuran y cuidan a sus hijos, les nutren y traen al mundo entre dolores. Es una unión carnal tan fuerte que en muchos casos incluso eclipsa o envía a un segundo plano la relación esponsal.
En una de las lecturas propuestas para la liturgia de este día, Ana, cuyo nombre significa “favor”, es una mujer estéril que pide a Dios un hijo varón para romper esa vieja maldición veterotestamentaria. No lo pide para ella, sino para consagrárselo a él. Vemos aquí una forma correcta de pedir. El creyente no pide para sí mismo, por egoísmo o capricho, sino para gozar de la gracia que única y exclusivamente viene de Dios. Samuel, será de esta forma consagrado a Dios porque de Dios viene. Como vemos, ya en el antiguo testamento se ponen los cimientos de la verdadera unión familiar.
Nosotros somo la familia de Dios. Es Dios el que nos hace sus “hijos”; pero no a la fuerza. Por decirlo de alguna manera, Dios no vive apegado egoístamente a la obra de sus manos. Su amor por nosotros no es posesivo, sino “dativo” y por tanto generador de libertad para asumir o rechazar esa filiación divina que anida en nuestras almas. El creyente se sabe “hijo” amado por Dios y a la vez no entendido e incluso odiado por este mundo; porque el mundo vive apegado a las cosas y las personas apegadas unas a otras, pero el creyente está llamado a no tener apego alguno y por ello a intentar ser libre, trabajando por la libertad y que denunciando con ello todas las esclavitudes de este mundo.
En el evangelio vemos como tras la “travesura” de Jesús al elegir el templo en lugar de la compañía de su familia, se esconde una profunda reivindicación que nos hace desde niño: Él debe de ocuparse de las cosas de su Padre antes que de las cosas de su familia terrenal. Esto no es un desprecio a esa familia; de ser así, no se hubiera plegado 30 años con su silencio y obediencia. De hecho, este gesto es en realidad la forma más auténtica de honrar al padre y a la madre, porque el amor no es complacencia, ni tan siquiera consenso, sino verdad en la caridad.
Es inútil que los padres terrenos de Jesús le busquen “entre los familiares y conocidos”. Quien se ha perdido no es su hijo humano, sino Dios hecho hombre. Es inútil buscar a Dios cuando en las cosas de este mundo dejan a Dios al margen, porque su presencia sólo se haya en el templo, es decir, en todo lo habitado por Dios. La pregunta que brota espontáneamente de los labios de unos padres desconcertados es “¿Por qué?” Pero no hay más respuesta que otra pregunta: “¿Por qué me buscáis?” Curiosamente las primeras palabras de Jesús en el evangelio de Lucas. ¿Por qué buscamos a Jesús? ¿Para poseerlo y dominarlo? ¿Dónde buscamos a Jesús? ¿Entre lo que conocemos y dominamos? ¿En los esquemas y doctrinas que hemos formado para él?
Jesús se hace nuestro hijo, “el hijo del hombre”, dirá él mismo, pero no nos pertenece, sino que somos nosotros los que le pertenecemos a él. Por ello mismo, María opta por guardar silencio y contemplar todo este misterio en su corazón, mostrándonos así la mejor actitud, no sólo de los padres sino de todos los miembros de la gran familia de los creyentes. Nuestras familias son sagradas porque en ellas se representa la unión divina y porque Dios eligió esta forma de vida para hacerse hombre. Pero, cuidado de no convertirlas en una cárcel con barrotes de apego, sino en una puerta abierta a la libertad.
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