En muchos templos japoneses existe la costumbre de grabar en piedra el nombre de aquellos devotos que han dado un gran donativo.
Generalmente la cantidad que han dado puede deducirse tanto por el tamaño de la piedra como por su cercanía al centro del templo. A mayor tamaño y cercanía, mayor cantidad de dinero se pagó. La mayoría de los templos antiguos tienen esos monolitos tan desgastados que el nombre de los donantes es apenas legible. Así pasa la gloria de este mundo; la gloria del momento en el que esas enormes losas fueron erigidas para asombro de todos aquellos que recorrían el camino que llevaba al templo. Sin entrar a juzgar las motivaciones que llevaron a aquellas personas a hacer tan enormes donaciones, la Palabra de Dios nos invita más que nada a valorar la ofrenda de lo aparentemente pequeño, tras lo cual se esconde un corazón de oro.
Por poner un caso concreto, recuerdo una de mis primeras anécdotas como párroco. Una noche fui llamado con cierta urgencia para atender a una de las vecinas que había sufrido un desfallecimiento. Era una anciana que vivía sola, cerca de la Iglesia; una de esas muchas personas mayores que pasaban desapercibidas en las misas de la vieja cristiandad. Una vez realizados los oportunos análisis médicos se llegó a la conclusión de que había sufrido un desfallecimiento por falta de alimento. Inquirida por sus vecinos reconoció con vergüenza que la mitad de la pequeña pensión que recibía la entregaba a la Iglesia para pagar el ajuar de la Virgen, su patrona. El resto sólo le daba para hacer dos comidas al día: el desayuno y la comida, pero no la cena. Esa abuela había caído por debilidad y anemia. Aquella experiencia me impresionó muchísimo. En la España de finales del siglo XX todavía quedaban personas dispuestas a sacrificar su salud por aquello en lo que creían. ¿Dónde está yendo a parar esa fe? Hoy se valora más a las personas por lo que tienen o por lo que hacen, que por lo que son. La cantidad difumina la calidad; la apariencia oculta el verdadero corazón.
Pero a mayor publicidad, mayor motivo para sospechar de la bondad delos actos.
Cuando no se tiene casi nada, Dios no pide imposibles, sino dar lo que se tiene, por poco que sea, porque lo importante no es la cantidad, sino la disponibilidad del corazón para desprenderse de las cosas materiales. Es evidente que a mayor peso de la mochila más difícil se hace el caminar. Por ello los ricos suelen tener mucha más dificultad para ser libres que los pobres. Ser rico supone dedicar mucho tiempo y energías para mantener, proteger y aumentar la riqueza.
El pobre, sin embargo, no tiene que preocuparse tanto de proteger lo que tiene porque casi nadie le presta atención. Hace falta mirar con mucha fe, como lo hace Jesús, para descubrir en cada pequeño gesto el heroísmo de tantos millones de personas humildes que hacen que este mundo funcione. Mientras que unos pocos trafican con el dinero virtual que fluye por las bolsas del mundo para hacerse ricos, la mayoría de gente honrada trata de encontrar una vida digna con el sudor de su frente. Si el mundo funciona es gracias a estos últimos, no a los primeros, casi siempre sumergidos en una burbuja fuertemente protegida.
Jesús, que mira con profundidad el sonoro caer de las monedas del rico en la caja del templo, y el modesto y casi imperceptible tintineo de las moneditas de una viuda, es el mismo hombre que se ofrece a sí mismo como “moneda” de cambio para rescatar de la indiferencia y de la muerte a la ingente cantidad de personas buenas que más que dar lo que tienen, se dan a sí mismas. El ser humano no deja de ser imagen de Dios. Jesús nos enseña que ese Dios se entrega a sí mismo en su persona, sin escamotear nada. No lo hace teóricamente, sino de forma histórica y real; desde el vientre de una mujer pobre de Nazaret hasta las profundidades del único templo celestial, pasando por el pesebre, el cenáculo, la cruz y la tumba.
Dios se presenta como alguien exigente. No hay término medio porque no hay suma de dinero que pueda pagar lo que vale un corazón.
Dios pide el corazón completo, no su precio. Por ello, ya desde el Antiguo Testamento el profeta Elías parece tan duro con aquella pobre viuda, exigiéndole que prepare primero su pan con la poca harina y el poco aceite que le queda. Lo hace porque sabe que nada de lo que se da de forma verdadera permanece sin recompensa. Sólo quien tiene tan poco que perder es capaz de entender la lógica de Dios. Por ello, sólo los que tienen en cuenta la caducidad de la vida y conocen la cantidad de riquezas que nos podremos llevar al otro mundo, comprenden que nada hay más lógico que saber desprenderse cuando es necesario de las cosas que pertenecen a este mundo, ya que al otro sólo nos podremos llevar nuestros valores. Son esos valores los que determinarán si tras la muerte nos quedaremos aprisionados a este mundo, como un buzo cargado de plomos en el fondo del mar, o bien nos liberaremos del peso de las cosas materiales para entrar con Cristo, sumo y eterno sacerdote, libres y alegres en el Templo de Dios. Que esa sea nuestra ofrenda, no sólo hoy, cuando echemos el donativo en la bandeja, sino todos los días de nuestra vida; cuando tengamos que aplicarnos en el trabajo y entregarnos por aquellos a quien amamos, aunque estos nos exijan la poca harina que haya en nuestra jarra y el poco aceite que contenga nuestra alcuza
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