Vivimos una época en la que tenemos poco tiempo para pensar y abrir los ojos a la realidad; poco tiempo para el silencio y la vida interior, para mirar desde el umbral de nuestra propia puerta y descubrir que la felicidad no es algo tan lejano como pensamos. Somos como el sediento que sentado sobre un aljibe otea el horizonte buscando un manantial en el que saciar su sed. Nos pasamos la vida mirando con tanta avidez los dones y éxitos ajenos que nos olvidamos de dar gracias por los propios. Dios nos ha creado capaces de ser sabios, pero nuestro “disco duro” no ha sido programado previamente; por decirlo de alguna manera, llevamos el “software” divino sin instalar; hemos de instalarlo nosotros mismos, siguiendo las instrucciones que Dios nos da y que nos dicta nuestra conciencia. Y aun así, con la instalación no termina todo; luego tendremos que aceptar las sucesivas actualizaciones para que nuestra vida no quede obsoleta o a merced de virus y troyanos.
Para llegar a ser sabios, hemos de evitar la rutina y la pereza, manteniendo nuestro corazón siempre en alerta para no perdernos el milagro cuando éste ocurre; es más, hay que tratar de convertir en milagro la tensa espera del mismo. Porque la verdadera alegría no está únicamente en llegar a la meta, sino en saber vivir con esperanza cada paso del camino hacia ella. Se trata de volver a la madrugada sin que la pereza nos robe los primeros rayos de luz del día; no capitular ante las luces de neón que sólo hacen alargar esa terrible agonía a la que llamamos diversión. Hay que aprender de nuevo a alzar las manos como el niño que espera ser tomado en brazos.
Se trata de buscar consuelo, pero entendido éste como la esperanza activa del hombre renovado, no como un suero adormecedor. El consuelo no es una especie de morfina psicológica para las almas pusilánimes, sino vacuna contra la desesperanza y vitaminas que robustecen el corazón del que se sabe siempre en camino.
Esperamos la venida de Cristo, el reencuentro con los que se han ido, pero no como una doctrina anestésica para que no nos duela el mundo, sino como un reto que nos ayuda a mantenernos despiertos y alerta ante los signos de los tiempos de manera que podamos reconocerlos e interpretarlos, descubriendo al mismo tiempo en ellos la voz invisible, pero clara, del creador.
Sólo los sabios perseveran; la sabiduría es madre de la paciencia. Al igual que los otros dones del Espíritu, la sabiduría es derramada para todos, si bien cada uno la recibe individualmente; puede que la recibamos incluso a través de la mediación de otras personas, pero siempre es intransferible, como el aceite de las lámparas de las doncellas sensatas. Podemos enseñar con nuestra sabiduría a que otros aprendan a ser sabios, pero no podemos verterla en alcuzas insensatas sin derramarla o perderla. No se trata de egoísmo, sino de sensatez y de justicia.
Podemos preguntarnos si estamos preparados; si hay suficiente aceite en la alcuza de nuestro corazón o por el contrario somos tan insensatos como para adentrarnos en la noche sin saber que los amantes siempre se hacen de esperar porque la misma espera es la antesala de un encuentro más íntimo; sin esa espera, la llegada se haría menos alegre. No despreciemos el aceite que parece que nos sobra, porque no hay lámpara a la que no se le consuma su aceite por muy brillante que sea. La insensatez, como el pecado, tiene la llama muy grande, pero la mecha muy corta y el depósito siempre pequeño. Se consume pronto y luego su oscuridad aterra. Aprendamos de las doncellas sensatas y no despreciemos su prudencia. No tildemos alegremente a las personas prudentes de “sosos” o “rancios” porque la verdadera fiesta siempre se hace de esperar, y la posibilidad de quedarnos fuera de ella nos debe de hacer reflexionar sobre el sentido de nuestra vida en la actualidad.
Documento de la semana
Lecturas, homilía y oraciones para leer, imprimir o compartir · 102,1 KB