Homilías

Domingo 32° tiempo ordinario (Ciclo B)

Homilía del Domingo 32° tiempo ordinario (Ciclo B)

Evangelio: Marcos 12, 38-44

En muchos templos japoneses existe la costumbre de grabar en piedra el nombre de aquellos devotos que han dado un gran donativo.

Generalmente la cantidad que han dado puede deducirse tanto por el tamaño de la piedra como por su cercanía al centro del templo. A mayor tamaño y cercanía, mayor cantidad de dinero se pagó. La mayoría de los templos antiguos tienen esos monolitos tan desgastados que el nombre de los donantes es apenas legible. Así pasa la gloria de este mundo; la gloria del momento en el que esas enormes losas fueron erigidas para asombro de todos aquellos que recorrían el camino que llevaba al templo. Sin entrar a juzgar las motivaciones que llevaron a aquellas personas a hacer tan enormes donaciones, la Palabra de Dios nos invita más que nada a valorar la ofrenda de lo aparentemente pequeño, tras lo cual se esconde un corazón de oro.

Por poner un caso concreto, recuerdo una de mis primeras anécdotas como párroco. Una noche fui llamado con cierta urgencia para atender a una de las vecinas que había sufrido un desfallecimiento. Era una anciana que vivía sola, cerca de la Iglesia; una de esas muchas personas mayores que pasaban desapercibidas en las misas de la vieja cristiandad. Una vez realizados los oportunos análisis médicos se llegó a la conclusión de que había sufrido un desfallecimiento por falta de alimento. Inquirida por sus vecinos reconoció con vergüenza que la mitad de la pequeña pensión que recibía la entregaba a la Iglesia para pagar el ajuar de la Virgen, su patrona. El resto sólo le daba para hacer dos comidas al día: el desayuno y la comida, pero no la cena. Esa abuela había caído por debilidad y anemia. Aquella experiencia me impresionó muchísimo. En la España de finales del siglo XX todavía quedaban personas dispuestas a sacrificar su salud por aquello en lo que creían. ¿Dónde está yendo a parar esa fe? Hoy se valora más a las personas por lo que tienen o por lo que hacen, que por lo que son. La cantidad difumina la calidad; la apariencia oculta el verdadero corazón.

Pero a mayor publicidad, mayor motivo para sospechar de la bondad delos actos.

Cuando no se tiene casi nada, Dios no pide imposibles, sino dar lo que se tiene, por poco que sea, porque lo importante no es la cantidad, sino la disponibilidad del corazón para desprenderse de las cosas materiales. Es evidente que a mayor peso de la mochila más difícil se hace el caminar. Por ello los ricos suelen tener mucha más dificultad para ser libres que los pobres. Ser rico supone dedicar mucho tiempo y energías para mantener, proteger y aumentar la riqueza.

El pobre, sin embargo, no tiene que preocuparse tanto de proteger lo que tiene porque casi nadie le presta atención. Hace falta mirar con mucha fe, como lo hace Jesús, para descubrir en cada pequeño gesto el heroísmo de tantos millones de personas humildes que hacen que este mundo funcione. Mientras que unos pocos trafican con el dinero virtual que fluye por las bolsas del mundo para hacerse ricos, la mayoría de gente honrada trata de encontrar una vida digna con el sudor de su frente. Si el mundo funciona es gracias a estos últimos, no a los primeros, casi siempre sumergidos en una burbuja fuertemente protegida.

Jesús, que mira con profundidad el sonoro caer de las monedas del rico en la caja del templo, y el modesto y casi imperceptible tintineo de las moneditas de una viuda, es el mismo hombre que se ofrece a sí mismo como “moneda” de cambio para rescatar de la indiferencia y de la muerte a la ingente cantidad de personas buenas que más que dar lo que tienen, se dan a sí mismas. El ser humano no deja de ser imagen de Dios. Jesús nos enseña que ese Dios se entrega a sí mismo en su persona, sin escamotear nada. No lo hace teóricamente, sino de forma histórica y real; desde el vientre de una mujer pobre de Nazaret hasta las profundidades del único templo celestial, pasando por el pesebre, el cenáculo, la cruz y la tumba.

Dios se presenta como alguien exigente. No hay término medio porque no hay suma de dinero que pueda pagar lo que vale un corazón.

Dios pide el corazón completo, no su precio. Por ello, ya desde el Antiguo Testamento el profeta Elías parece tan duro con aquella pobre viuda, exigiéndole que prepare primero su pan con la poca harina y el poco aceite que le queda. Lo hace porque sabe que nada de lo que se da de forma verdadera permanece sin recompensa. Sólo quien tiene tan poco que perder es capaz de entender la lógica de Dios. Por ello, sólo los que tienen en cuenta la caducidad de la vida y conocen la cantidad de riquezas que nos podremos llevar al otro mundo, comprenden que nada hay más lógico que saber desprenderse cuando es necesario de las cosas que pertenecen a este mundo, ya que al otro sólo nos podremos llevar nuestros valores. Son esos valores los que determinarán si tras la muerte nos quedaremos aprisionados a este mundo, como un buzo cargado de plomos en el fondo del mar, o bien nos liberaremos del peso de las cosas materiales para entrar con Cristo, sumo y eterno sacerdote, libres y alegres en el Templo de Dios. Que esa sea nuestra ofrenda, no sólo hoy, cuando echemos el donativo en la bandeja, sino todos los días de nuestra vida; cuando tengamos que aplicarnos en el trabajo y entregarnos por aquellos a quien amamos, aunque estos nos exijan la poca harina que haya en nuestra jarra y el poco aceite que contenga nuestra alcuza

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Para la celebración

Lecturas

Lectura del primer libro de los Reyes (17, 10-16)

En aquellos días, el profeta Elías se puso en camino hacia Sarepta, y, al llegar

a la puerta de la ciudad, encontró allí una viuda que recogía leña. La llamó y

le dijo: «Por favor, tráeme un poco de agua en un jarro para que beba.»

Mientras iba a buscarla, le gritó: «Por favor, tráeme también en la mano un

trozo de pan.» Respondió ella: «Te juro por el Señor, tu Dios, que no tengo ni

pan; me queda sólo un puñado de harina en el cántaro y un poco de aceite en

la alcuza. Ya ves que estaba recogiendo un poco de leña. Voy a hacer un pan

para mí y para mi hijo; nos lo comeremos y luego moriremos.» Respondió

Elías: «No temas. Anda, prepáralo como has dicho, pero primero hazme a mí

un panecillo y tráemelo; para ti y para tu hijo lo harás después. Porque así dice

el Señor, Dios de Israel: «La orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite

no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra».» Ella

se fue, hizo lo que le había dicho Elías, y comieron él, ella y su hijo. Ni la orza

de harina se vació, ni la alcuza de aceite se agotó, como lo había dicho el

Señor por medio de Elías.

Salmo responsorial: 145

Alaba, alma mía, al Señor

Que mantiene su fidelidad perpetuamente,

que hace justicia a los oprimidos,

que da pan a los hambrientos.

El Señor liberta a los cautivos. R.

El Señor abre los ojos al ciego,

el Señor endereza a los que ya se doblan,

el Señor ama a los justos,

el Señor guarda a los peregrinos. R.

Sustenta al huérfano y a la viuda

y trastorna el camino de los malvados.

El Señor reina eternamente,

tu Dios, Sión, de edad en edad. R.

Lectura de la carta a los hebreos (9, 24-28)

Cristo ha entrado no en un santuario construido por hombres -imagen del

auténtico-, sino en el mismo cielo, para ponerse ante Dios, intercediendo por

nosotros. Tampoco se ofrece a sí mismo muchas veces -como el sumo

sacerdote, que entraba en el santuario todos los años y ofrecía sangre ajena; si

hubiese sido así, tendría que haber padecido muchas veces, desde el principio

del mundo-. De hecho, él se ha manifestado una sola vez, al final de la historia,

para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo. Por cuanto el destino de

los hombres es morir una sola vez. Y después de la muerte, el juicio. De la

misma manera, Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de

todos. La segunda vez aparecerá, sin ninguna relación al pecado, a los que lo

esperan, para salvarlos.

Evangelio de Marcos 12, 38-44

En aquel tiempo, entre lo que enseñaba Jesús a la gente, dijo: «¡Cuidado con

los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan

reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los

primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas, con

pretexto de largos rezos. Éstos recibirán una sentencia más rigurosa.» Estando

Jesús sentado enfrente del arca de las ofrendas, observaba a la gente que iba

echando dinero: muchos ricos echaban en cantidad; se acercó una viuda pobre

y echó dos reales. Llamando a los discípulos, les dijo: «Os aseguro que esa

pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los

demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha

echado todo lo que tenía para vivir.»

Acción de gracias

Te ofrecemos lo que tenemos,

pero tú sólo quieres lo que somos.

Detestas las manos travestidas de bondad

cuando sólo buscan los halagos;

con sus engoladas vaciedades en busca del aplauso,

sus alargados mantos y ritos cargados de artificios,

de cataratas de colores exhibidos sin pudor

como pavos que un día soñaron volar y no pudieron.

Pero no han podido destruir tu templo.

Porque tu templo, Señor, es un cuerpo abierto sin complejo

al que se ofrece con la libertad del que sólo tiene

aquello que es capaz de ofrecer

aún a riesgo de quedarse sin nada,

porque en tu templo la nada es el todo que viste de esperanza

los ojos de aquellos capaces de mirar

más allá de lo aparente.

¿Necesitas ayuda?

Acude al Centro Social (subida San Diego, 2) o llama al teléfono de la parroquia:

968 50 02 57