¡Qué importantes son las leyes, y qué absurdas cuando están vacías y terminan en un mero cumplimiento! La ley es como un ser vivo: desde que nace hasta que muere no cambia su identidad, aunque cambie su aspecto e incluso su forma de pensar. El tiempo y las circunstancias de la vida hacen que las personas cambiemos, no sólo física, sino también interiormente; sin embargo, nuestra persona siempre es la misma; nuestra identidad no cambia con los años. La ley tendría que ser algo parecido; debería adaptarse a las circunstancias y cambiar con el tiempo sin tener por qué alterar su sentido.
Compartimos con el pueblo judío el mandamiento más sagrado e importante de la fe; aquél que el pueblo hebreo llama “shemá” y que hemos escuchado en la primera lectura por boca de Moisés, y en el Evangelio por boca de Jesús y de un letrado. La palabra “shemá”, se traduce al español por el imperativo “escucha”, pero no significa solamente la acción de oír, ni tan siquiera de guardar en el corazón lo que se oye, sino también la de “obedecer” llevando a la práctica lo que se aprende.
Por desgracia, en tiempos de Jesús este mandamiento se cumplía sólo externamente; todo judío debía repetirlo tres veces al día; también lo escribían en pieles que luego ataban a sus muñecas o en la frente. Algo parecido a lo que nosotros hacemos con las cruces o las medallas, que siendo como son un simple símbolo espiritual, a veces se convierten en meros objetos de decoración, trivializando su sentido original.
En el fondo, judíos, cristianos (y me atrevería a decir que todo creyente) comparte la misma tentación: convertir la ley en algo externo y por tanto en algo alejado del corazón, la mente y el ser. Cuando la fe se traduce en folclore a menudo suele ocurrir que pierde su sentido, haciendo que la religión degenere en un mero barniz cultural. Ciertamente el barniz protege la madera (peor sería no tener nada), pero en ningún caso exime del deber de ahondar en la experiencia para evitar caer en un infantilismo espiritual que impida saborear el misterio de la salvación en toda su profundidad.
Frente a esta tentación, estamos invitados a recuperar la profundidad y radicalidad del amor, que debe ser la fuente de toda ley y de todo sacrificio que ésta nos pida. Las leyes nos ordenan y nos mandan hacer o dejar de hacer cosas, pero, como dice el refrán, “quien hace la ley, hace la trampa”. Por tanto, no se trata de hacer leyes cuanto de amar; amar con la radicalidad con la que el pueblo hebreo descubrió el “shemá”, y luego con la rotundidad de Cristo en la cruz; amar hasta dar la vida.
Cuando se ama, no se ama sólo con la cabeza, sino también con el corazón y con toda la fuerza que atesora nuestro cuerpo; en decir, con todo el ser. Amar supone no reservarse nada para sí, sino darse por completo a Dios y al prójimo. Cristo constituye para nosotros el modelo único e irrepetible de lo que supone el verdadero sacrificio y la verdadera ofrenda. Cristo no dio cosas, sino que se dio a sí mismo. Por ello, el sacerdocio de Cristo es en realidad el único sacerdocio verdaderamente liberador. Los hombres reconocemos en algunas personas un sacerdocio que apenas si alcanza a ser eco del único y verdadero sacerdote. Así, en todo acto litúrgico en el que celebramos el misterio de la fe, en realidad no hacemos más que revivir y hacer presente en nuestras circunstancias el sacrificio de Cristo, haciendo que su amor eterno nos impregne a la vez que nos alienta y empuja a irradiarlo donde quiera que estemos. Creer es hacerse partícipes de este único y verdadero sacrificio; el sacrificio de dar la vida por los amigos.
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